sábado, 30 de septiembre de 2023

Variaciones en el tiempo en una sesión de jazz

 

Julio Cortázar tenía la certeza que la estación que mejor representaba el espíritu de París era el otoño. Tal vez porque el color de la melancolía era ese gris inmanente de sus edificios y monumentos, teñidos por el fuego de las tupidas alfombras de hojas secas en sus jardines.

Les feuilles mortes de Jacques Prévert.

“Las hojas muertas se recogen con un rastrillo...

¿Ves? No lo he olvidado...

las hojas muertas se recogen con un rastrillo

los recuerdos y las penas, también.

Y el viento del norte se las lleva

en la noche fría del olvido

¿Ves? No he olvidado

la canción que tú me cantabas…”

La recordó. La mujer y su magia. Los encuentros casuales, aunque lo menos casual fueran esas búsquedas disfrazadas de azar. Ahora ya no se encontraban, aunque se buscaran.

“pero la vida separa a aquellos que se aman

silenciosamente sin hacer ruido

y el mar borra sobre la arena

el paso de los amantes que se separan.”

            Una vez más paseaba por Montparnasse sin un propósito determinado. Su único objetivo era desafiar las brújulas. Aliado de la Rosa de los Vientos, se sorprendía ante la independencia de criterios de sus largas piernas que lo llevaban a salir al Luxemburgo –que estaba maravilloso con sus dorados y amarillos– o al Parc Montsouris, cuando creía que iría a dar a los Inválidos o al Panteón.

            Julio esa tarde era feliz con una bolsa llena de higos que iba comiendo mientras rumbeaba a la Rue du Faubourg-Saint-Denis. El cielo lucía tan gris como las piedras de los edificios, las estatuas, el pavimento y, a lo lejos, la Porte du Saint-Denis. La única inquietud que tenía Julio era sobre cómo desarrollar cierta idea sobre el concepto del tiempo en un cuento. Una historia con un protagonista que tocaba el saxo alto. Un músico genial que creaba melodías que ya había tocado mañana, según solía decir. Un drogadicto torturado con la idea de la elasticidad del tiempo, de lo concreto que subyacía en los sueños, de la vida infinita que puede existir en los pensamientos, de lo azaroso del destino y de lo irreal que puede ser la realidad. Julio descreía de las casualidades, pero la idea del cuento llegó por aparente puro azar.  O por lo inexorable el Destino: la muerte del protagonista.

            Charles Christopher Parker, Jr. había muerto en New York un 12 de marzo de 1955. Nacía el mito. Y el deseo de Julio de homenajear a Bird Parker y sus obsesiones en un cuento. Algunas de cuyas ideas coincidían con las suyas. El tema de las obsesiones no le era ajeno, ya la lo había desarrollado en otra de sus historias.

            Una en cuyo comienzo se reflejaban las dudas del protagonista, para luego dar paso a una escena en una pequeña isla de París. Era un aparente juego de seducciones y cierta especie de voyeurismo.

Un adolescente tratando de conquistar a una bella mujer madura. Ella parecía ceder ante el ímpetu juvenil, pero se divertía haciéndose rogar. El que observa dicha escena es un fotógrafo.  Espera paciente con su Cóntax 1.1.2 que toda la escena se resuma en un instante sublime, lo que Cartier-Bresson había llamado “el momento decisivo”.  

            Hasta ese punto Julio no tenía dudas. Pero luego la cosa se complicaba cuando la realidad y la irrealidad trastocaban el relato.

            Julio tenía una teoría. Que detrás de la realidad siempre hay otras realidades. Que el tiempo congelado en un negativo fotográfico, de alguna manera, sigue fluyendo en el espacio-tiempo. Que tal vez una persona desde lo que llamamos presente pueda conectarse a otra de un supuesto pasado. Incluso la instantánea que resume un momento perfecto, sobreviviendo a los actores, e incluso, al artista que capturó la escena pudiera modificarse de cierta manera en lo que llamamos futuro.  Así también la música podía perdurar en espíritu, aunque variara la forma según el oyente.     

A todo esto, había entrado en varias librerías de viejo. Nada le causó demasiado interés.  Rebuscando entre varios discos de pasta ocurrió la conexión.

            Entre los L. P. encontró una ajada cubierta del sello Savoy Records. Para su sorpresa la placa lucia intacta. En letras blancas sobre fondo encarnado se leía: Ko Ko “Charlie Parker Rebeboppers”, “The Be Bop Boys”. Julio sabía que era una grabación histórica. Conocía la fecha exacta: 26 de noviembre de 1945. Marcó el nacimiento del estilo de jazz conocido como Bebop.

            El recuerdo lo llevó mágicamente a los WOR Studios en Broadway. Un sencillo edificio de dos plantas con ladrillos a la vista. Aquel día había amanecido despejado y con clima primaveral. Charlie había reservado uno de los estudios para plasmar los cuatro lados de los discos de 78 rpm. Pero no iba resultar tan fácil el asunto.

Por un lado, se corrió la voz de lo que se iba a llamar “la más grande sesión de grabación de la historia del jazz moderno" y el lugar estaba infestado de docenas de hipsters. Incluso un joven Thelonious Monk andaba merodeando entre Charlie Bird Parker en saxofón alto, Miles Davis en trompeta, Dizzy Gillespie en piano y trompeta, Bud Powell en piano, Curly Russell en contrabajo y Max Roach en batería.

            Los problemas comenzaron temprano. Charlie rompió una caña del saxofón y envió a uno de sus admiradores a conseguirle una con urgencia. Luego surgió un inconveniente con el pianista titular. Resulta que Argonne Thornton, conocido como Sadik Hakim, no tenía sus papeles en regla. El permiso del sindicato estaba muy ajado, sin renovar desde 1944 y, para peor, expedido por el sindicato de Minnesota. Por lo tanto, Dizzy se hizo cargo del piano (de Bud Powell sólo se usó su nombre).

Cuando todo parecía encaminarse surgieron otro par de imprevistos. El primero fue por culpa de Miles. En las dos primeras tomas sus solos meditabundos sonaban cautos, como si no quisiera tomar riesgos. Pero llegó la prueba de fuego. Debía encarar los rápidos cambios acórdicos de Cherokee (estaban grabando Ko Ko basada en la pieza de Ray Noble). Miles se negó. Adujo no estar preparado: “no quiero exponerme”. Entonces Gillespie asumió la responsabilidad con un solo majestuoso. Desde entonces se lo reconoce como el momento más importante en el Bebop hasta esa fecha. Acá iba a comenzar el segundo problema.

            Charlie comenzó su parte. Luego de nueve segundos los técnicos comenzaron a dar palmas y silbidos:

             —¡Ey! ¡Ey! ¡Alto ahí!

            —¡¿Qué sucede?! —gritó Bird

            —Lo que sucede es que ese tema es de Ray Noble —respondió uno de los técnicos—, entonces deberíamos pagarle derechos por usar Cherokee.

            —Okey, es una variación sobre Cherokee. Pero Lester Young ya lo grabó con la banda de Count Basie en 1939.

            —Pero Basie pagó los derechos —zanjó la discusión otro de los técnicos de Savoy Records.

El asunto se solucionó mejor de lo que Charlie pudiera haber imaginado. Hicieron una nueva toma: Savoy Tea Party. Luego la rebautizaron Ko Ko.

             Julio recordaba sentado en el suelo del living de su departamento parisino apoyando su espalda contra el ventanal. Del otro lado, en el balcón, Theodore W. Adorno trataba de acariciarlo con sus patitas. Julio tenía su trompeta entre las piernas mientras escuchaba los rápidos fraseos de Bird en el disco que había comprado esa tarde. El gato atigrado con nombre de filósofo alemán no cejaba en su empeño rasguñando el vidrio. Tal vez la combinación de la síncopa del tema con el rasguido de las uñitas sobre el cristal inspiró a Cortázar para una variación sobre aquel tema de jazz. Apoyó la trompeta en sus labios y sopló. Sus dedos se movieron ágilmente sobre las teclas y una improvisación límpida y nítida invadió la habitación. En ese preciso instante el saxo alto de Charlie Parker pareció responder a la improvisación con un contrapunto preciso.

            Julio se paró de un salto. El gato se asustó y abandonó su juego.

            Se acercó al tocadiscos y levantó la púa hasta atrasarla un poco. El tema seguía tal y como Julio lo había escuchado. Pero al llegar a aquella parte se repitió al arreglo que él sabía que no estaba en la versión original.

            La toma número uno de Ko Ko había sido abortada por los problemas de los derechos a Ray Noble. La toma número dos, la definitiva, constaba de once movimientos: entrada de dueto saxo – trompeta, entrada en fugatto de la trompeta, entrada del saxo, segunda entrada de dueto saxo – trompeta, primer sólo de Bird, segundo sólo del saxo, sólo de batería de Max Roach, repetición de la entrada de saxo – trompeta, salida en fugatto de trompeta, repetición en saxo del fugatto de trompeta y salida del dueto saxo – trompeta. El contrapunto de Bird y Julio suponía un decimosegundo movimiento. Sin olvidar la imposibilidad que Julio hubiera estado en el estudio de grabación ese día. ¡Pero estaba grabado en la placa!

            Vaya a saberse si el destino ha trazado sus invariables líneas desde el mismo comienzo. O si por otra parte el azar realiza sus jugadas para regocijo del mismísimo demonio. Lo cierto que aquella tarde Julio se iba a encontrar con uno de los actores principales de aquella histórica grabación: Miles Davis.

            Julio recordó de nuevo aquel día. Charlie estaba enfadado. El cansancio se le había pasado en los lavabos con su dosis de heroína. Pero aquellos tipos, esos burócratas de la música no le dejaban improvisar en paz. Aun así, con Miles en mala forma, con el asunto de la expulsión de Sadik Hakim y los derechos de autor a Ray Noble, él estaba dispuesto a continuar. Además, contaba con el apoyo incondicional de Dizzy.

            Ambos decidieron seguir usando el tema de Noble como inspiración. Pero camuflado de tal manera que era imposible reconocerlo. Incluso para esos atentos tipos del sindicato.

            Hicieron la entrada con un vigoroso dueto. La sesión siguió sin problemas. Hasta que llegó el turno del primer solo de Parker.

            Bird entornó los ojos. Cuando se concentraba para él ya nada importaba en su derredor. Todo se difumaba. Solo quedaban los sonidos.

            Acariciaba las teclas como si fuera la espalda de una hermosa mujer. Apoyaba los labios en la boquilla con el más apasionado de los besos. Imaginaba a una persona absorta escuchando su tema dentro de muchos años. El sonido llegando como si estuviera ahí en ese preciso instante. La música conectándolos a los dos. El oyente apoyado contra un ventanal, mientras un gato jugaba a sus espaldas, y aquel hombre desconocido del futuro atacaba una melodía con su trompeta. Charlie contrapunteo aquel sonido que venía desde algún lugar ignorado.

            Diciembre de 1957. Para esa fecha Louis Mallé tiene totalmente terminada su ópera prima: Ascensor para el cadalso (ascenseur pour l'échafaud), pero carecía de banda de sonido para su película. Por esos días coincide en París Miles Davis, contratado por el manager del Club Saint-Germain. Davis era toda una estrella en Francia, rodeado constantemente por intelectuales como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian y su esposa: Juliette Gréco. La buena de Juliette quedó prendada del músico. Era una relación que excedía la mera atracción física, dónde primaba lo intelectual. Juliette lo admiraba tanto como a Boris. Ella conocía a Jeanne Moreau protagonista de la película de Mallé. Gracias a los buenos oficios de Juliette, el músico y Mallé entran en contacto.

            La noche del 4 de diciembre de 1957, en los estudios La poste parisien se juntaron Davis, el bajista Pierre Michelot, el saxofonista Barney Wilen, el baterista Kenny Clarke y el pianista René Urtreger. Davis había pedido que le instalaran un piano en su habitación de hotel para esbozar algunas ideas, pero ninguna partitura fue escrita en ese ámbito. De modo que esa noche, a partir de uno o dos acordes que Miles soltó para cada secuencia, lo que siguió fue el más puro y sensible juego de la improvisación. Louis Mallé dio una sola consigna: que la música no reflejara fielmente el sentimiento de las imágenes; más bien, que expresara lo contrario. El director buscaba una total ruptura con el sentido de la composición musical que se practicaba en Hollywood e incluso en la misma Francia.

            Algunos de los participantes de la reunión fueron, además de los productores y los técnicos, Julio Córtazar, Boris Vian, Juliette Gréco y Jeanne Moreau. Esta última, además de la protagonista del filme, ofició de servicial cantinera para los músicos. La sesión duro ocho horas, hasta bien entrada la madrugada del 5 de diciembre. Luego de la agotadora sesión de jazz Julio invitó al grupo a su casa. El único que no aceptó el convite fue Boris. La tertulia siguió hasta cerca del mediodía.

 La reunión iba languideciendo cuando Julio y Miles tuvieron una conversación aparte. 

Julio le preguntó a Miles sobre sus solos de trompeta en la sesión de Ko Ko.

—Para ser sincero —dijo Miles—, en esa sesión estaba en mala forma. Casi todo el registro de trompeta lo hizo Dizzy.

Julio tomó la placa y le hizo escuchar el movimiento que no debería existir en la misma.

 —¡Entonces no fue un sueño! —exclamó Miles.

Aquel día, recordó Miles, en un rincón del estudio dormitaba luego de drogarse. Un sonido peculiar lo despertó. Unas uñitas arañando un vidrio, tal vez. El eco de una trompeta lejana.

El estudio estaba vacío. Un reflector iluminaba un círculo cerca del atril. Caminó entre nubes de humo azul y empuñó su instrumento. Mientras soplaba delicadamente apretó las clavijas siguiendo la extraña melodía que le llegaba vaya a saberse desde que lugar remoto.

Luego siguió soñando con una extraña sesión de jazz.

Siempre creyó que fue un sueño de heroína.

Hasta que escuchó la placa grabada en noviembre de 1946 con el arreglo, aquella madrugada de diciembre de 1957.

Contra el ventanal el gato atigrado de Julio dormía hecho un ovillo sobre la trompeta. 

jueves, 28 de septiembre de 2023

El destello

 

Primera línea horizontal. Autodefinido. Televisión. Cinco letras: ¡Video!

Con su prolija letra de imprenta rellenó los casilleros. Luego, como en un rompecabezas, todas las demás palabras verticales fueron cayendo en su lugar. Verdad. Ilusión. Demencia. Elusivo y onírico. El entretenimiento había concluido. Todavía le quedaban por delante largas horas hasta que llegara el relevo. De todas maneras, mucho no le interesaba ser relevado. No tenía mucho que hacer, ni nadie con quién compartir su soledad. Pegó un sorbo de mate.

—Voy a tener que calentar el agua, está tibio—pensó—¿Cuánto hacía que había muerto Juliana?, diez años… ¡Diez años!

Se levantó para calentar el agua. Y de paso apagó la radio, irónicamente sonaba una canción de la Bersuit dónde la letra hablaba de la soledad. Se fijó en el televisor. Todavía no comenzaba el partido de fútbol.

—En realidad no me puedo quejar. A mi edad conseguir este trabajo había sido una bendición. No cualquiera trabajaba en una empresa multinacional y tan bien remunerado—trataba de consolarse—, tal vez mi falta de lazos familiares haya influido en mi contratación. Eso y mi disposición a viajar inmediatamente a este lugar inhóspito del sur.

El teléfono comenzó a sonar.

—¡Si, profesor Dalín! ya abro.

El predio enorme estaba circundado por una doble alambrada perfectamente iluminada por unas torres con alambres de púas. La carretera pasaba a unos cien metros y se accedía a los laboratorios por un camino de grava. El portón eléctrico se abrió con un suave zumbido. Inmediatamente un Porsche Carrera plateado aceleró por el camino interno.

—¡Buenas noches profesor Dalín! —saludó al recién llegado.

—¡Buenas Jiménez! ¿Todo tranquilo?

—¡Demasiado! ¿Necesita algo profesor? —preguntó Jiménez.

—No, sólo vine a trabajar tranquilo, esta es la mejor hora.

El profesor, luego de mirarlo en forma curiosa, farfullo algo parecido a un saludo, y a paso raudo se dirigió a lo que se conocía como La Clínica.

El predio tenía tres grupos de edificios. El primero, dónde estaba él, era la administración, ventas y seguridad. En el cuarto en dónde estaba podía monitorear cada rincón del edificio y el perímetro externo. En los monitores que tenía sobre un costado del panel de mando, disponía de imagen y sonido de cualquier sitio del complejo. Ante cualquier irregularidad, daba la alarma y Gendarmería y la policía local actuaban de inmediato.

El segundo edificio tenía el centro de desarrollo de software y hardware de realidad virtual e inteligencia artificial. No solo creaban programas para la industria del entretenimiento, sino que además surtían a La Clínica de otros procesos para el uso en terapias psicológicas.

El último edificio del complejo albergaba a La Clínica. Su jefe era el profesor Dalín. En ningún otro trabajo que hubiera tenido, había escuchado tantas historias en tan poco tiempo sobre alguien, como sobre ese excéntrico personaje. El tipo tenía a su cargo el tratamiento de diversas disfunciones cerebrales a través del uso de programas de realidad virtual, terapias ocupacionales, holografía, inteligencia artificial y otros métodos poco convencionales.

Antes de ver el partido decidió dar un último vistazo. Revisó sector por sector. Aún inclusive el portón de entrada. A su costado un enorme cartel con letras de acero inoxidable rezaba: IMAGINARIA.inc

El partido resultó ser tedioso, friccionado y de ninguna manera atractivo.

Cambió de canal para buscar alguna de esas películas con poco argumento, algo de sexo y muchas explosiones.

Aquellas eran las peores horas. Las que preceden al alba. Inciertas horas entre la noche que se negaba a morir y la madrugada que todavía no nacía.

Inventaba mil trucos para no dormirse, pero algún cabeceo se pegaba. La película tampoco era de su agrado. Puso el partido de nuevo todo seguía igual… o peor si era posible. Apagó el aparato.

Entonces sucedió.

Un fallo generalizado dejó todo a oscuras unos microsegundos. Cuando aún algunos tubos fluorescentes parpadeaban los otros seguían apagados. Fue casi instantáneo, pero aún el predio quedó totalmente a oscuras.

Rápidamente revisó todos los sistemas.

Luego los sectores, piso por piso y pasillo por pasillo. Todo parecía bajo control. Excepto un monitor a su izquierda que emitía un suave destello anaranjado. Trató de sintonizarlo, pero el resplandor de la pantalla lo atrajo. Se quedó unos instantes mirando la pantalla. Parecía que crepitaban las llamas de una hoguera. Como en esos ritos ancestrales: todos alrededor del fuego, o como en los campamentos de su juventud; él veía extrañas formas bailando entre las llamaradas. Un efecto hipnótico que lo adormecía. Quiso sacudir la cabeza para despejarse, pero sólo pudo parpadear pesadamente mientras bostezaba. Los ojos se le llenaron de lágrimas, antes de caer en un sueño profundo.

No tuvo tiempo de pensar cuánto se había dormido. El pánico de que el profesor lo hubiera visto lo despabiló de inmediato. Todos los monitores estaban funcionando correctamente, aún el que destellaba en anaranjado.

Y el profesor estaba trabajando en el LAB3. ¡Gracias a Dios! Solo dormitó unos pocos minutos. No había problemas. Pero… en el monitor que enfocaba el segundo pasillo del tercer piso algo pasaba. Acercó un poco la imagen. Control de brillo. Un poco más de contraste. Y ¡Que carajo!...

En el fondo del pasillo venía caminando una mujer completamente desnuda. Avanzaba hacía la cámara. Un cuerpo perfecto y bello. Largos cabellos del color del trigo. Cuando estuvo frente al objetivo dijo:

—¡Ven!

Los ojos verdes miraban desafiantes, volvió a repetir:

—¡Ven!

Abrió el cajón del escritorio y tomó el arma. Revisó el tambor y la carga estaba completa. ¿Sería alguna amiga del profesor Dalín? ¡No!, aquel sujeto no tendría amigas de ese tipo. Además, seguía trabajando en el laboratorio. Esta mujer no estaba sola. Alguien le había facilitado la entrada. Él tenía que estar alerta mientras revisaba. Atento a la mujer y los tipos que podían estar con ella.

A poco de salir del ascensor se la encontró. En persona era aún más bella.

—Señorita, no le quiero hacer daño, por favor levante las manos—el tono de su voz era suave, pero algo tembloroso.

Ella caminó hacia el con decisión. Y volvió a repetir su mantra:

—¡Ven!

—Señorita, por favor… yo…

Ella ya estaba a su lado. Prácticamente sin que él lo pudiera evitar apoyó sus rozagantes senos contra su camisa. Enfundó el arma.

La primera sensación que tuvo al abrazarla fue de sorpresa. Él imaginaba la piel cálida y suave.

En realidad, fue como abrazar una serpiente. La piel escamosa y gélida. Sintió el rechazo y trató de apartarse. Era demasiado tarde. La cosa que lo tenía abrazado estaba completamente helada. Unas fauces voraces buscaron su pecho, lo desgarraron y tironearon separando parte del tejido de los huesos. Siguió luchando, pero sus largos cabellos se habían transformado en una especie de tentáculos gelatinosos que lo sostenían por la nuca. Era extraño, pero mientras las dentelladas le arrancaban jirones de su cuerpo, él no sentía ningún dolor. Era como si estuviera adormecido. Solo sentía correr un torrente de sangre por su vientre, por los muslos y las piernas hasta el suelo. En medio de aquella lucha patinó en su propia sangre y con esfuerzo supremo logró arrojar aquello al suelo. Sintió el regusto dulzón de la sangre en su boca. Su cabeza estaba cayendo en un charco y en un santiamén se hundió en el líquido.

Todo se volvió rojo.

Sintió que ya no podía respirar.

—¿Qué opina profesor Dalín?

—¡Que el proceso es irreversible!

—¡No!, querido profesor, me refiero a la prueba piloto—dijo el hombre obeso y bien trajeado, el presidente de IMAGINARIA.inc.

—Es satisfactoria, considerando los resultados.

Dos enfermeros estaban acomodando en una camilla el cuerpo inerme de Jiménez. Su mirada vacua se perdía más allá del cielo raso. Por la comisura de los labios corría un hilo de baba.

—Profesor, creo que es más que satisfactorio.

—Según desde que punto de vista.

—Desde todo punto de vista ¡No me venga con estúpidos remordimientos! —tipo gordo siguió adelante con su razonamiento—. ¡Ustedes los científicos!, primero luchan toda una vida para desarrollar un invento. Luego, como Oppenheimer y la bomba atómica, se arrepienten y quieren destruir lo que les llevó tanto sacrificio y lucha. ¡No los entiendo!

—Yo en cambio los entiendo a ustedes los mercaderes y también a los militares. ¡Todo avance tiene que transformarse en un arma para ser redituable! —dijo amargamente el profesor Dalín.

—¡Querido profesor!, usted no disponía de capital para desarrollar este proceso. Nuestro Gobierno podía proporcionarle financiamiento, pero a costa de monitorear absolutamente todo. Nosotros no sólo le conseguimos el capital, sino que también las instalaciones en otro país amigo y mucho más… ¿cómo podríamos decir?… tolerante.

—¡Corrupto y servil! —el profesor estalló, tironeado por sus creencias éticas—, estoy arrepentido, ciertamente, de haber entrado en este juego diabólico.

—Profesor, querido profesor, no es necesario ofuscarnos—la voz del presidente sonaba persuasiva—, este hombre… Jiménez… usted puede tratar de revertir el proceso. Nadie va reclamar nada. Nadie se va a preocupar por él. Estaba solo en el mundo. Es más, usándolo a él tal vez usted logre una etapa superadora del arma psíquica. Una etapa en dónde nuestros enemigos deseen cooperar con nosotros. Sin necesidad de dejarlos en estado vegetativo, ni usar un ejército de ocupación.

—¡Usted habla de esclavitud!

—¡No profesor!, colaboración compulsiva.

—¡No sea cínico, señor! ¡No estoy para humoradas!

El tipo bien vestido lo miró glacialmente:

—¡Creo que debo recordarle algo profesor!, usted es brillante y el creador del arma psíquica. El proyecto DREAMSTORM. Un arma que actúa sobre el inconsciente de las personas liberando todos sus temores y demonios internos, produciendo una crisis que los deja inermes—se tomó un instante ante de agregar— ¡Pero usted no es irremplazable! ¡Y tiene ciertas obligaciones contraídas con nosotros!

Suavizó el tono, y le dispensó una sonrisa socarrona:

—Si esto lo tranquiliza profesor, piense que la aplicación que usted creo salvará muchas vidas, evitará miles mutilados, huérfanos, viudas, madres sin hijos, destrucción de recursos naturales y lugares únicos para la Humanidad. Evitará hambrunas y pestes. Todas las consecuencias indeseables de las guerras convencionales. ¡No más carros de asalto! ¡No más misiles inteligentes! Sin explosiones.

Sólo un suave destello anaranjado en miles de monitores, televisiones, cajeros automáticos o terminales de computadora.

Todo habrá terminado, sin que ellos lleguen a saberlo. 

martes, 26 de septiembre de 2023

La noche es una dama vagabunda

 

—Doctora, ¿cuándo va pagar la deuda?

Ella tenía la mirada perdida más allá del ventanal. En el parque unos niños jugaban en el columpio. Hubiera deseado ser una niña y compartir sus juegos. Volver a la inocencia de la infancia, lejos de sus problemas actuales.

—No, todavía no puedo.

El hombre la miró contrariado. Se adivinaba, más allá de la contrariedad, una fría fiereza contenida.

—¿Cuándo va a pagar?

—No sé con certeza —dudó—, no es fácil poder cumplir. Ya hubo controles de inventario y encontraron discrepancias en el stock de psicotrópicos.

El hombre resopló.

 —¿Entonces cómo va a pagar su deuda? —su gélida mirada la atravesó—, el juego es un vicio caro. Usted debe mucho, los intereses corren. No necesitamos el producto terminado, sólo el ácido fenilacético.

—Necesito algo más de tiempo —suplicó— ¡Ustedes quieren un lote entero!

—Si por mi fuera no habría problemas —le dedicó una mirada lasciva—, es una suma importante, pero creo podría saldar algo de la deuda en especias ¿verdad?

El rostro de la mujer se ruborizó.

—Doctora, ¿el departamento dónde vive es suyo?

—¡Escuche bien! —ahora estaba furiosa— ¡ni yo ni mi departamento estamos a la venta! ¿Le queda claro?

—¡Vaya, vaya! —el tipo sonrió—. Okey, ¿y para cuándo el pago para no sufrir las consecuencias?

—En un par de semanas es un fin de semana largo —la doctora lo miró conspiradora—, sería un momento ideal para un golpe. Pero antes tengo que solucionar algunos temas personales. Mi vida no va a ser la de antes.

—Sí, creo que lo mejor es que cambie de vida. Nosotros podemos ayudarla. No sólo va a pagar la deuda, habrá algún efectivo para su cuenta corriente.

—Pero tengo que abandonar el país antes que comiencen a investigar.

—La vamos a ayudar, ya se lo dije.

La doctora era una belleza morena, con su cabellera enrulada cayendo sobre sus hombros desnudos y unos ojos almendrados de mirada inteligente. Se mordió los labios.

—Doctora, no hay plan B —el tipo la miró con la expresión de una araña que teje su tela alrededor de la presa—, tal vez, si usted no paga, no le haremos daño. Pero sabemos que su mamá está internada en un geriátrico en la Cumbrecita, que su hermana y sus sobrinos viven en Alta Gracia… y que su hija va por las tardes al Colegio de la Misericordia.

Ella suspiró.

—Bien, el asunto es así: el fin de semana largo la vigilancia se restringe —la voz le tembló—, siempre hay dos guardias jóvenes que se creen comandos de asalto. Pero esos días hay un viejo que se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo. El robo se tendría que hacer del anochecer del sábado a la madrugada del domingo.

—Estoy de acuerdo, ¿tiene los códigos de seguridad?

—Del portón de entrada, del depósito y de la caseta de vigilancia —la doctora asintió—, por eso debo huir, la policía va a deducir quien fue el entregador con facilidad.

—Vamos a estar en contacto, tengo que armar el equipo. Hasta la vista, Baby.

La doctora se bajó del automóvil y cruzó el estacionamiento. El Munstang Cobra del 66 arrancó y se perdió en la noche. Para ella no habían terminado los problemas. Caminó a lo largo de la hilera y se subió a un Ford Escort.

—¡Muy bien doctora!  —el hombre aplaudió—, lo está haciendo muy bien. La trampa está dispuesta.

Ella esbozó una triste sonrisa.

—Sí, y la carnada soy yo.

—Tranquila, la vamos a ayudar cuando todo termine.

—¡Que cómico! Es el segundo que me quiere ayudar —lo miró con odio—, si yo no lo ayudo a él me mata la familia. Si no colaboro con usted me manda a la cárcel.

—A esa situación llegó por sus propios actos —hizo un gesto de resignación—, ahora tomó una buena decisión. Ya tenemos las grabaciones de sus conversaciones, lo único que falta es agarrarlos con las manos en la masa. Ahí se terminan sus problemas. Una nueva identidad, un nuevo trabajo y a recomenzar su vida en otro lugar.

—¿Lejos de los míos?

—Cualquier contacto podría ser fatal —el policía habló con energía—, para usted o para ellos.

La doctora siguió con su vida normal. En el laboratorio ella era la jefa del Departamento de Farmacología. Las oficinas estaban en un coqueto edificio del barrio de Belgrano. Los depósitos en la localidad de Bancalari, ese era el blanco.

Las dos semanas transcurrieron más rápido de lo que deseaba.

—Hola

—Doctora, soy el Chino.

—¡Ah, sí!

—Mañana a la noche en el cruce a General Pacheco —la voz era fría, eficiente—, frente a la estación de YPF. Vamos en una Ranger blanca doble cabina. Somos tres. ¿Okey?

—Sí.

Apagó el celular. El estómago se le contrajo de forma involuntaria.

Sábado a la noche. Ella vestida con unos jeans oscuros, camisa negra, una campera al tono, una gorra de beisbol y una mochila de cuero. Los hombres que pasaban la miraban con interés. Aquella estación de servicio no parecía el lugar más indicado para una belleza sola un sábado a la noche.

La camioneta bajó por la colectora. Adentro iba el Chino con dos más.

—Suba

Los tres tenían el mismo tipo. Morenos, tatuados, robustos y con caras de pocos amigos.

—Doctora, los muchachos: el Moncho y el Cholo —el Chino se rió—, muchachos la doctora. Ya están presentados.

—Chino, Moncho y Cholo —rió la doctora—, ocho son los monos…

—¿Qué?

—Nada, no tiene importancia. Supongo que nunca escucharon a León Gieco.

El depósito estaba ubicado al fondo de un camino descampado que salía de la autopista. Estaba profusamente iluminado con la luz cruda de poderosos focos. En la caseta de seguridad dormitaba un hombre de unos setenta años.

El Chino repartió pasamontañas para todos.

—Doctora, ¿el código de acceso?

Ella deletreó con claridad. Las rejas se abrieron con ruido chirriante.

De la caseta de seguridad surgió el viejo.

—¡¿Quién anda ahí?!

La doctora pensó en tranquilizarlo, decirle que era ella con unos amigos encapuchados que querían darle una sorpresa. El disparo sonó como una especie de ¡Plop! El arma era una Glock 17 calibre 9 mm con silenciador Aka. El anciano cayó de bruces sin un quejido.

—¡Pero! —gritó la doctora—, ¡¿están locos?!

—Sin testigos, sin problemas —dijo el Chino mientras la tomaba de las muñecas—, ahora doctora está hasta el cuello. Deme los códigos del depósito.

Ella le dio las instrucciones.

Luego ellos comenzaron a acarrear los tambores del precursor hasta la camioneta. Tenían suficiente espacio de carga.

—Doctora va a tener que venir con nosotros —dijo el Chino.

—Si ya se… sin testigos.

La risotada del Chino quedó inconclusa.

El balazo le entró por la sien derecha y salió por la izquierda con trozos de hueso, masa encefálica y sangre. La doctora sintió que su capucha se humedecía y se la sacó de un tirón.

Cerca del portón trasero de la camioneta el Moncho y el Cholo estaban congelados, Trataron de sacar sus armas. No pudieron. El primero recibió el tiro en el pecho y cayó de espaldas. El otro en el medio de la frente.

La doctora percibió los olores de la muerte que la rodeaba. El picante aroma de la pólvora, el ferroso de la sangre. También a orín y mierda, alguno de los cadáveres que aflojó los esfínteres.

 Desde un rincón en sombras surgió el policía antinarcóticos con dos tipos más. En su mano un arma con silenciador humeante.

 —Cambio de planes doctora —dijo sonriente—, ya que los muchachos cargaron los barriles sería una pena desperdiciar las ganancias.

—¿Qué va a pasar conmigo? —dijo resignada.

—Bueno, coincido con el Chino, los testigos son un problema —esbozó una torva sonrisa—, claro que primero podemos divertirnos un rato, ¿verdad, muchachos?

Los otros dos la miraron sonrientes.

El que estaba a la derecha recibió un balazo en la carótida. Cayó con la sangre cubriendo su pecho. El que estaba a la izquierda apuntó al policía antinarcóticos.

El arma sonó con otro ¡Plop! Y el hombre cayó fulminado con un gesto de dolor y asombro en el rostro.

El hombrote se acercó a la doctora. El cañón tibio del arma se incrustó en sus costillas. Pasó la mano libre por detrás de su nuca y la beso en la boca con pasión. Aflojó la presión del arma.

—Okey, ¿y ahora? —dijo ella impasible.

—Tengo bastante trabajo por delante. Lo primero es borrar todas las grabaciones de seguridad y anular las cámaras internas y externas —hizo una breve pausa—. Tengo que hacer algunas pocas modificaciones en la escena del crimen para que balística trace con exactitud la trayectoria de la balacera. La cosa es más o menos así: una operación encubierta que salió mal. Los delincuentes querían robar el lote de precursor. Los policías quisieron hacer una redada sin apoyo, tal vez para quedarse con todo el crédito. Hubo fuego cruzado del que sobrevivió un ignoto. El arma con que los mataron la tomé del cuarto de evidencias. Alguien me debía un favor y me la dio. Además, borró el ingreso del arma, por lo tanto, para los efectos de la investigación sigue en circulación. Una automática con varios ilícitos, pruebas periciales y un posible sospechoso. Su último propietario que está casualmente con libertad condicional. El ignoto.

—Y los vehículos —dijo ella—, ¿no nos pueden rastrear por las cámaras de seguridad de la autopista?

—Claro que lo van a hacer —contestó con una sonrisa—, pero vamos a seguir con el plan. Nuestro ignoto, o sea yo, se va a ir con la Ranger. Vos te vas a llevar el auto de los polis, que es robado, pero sin pedido de captura. Como no van a tener grabaciones del ingreso tienen que rastrear las cámaras de la autopista. Pero hasta el martes no van a empezar el rastreo. Además, no van a tener la hora probable de muerte hasta luego de las autopsias, así que van a tener que cotejar desde el viernes para encontrar una camioneta que abandone la autopista rumbo a los depósitos. Y que luego se aleje en dirección contraria. El auto en el que vos te vas no lo van poder identificar hasta mucho más tarde.

—Bien, ¿entonces?

—Vos te vas hasta la estación Virreyes, en la calle cortada que da al andén hay un punto ciego. Abandonas el auto y te vas en tren a Tigre. Seguí usando la gorra de beisbol. Vas al baño de la estación y te cambias con la ropa de la mochila. En las estaciones tienen cámaras, hay que cambiar de aspecto. En la estación pluvial te espera el Negro. Te va a llevar en lancha a Nueva Palmira en Uruguay. De allí en bus a Livramento en Brasil. Allí ya vas a estar segura. En ninguno de los controles de aduana va a figurar tu pasaporte. Eso ya lo arreglamos de antemano.

—¿Y vos?

—Voy y entrego el producto a los compradores —volvió a sonreír—. Con ese efectivo, una vez que me reúna contigo en Livramento, viajamos a Porto do Ghalinas. Y comenzamos una nueva vida. De los papeles y documentos para las nuevas identidades me encargo. Tengo todo planeado y los contactos necesarios.

Ella le dio un beso en la boca. Luego subió al automóvil.

Del bolsillo superior delantero sacó el celular que asomaba. Dejó de grabar y comprobó el video desde el comienzo. Salvo algunos pequeños inconvenientes de oscilación o sonido defectuoso estaba perfecto.

Una buena fullera siempre reserva su carta ganadora para la última mano.

Encendió la radio. La voz inconfundible de Tony Bennett cantaba the lady is a tramp:

I love the free fresh wind in my hair             

life without care

oh, I'm so broke, it´s oh!

I hate California. It's crowded and damp

that’s why the lady is a tramp

I´m a tramp!

(Me encanta el viento fresco entre mi cabello

vida sin cuidado

Oh, estoy tan aburrida, ¡es oh!

Odio California, es tan poblada

húmeda

Es por eso que la dama es una vagabunda

¡Soy una vagabunda!)

Ella y la noche, vagabundas. Errante vagabunda hacía una nueva vida. 

domingo, 24 de septiembre de 2023

Historias de estatuas

 

Esa tarde había recorrido el Museo de Bellas Artes. A la salida decidí caminar bordeando el estanque donde varios niños, y sus padres como si también fueran niños, jugaban con sus veleros a escala. Una decena de velas corrían carreras de extremo a extremo del piletón.

Llegando al final de la Plaza Ruben Darío me di de bruces con una intervención del artista Carlos Regazzoni. Algunas estatuas hechas con desechos industriales como: ruedas de bicicleta, radiadores, ventiladores y cuanto trozo de metal (oxidado o no), pudiera encontrar por ahí.

Las artes, en general, deben tener una concepción dónde lo subjetivo es primordial: me gusta o no me gusta. Pues bien, las obras de este artista no movían ninguna de mis emociones. Tal vez mi concepción de las artes plásticas fuera demasiado barroca, pero donde Regazzoni suponía a un Quijote sobre su Rocinante, lo único que yo veía era un cúmulo de restos postindustriales, una obra con pretensiones artísticas trascendentes más próximas al más patéticos de los ridículos. Así mismo, que cierto artista de vanguardia, dispusiera sobre un pedestal un inodoro y la crítica lo ensalzara por su valentía rupturista, no lo emparentaba de ninguna manera con la Tête de femme (Fernande) de Pablo Picasso, donde se marcó el nacimiento de la escultura cubista de bulto redondo. En esta escultura, del año 1909, no sólo se basó en piezas de repertorios etnográficos, como las máscaras tribales nimba, sino que ideó un nuevo sistema para definir los volúmenes del rostro y del cabello, transformando algunas de las formas cóncavas en convexas, sin perder un concepto plástico unitario.

¿Cómo había llegado a Picasso?

Jamás pude comprender acabadamente el proceso mental de divagar. Como en cuestión de segundos se puede cambiar de épocas, lugares y, en este caso, esculturas.

Es así como me vi en mi lejana infancia correteando por el Parque Rivadavia en el barrio de Caballito. Mi papá tenía en sus manos su chiche nuevo: una Kodak Fiesta, que para tomas con poca luz tenía un Cuboflahs, (flashcube) fue una innovación introducida por Kodak en 1961. Consistía en un pequeño cubo giratorio dotado de cuatro bombillas de flash individuales (una por cada cara lateral del cubo). Así, cada cubo permitía tomar cuatro fotos seguidas antes de cambiarlo por otro.

El asunto es que mi viejo me había subido al pedestal revestido de mármol sobre el que estaba la figura ecuestre del Libertador General Simón Bolívar, con la peregrina idea que un chiquillo de cinco años se quedara quieto unos pocos minutos para inmortalizarlo en una toma en blanco y negro. Al mocoso, o sea yo, sólo le interesaba saber como podía trepar los cinco metros de alto de la estatua de bronce.

Mi viejo en algún momento logró su propósito, no recuerdo de que manera. Tal vez sobornándome con la promesa de un helado. Lo que evoco con claridad era mi rostro ardiendo de frente al sol de enero, para tener una mejor imagen. Luego de la foto, me quedé fascinado mirando las patas delanteras de Palomo, el caballo del prócer. Casi podría afirmar que como el propio Bolívar viendo el Chimborazo, que lo inspiró para su Mi delirio sobre el Chimborazo, donde, en lugar de sentirse empequeñecido, llegó a compararse con el Creador:

«Yo soy el padre de los siglos,

soy el arcano de la fama y del secreto,

mi madre fue la Eternidad;

los límites de mi imperio los señala el Infinito;

no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte;

miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente.”

Mientras seguía mi caminata rumbo al Monumento a los españoles (o Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas), una nueva sinapsis en mi cerebro me llevó al libro Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato. Al fusilamiento de Dorrego, a la retirada de Lavalle hacia el Norte, sus alucinaciones sobre rearmarse y contraatacar a sus fantasmales perseguidores, su trágica caída y a un encono que perduró más allá de la muerte. A continuación, recordé la estatua del General Juan Galo de Lavalle sobre una columna en el medio de la calle Talcahuano, y la Plaza homónima.

La ubicación de la plaza no tenía nada de inocente ni casual.

Por aquellos tiempos el barrio de Tribunales aún era el barrio del Parque. En donde en 1904 se pondría la piedra fundamental del Palacio de Justicia donde funcionaba la Fábrica de Armas y Parque de Artillería que le daban nombre al lugar. En la manzana comprendida por las calles Tucumán, Cerrito, Libertad y Viamonte (donde ahora está el Teatro Colón), se encontraba la cabecera del Ferrocarril de Bueno Aires al Oeste –también conocida como Estación del Parque– desde donde partió en 1857 la primera locomotora: La Porteña.

Muy cerca de la estación estaba el palacio Miró que perteneció a Mariano Miró Dorrego, casado con su prima Felisa Dorrego Indart. El Palacio tuvo un rol fundamental durante la Revolución del Parque de 1890, y fue demolido en 1937.

El trazado del ferrocarril –Once, Almagro, Caballito – concluía en La Floresta, que era parte del pueblo de San José de Flores. Allí, en terrenos donados por Inés Indart –suegra y tía política de Mariano Miró, puesto que su madre Dominga Dorrego Salas era hermana de su suegro Luis– se había construido la estación. Su esposa, Felisa Dorrego, fue madrina de la nueva iglesia, inaugurada en febrero de 1883. El padrino fue el gobernador Dardo Rocha.

En términos actuales, podría decirse que a Mariano Miró le gustaba vivir cerca del trabajo: a escasos pasos, podía ir caminando. El edificio, construido al estilo de una villa italiana, tenía dos plantas y un importante mirador. Fue proyectado por los arquitectos Nicola y Giuseppe Canale (padre e hijo) y terminó de construirse hacia 1868. La entrada principal estaba sobre Viamonte (entonces calle Del Temple). Mariano murió en 1872, y su viuda Felisa –20 años más joven– tuvo que pasar pronto por otro gran disgusto. En 1878, la Plaza del Parque pasó a llamarse General Lavalle. En 1887 colocaron el monumento a Juan Galo en el pedestal en el que está actualmente, justo a una cuadra de su casa. Felisa, sobrina de Manuel Dorrego, a quien Lavalle había fusilado en 1828, no pudo soportar la afrenta y mandó cerrar todas las persianas de la casa que miraban hacia esa estatua.

Para los festejos de 1910, el Palacio Miró fue restaurado y allí se llevó a cabo el baile principal por los festejos del Primer Centenario de la Revolución de Mayo, al que concurrieron el presidente José Figueroa Alcorta y la infanta Isabel, que vino en representación del rey Alfonso XIII. Pero doña Felisa no pudo disfrutarlo: murió en 1896.

Mientras iba repasando esa historia de odios y revanchas entre unitarios y federales, una vez más mis pensamientos me llevaron a estos días en la mismísima Plaza Lavalle y frente al desaparecido Palacio Miró. La escultura Homenaje al Ballet Nacional, que inmortaliza un paso de baile en las figuras de José Neglia y Norma Fontenla, trágicamente desaparecidos en un accidente de avión en el Río de la Plata. El conjunto se completa con una fuente con aguas danzantes.

Esas aguas danzantes me recordaron La fuente de las nereidas, Obra de una artista a la que dedicaron un obituario en la revista Caras y caretas, que rezaba:

"Siempre nos sorprende la tragedia del talento olvidado. Ahora más, al herir a una mujer, a la primera mujer argentina, cuya vocación supo afrontar las dificultades del mármol, los laboriosos primores del modelado de la arcilla." Ese homenaje estaba dedicado a Lola Mora, la primera mujer dedicada a la escultura en Latinoamérica, que había rechazado la ciudadanía británica y rusa y terminó sus días con una pensión de escasos 200 pesos del gobierno argentino. Caída en desgracia por la falsa moral y pacatería de la época que condenaba sus artísticos desnudos femeninos.

Sus obras artísticas terminaron arrumbadas en sitios como la Costanera Sur. Ella impedida en su Tucumán natal, atendida por sus tres sobrinas.

Ya me estaba acercando el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.  Aunque no todas las obras artísticas de avant-garde me disgustaran, por lo general prefería las clásicas. En la actualidad hay un revival de las obras del artista plástico ítalo argentino Lucio Fontana, que, a partir del año 1958, marcó su principal característica: hacer tajos en sus cuadros. Nada más alejado del preciosismo del Renacimiento, de aquel martillazo que Michelangelo Buonarroti diera a sus Moisés, mientras el espetaba: ¡Parla!

Y el MALBA tenía un compendio de esas obras: un móvil de esferas que parecía un colgante para bebés, o una obra llamada “construcción” que apilaba una especie de pequeños tubos asimétricos, que más que simular ladrillos apilados parecían canelones sin salsa o “el guitarrista”: dos placas encastradas en sendas placas de vidrio, con un agujero en el centro, y varias varillas que podrían representar tanto las cuerdas de la guitarra como un pentagrama.

Pero en un rincón, alejada de las luces del vanguardismo, estaba la escultura realizada en mármol negro mexicano por el artista Francisco Zúñiga en el año 1955, con una mezcla de clasicismo con arte de pueblos originarios, y cierta reminiscencia a las esculturas obesas del artista colombiano Fernando Botero Angulo.

Si me dan a elegir, me quedo con ella.

O con aquella otra estatua que se queda estoicamente inanimada, hasta que un niñito arroja un billete en su sombrero. Ante su asombro, gira su cabeza, sonríe y giña un ojo; antes de volver a su mundo de inmovilidad.