domingo, 21 de febrero de 2016

Los visitantes de Marte



“…su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul,
con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y
         antiguos barcos para andar por la arena…”   (Jorge Luís Borges)


“La nave vino del espacio. Vino de las estrellas, y las velocidades negras, y los movimientos brillantes, y los silenciosos abismos del espacio. Era una nave nueva, con fuego en las entrañas y hombres en las celdas de metal, y se movía en un silencio limpio, vehemente y cálido. Llevaba diecisiete hombres, incluyendo un capitán. En la pista de Ohio la muchedumbre había gritado agitando las manos a la luz del sol, y el cohete había florecido en ardientes capullos de color y había escapado alejándose en el espacio ¡en el tercer viaje a Marte!
Ahora estaba desacelerando con una eficiencia metálica en las atmósferas superiores de Marte. Era todavía hermoso y fuerte. Había avanzado como un pálido leviatán marino por las aguas de medianoche del espacio; había dejado atrás la luna antigua y se había precipitado al interior de una nada que seguía a otra nada. Los hombres de la tripulación se habían golpeado, enfermado y curado, alternadamente. Uno había muerto, pero los dieciséis sobrevivientes, con los ojos claros y las caras apretadas contra las ventanas de gruesos vidrios, observaban ahora cómo Marte oscilaba subiendo debajo de ellos.
—¡Marte! —exclamó el navegante Lustig.
—¡El viejo y simpático Marte! —dijo Samuel Hinkston, arqueólogo.
—Bien —dijo el capitán John Black.
El cohete se posó en un prado verde. Afuera, en el prado, había un ciervo de hierro. Más allá, se alzaba una alta casa victoriana, silenciosa a la luz del sol, toda cubierta de volutas y molduras rococó, con ventanas de vidrios coloreados: azules y rosas y verdes y amarillos. En el porche crecían unos geranios, y una vieja hamaca colgada del techo  se balanceaba, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, hacia delante, mecida por la brisa. La casa estaba coronada por una cúpula, con ventanas de vidrios rectangulares y un techo de caperuza. Por la ventana se podía ver una pieza de música titulada “Hermoso Ohio”, en un atril.
Alrededor del cohete y en las cuatro direcciones se extendía el pueblo, verde y tranquilo bajo el cielo primaveral de Marte. Había casas blancas y de ladrillos rojos, y álamos altos que se movían en el viento, y arces y castaños, todos altos. En el campanario de la iglesia dormían unas campanas doradas.
Los hombres del cohete miraron fuera y vieron todo esto. Luego se miraron unos a otros y miraron otra vez fuera, pálidos, tomándose de los codos, como si no pudieran respirar.” (*)
Donovan dejó un instante la lectura. El trépano hacía su trabajo, hundiéndose en el polvo ferroso de Marte. Su andar lento semejaba el de una larva gigantesca. En realidad aquella oruga se había transformado en el hogar de Donovan en los últimos seis años. Excepto el tiempo que pasaba en “Nido”, la base permanente en la superficie, toda su vida transcurría dentro del “Gusano”. Disponía de dormitorio, baño, laboratorio, sala de control y cocina, dónde procesaba los alimentos sintéticos. En el puesto de control, sobre una de las esquinas, había dispuesto su lugar personal. Tenía unos muebles de estilo, del año 1970, y una biblioteca de fines de los cincuenta. Él podía leer libros virtuales, de hecho tenía millones de títulos a su disposición, pero aún prefería las ediciones en papel. Se podía palpar sus tapas, fueran de cuero repujado o de simple rústica. Se podía acariciar las páginas y olerlo. El aroma de un libro era algo especial. Se comenzaba a disfrutar la lectura desde antes de abrirlo. Como se puede imaginar la inminente lluvia de estío de sólo sentir el aroma del agua y la tierra húmeda en la brisa que baja del prado. Era algo real y palpable, no sólo una simple sucesión de hologramas que se podían representar en el inconsciente.
La computadora central era algo así como su asistente personal. Podía escuchar música, leer, jugar, o como en este caso, trabajar. El panel holográfico parpadeaba con una luz ambarina. En un ángulo se veía un mapa virtual de la perforación. Pudo advertir algo que le extrañó. De inmediato detuvo la marcha.
—Comunicación, “Mad —ordenó al asistente virtual (MultiAsistenteDigital)—¡Hola! ¿Qué tal la gente del “Nido”?
—¡Hola, Donovan! Aquí estamos bien, ¿algún problema?
—Bueno, tengo algunas lecturas de los sensores de “Gusano” algo inusuales —comenzó de detallar Donovan.
—Donovan, Josh está al llegar. Salió a hacer la recorrida de rutina y está un poco atrasado.
—Bien, Martínez, de todas maneras te anticipo. Los primeros diez kilómetros me insumieron dos horas, pero hace más de una hora que estoy luchando con una placa enorme. Avancé unos dos kilómetros. El análisis preliminar revela una roca del tipo ígnea. Hay rastros de fedelpastos, micas y cuarzo. Pero, en su composición encuentro gran cantidad de metales. Algo así como un cuarenta y cinco por ciento. Tiene la dureza de los granitos, pero algunas características del basalto.
—¿Rocas volcánicas?
—Exacto, pero aún hay otra cosa más…
—¿Qué?
—Te vas a reír, pero parecería como si alguien hubiera podido derretir el mineral y los metales, los hubiera mezclado y…
—¿Quieres decir que las proporciones son uniformes?
—Totalmente. No parecen placas tectónicas ni pizarras. Son como bloques de un muro.
—Un instante Donovan —Martínez miró a sus espaldas—, llega Josh.                                   
—¡Hola! Espera que hecho un vistazo —Josh leyó el informe preliminar.
—Bien, Donovan —la imagen se borroneó un instante— Donovan ¿estás ahí?... Donovan…
—Si, acá estoy —reapareció el rostro preocupado de Donovan— más cosas extrañas: hay interferencia. Quería contarle a Martínez, según el lector de eco, estoy próximo a una gran falla.
—¿Una cueva?
—Si… si multiplicamos cualquier cueva de las que conocemos por setenta.
Josh lanzó un silbido, mientras Martínez sacudía la cabeza.
—Josh, solicito permiso para utilizar una carga de penetración, el “Topo”  me puede ahorrar mucho tiempo.
—Donovan, el experto eres tú. Si no corres peligro tú  ni el vehículo…
—Según mis cálculos, por la densidad y el volumen, la estructura del “Gusano” puede resistir y allanarme el camino.
—Adelante, y suerte.
El “Gusano” tenía alrededor de su fuselaje dos espirales sinfín que ablandaban el terreno,  removían la tierra y las rocas, y las lanzaban para atrás. En la proa, mientras se hundía, el ventanal delantero lo tapaba una caperuza de cerámica. De su nariz surgía una barrena enorme. Cuándo se encontraba piedra pizarra, caliza o de cualquier otro tipo, se lo utilizaba. A veces funcionaba como un gigantesco martillo neumático. Donovan no estaba dispuesto a soportar las sacudidas que se producían. Le daban náuseas. Una carga de penetración (el “Topo”) haría el trabajo pesado. Él después se encargaría de inspeccionar los minerales y el basamento. Sus conocimientos sobre biología, además, lo habilitaban a clasificar e investigar la flora y la fauna. En este caso era irrelevante.
Donovan comenzó todas las tareas de rutina para lanzar la carga de penetración. Debía seguir una serie de procedimientos para prevenir accidentes. Cerró y aseguró todas las escotillas. Apagó los sistemas que no fueran indispensables. Hizo dos simulacros. El primero de lanzamiento del “Topo”.Mad” no predijo ninguna falla. El segundo de evacuación y lanzamiento de la cápsula de emergencia. Era un cubículo casi transparente, que en caso de emergencia, lo podía llevar a la superficie envuelto en una burbuja de plasma. Todo estaba en orden.
—Bien, “Nido”, el “Topo” está en posición, listo para lanzamiento.
—Proceda “Gusano” —ordenó Josh. Una involuntaria humorada.
Donovan puso el trépano en reversa y se alejo del lugar  en dónde descargaría el explosivo. Cuándo estuvo a la distancia que creyó prudente, lo lanzó.
Primero se escuchó un siseo como un enjambre de avispas furiosas. Después un violento temblor sin estampido de advertencia. Un rumor sordo como la caída de una catarata. Por último, un resplandor pálido y una columna de humo blanco. Una lluvia de rocas impactó el vehículo.
—¿Cómo salió?
—Bien, voy a comenzar el descenso de nuevo.
—Cuidado con las formaciones de hielo. Es poco probable, pero pueden haber corrientes de agua en los bolsones subyacentes ¿me escuchas? —alcanzó a decir Josh.
Donovan miró sorprendido la pantalla, la comunicación se había cortado. Era la primera vez que le ocurría. Pronto creyó comprender lo que pasaba.
La superficie de Marte tiene arcilla ferruginosa similar a la nontronita. Los óxidos de hierro le daban ese tono herrumbroso, tan característico en la hematita. Bajo la superficie había encontrado un depósito de su hermana melliza: la magnetita. La carga magnética estaba interfiriendo en las comunicaciones. Lo extraño era, que en todos los estudios preliminares, el porcentaje de este mineral era escaso, casi nulo. Tanto la camacita, la nontronita  y la magnetita requieren de agua y calor para su formación. En la superficie, excepto las zonas cercanas a los polos, el agua no abundaba. Es por ello que el mineral más común de encontrar era la hematita gris. Además la presencia de azufre revelaba actividad volcánica devastadora. Esto había transformado un planeta de características similares a la Tierra, cálido y alcalino, propicio a la vida; en otro frío, ácido y árido. Inhóspito. Donovan intuyó que estaría cerca de algún reservorio de agua.
            —El viejo Ray escribía muy bien —pensó Donovan—. La forma poética en que describe las praderas, los canales, los navíos, las ciudades. Pero estaba totalmente equivocado. Pensar que en esta pelota polvorienta pueda haber vida inteligente. Este maldito planeta mata todo lo que quiere nacer. Es un cementerio flotando en el medio de la nada. ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué buscamos? ¿Hay algo que valga la pena en este lugar?
Sin agua y calor no sólo era imposible encontrar ciertos minerales y metales. La flora no se desarrollaba y esta, entre otras cosas, servía para el primer escalón en la cadena nutricional y en el ciclo elemental de la renovación del oxígeno y otros gases.
Marte era un planeta muerto.
El trépano comenzó su monótono viaje. En la cabina se sentía una ligera vibración. Antes de lo pensado llegó a la boca de entrada de la gruta.
—Donovan —bromeó con su incomunicación a cuestas— ¿Listo para irrupción? ¡Listo señor! ¡Proceda!
Donovan quedó sin habla. Jamás había visto nada igual. Ni en Marte, ni en la Tierra, ni en decenas de asteroides que había trepanado. Los focos del “Gusano” iluminaron una cavidad enorme. El techo estaba por encima del trépano unos diez pisos. Tanto la anchura como la profundidad eran incalculables desde aquel lugar. Tenía que salir.
La composición de la atmósfera marciana, tenía grandes cantidades de dióxido de carbono, y pequeñas de nitrógeno, argón y algo de vapor de agua. Aquello era un oasis. Los instrumentos indicaban la presencia de casi un sesenta por ciento de oxígeno. Cualquier alpinista encontraría aquello aceptable. Levantó la tapa protectora del ventanal de proa y pudo ver las estalactitas y estalagmitas de diversos colores. Rosado, turquesa, esmeralda y bordó. Los haces de luz de los focos se descomponían en un arco iris, tal si fuera un prisma. Daban ganas de recorrerlo a pie y sin protección. Pero, por precaución, fue hasta la bodega y preparó un traje de supervivencia y un “URI” (Unidad de Reconocimiento Individual). El “URI” no era un vehículo propiamente dicho. Era una especie de armadura que se desplazaba sobre una serie de esferas en las suelas de las botas. Tanto las piernas, el tronco y los brazos quedaban dentro del armatoste. Aumentaba la velocidad de desplazamiento y la fuerza de carga en caso de ser necesario. Teniendo en consideración que la fuerza de gravedad era casi un tercio del de la Tierra, tenía que desplazarse con cierta prudencia hasta adaptarse al nuevo ambiente.
Encendió los faros delanteros y bajó por la rampa a velocidad media. El suelo era una mezcla de polvo congelado y hielo propiamente dicho.
—Oficial Explorador Donovan grabando incursión en caverna. ¿Listo, “Mad”? —Un sonido suave le avisó que todo estaba en orden.  “Mad” era parco y eficiente.
—Las primeras formaciones indican presencia de mica, cuarzo y algún tipo de cristal de baja calidad. El terreno es rico en magnetita y tenemos algunas variedades de rocas sedimentarias. Otras porosas, parecen de origen volcánico, pero también tenemos producto de detritos. Las estalactitas…. ¡Mierda!
Donovan quedó alelado frente al espectáculo que se brindaba a sus ojos. La caverna dónde estaba era sólo la entrada. La gruta, en su ancho, no podía ser abarcada. Los rayos de luz no alcanzaban el final del recorrido. En cuánto al largo ocurría algo similar, pero calculaba que sería aún mayor esa distancia. De hecho, la lectura de los instrumentos revelaba un largo de dos mil kilómetros y un ancho de una decena. A sus pies el terreno descendía algunos metros. Más allá encontró aquello que lo dejó sin habla y casi sin respirar.
Se veían unas torres y edificios altos. Esto se deducía, pues la parte superior de las mismas, se perdían en el techo de la cueva. Penetraban la roca. Descendió muy despacio por una especie de rampa rugosa y avanzó por lo que parecía una avenida embaldosada. Era algo así como un damero gigantesco. Los edificios le daban el aspecto que tendría la nave de una catedral abandonada. El techo de la galería semejaba una negra cúpula brillosa. Los focos del traje de supervivencia mostraban las edificaciones jugando con el blanco y el negro. El aliento acelerado le empañaba la escafandra.
—Las ciudades ajedrezadas —Pensó Donovan.
El material era similar a la cerámica o el mármol. No tenía ganas de ponerse a investigar. Incluso, para analizar la composición, debía romper algunos de esos santuarios. Trataba de abarcar todos los prodigios a la vez, más la vista no le alcanzaba. Tampoco los sentidos. Estaba embriagado por su descubrimiento. Por una vez es en su vida monótona no tenía que clasificar rocas ni pasar inútiles informes. Quedó admirado mirando en todas las direcciones posibles. Por allí unas escaleras circulares, que se perdían en cuartos umbríos. Por allá unas fuentes secas. Más acá unos pasadizos que comunicaban con puentes truncos. Durante algunos minutos siguió desplazándose en el “URI”. Pero decidió que era mejor hacerlo a pie.
Estaba caminando a orillas de lo que parecía la ribera de un mar seco, en los lindes de aquella ciudad, cuándo lo vio. Era una especie de navío a vela. Un galeón polvoriento y fantasmagórico anclado en una dársena de nácar. Los muelles también eran refulgentes. Subió por la planchada. Todo tenía el aspecto del marfil y el ébano, esos mismos claroscuros. Luego de caminar por la cubierta y examinar el raro velamen;  se perdió por las sentinas vacías y llegó al camarote del comandante. El reflejo de la luz hizo brillar unos objetos sobre lo que, sin dudas, habría sido el tablero de mapas. Eran unos cuerpos romboidales y otros esféricos. De colores pastel, parecían hechos de un material parecidos a las perlas. Tomó una de esas cosas perladas y la puso frente al rayo de luz. Una miríada de pequeñas centellas iluminó el techo de la estancia tal como si fuera una bola espejada. Con el objeto alzado sobre su cabeza, recordó la tarde en que su abuelo lo llevó al Museo Naval. Su imaginación infantil había quedado conmocionada. Todo era nuevo y fascinante. Los nombres de aquellos instrumentos: compás, catalejo o sextante. El mapamundi, otros nombres aún más enigmáticos: “Mare Nostrum” o “Mare Tirrenum”. Pero todo aquello quedó en un segundo plano cuándo la descubrió. Entre las vitrinas, que tenían réplicas de navíos, restos de naufragios, brújulas, pergaminos, armas antiguas, banderas y uniformes; estaba ella. Brillaba sobre un pedestal de bronce, cristal y roble. La botella contenía el portento que lo había aturdido. Una goleta, con velamen y todo lo demás en su interior. A sus cortos años no comprendía como había llegado ahí dentro. Que misterioso sortilegio había obrado el portento.
Algunas semanas más tarde el abuelo lo llevó a conocer su propia colección privada. Cuándo vio otra botella igual, le había rogado al abuelo que le contara el secreto. Él no pudo resistir los reclamos del nieto. El pequeño Donovan recibió una de sus primeras lecciones de vida. El abuelo, pacientemente, tomó una fragata que estaba casi terminada. Acomodó sobre la cubierta algunas piezas que faltaban. Con unas pinzas especiales terminó los detalles. Puso las piezas de artillería, armo diminutas jarcias, colocó soguitas enrolladas y plegó las velas artesanalmente. Todos los mástiles estaban puestos en línea. Ató un hilo fino al palo mayor,  con infinita paciencia, introdujo el navío en la botella, por su boca. Con una especie de larga espátula lo acomodó. Por último tiró del hilo.  Todos los palos se elevaron y desplegaron sus velas y gallardetes. El cordel se cortó sin dejar rastros. Después el abuelo tapó con un corcho el pico de la botella y se lo obsequió al nieto. Este estaba confundido entre dos sentimientos. Por un lado, la alegría de descubrir el truco, más el regalo del abuelo. Por otra parte, la frustración que se sufre a esa edad al descubrir que la magia no existe. La  ilusión quebrada era una impostura inexcusable.
            Siguió sus instintos y encontró el camino de retorno a la cubierta. Entonces se paró en la proa.  Miró el vasto mar de polvo rojizo azulado y lloró.
Después de algún tiempo, del cuál había perdido la noción, optó por revisar las lecturas de su aparato. La temperatura era de diez grados bajo cero. En la superficie, a esa hora, era de setenta y cinco grados bajo cero. El oxígeno era mucho más abundante que en cualquier otra parte del planeta.  Los leves vientos. Un momento… ¿¡vientos!?
Miró en la dirección que indicaba la flecha. Hacia el centro del mar de polvo. Calculó la distancia al suelo y saltó. Cayó suavemente sobre un colchón de cenizas bermellón. Una nube de polvillo lo rodeó. Comenzó a caminar en la dirección  dónde se iba disipando. Hacia la succión de la corriente de aire.
¿Qué habría pasado con los marcianos? ¿Habrían muerto por una epidemia desconocida? ¿O una guerra los había desvastado? ¿Huirían en busca de un planeta menos hostil?
Mientras caminaba, Donovan no pudo dejar de apesadumbrarse pensando en el motivo por el cual esa civilización ya no existía. Su pena era algo así como cuándo un tipo de cierta edad se entera de que un conocido de su misma edad había muerto recientemente. Un temor ancestral a ser el próximo en la lista.
Ahora los marcianos ya no estaban. ¿Cuándo le tocaría a la raza humana?
Donovan se detuvo justo a tiempo. A sus pies asomaba un hueco, con forma de embudo, de buen tamaño. La corriente de aire entraba ahí. Se arrodilló y de un compartimiento del traje de supervivencia extrajo una esfera. Apretó un botón y el balón se volvió incandescente. La arrojó por el hueco. La bola de fuego cayó, cayó, y siguió cayendo; hasta que ya no fue visible.
La escafandra tenía un sistema que captaba los mínimos sonidos del ambiente. Donovan lo activó y lo dirigió al hoyo. De inmediato sintió el rumor del agua corriendo en un arroyo oculto a su visual. El sensor de composición química había detectado una gran cantidad de amoníaco, hidrógeno y oxígeno. Arrojó una segunda esfera lumínica.
Esta vez escucho el rebote contra una masa líquida. Después de unos cuántos segundos. Era una gran profundidad. Mejor volvía con el “URI.” Tomó una esfera diferente a las anteriores. No bien se encendió, comenzó a emitir un suave zumbido. La arrojó al suelo cerca del agujero. La boya le indicaría el lugar, en medio de la inmensidad, si calmaban los vientos.
Mientras volvía dos cosas llamaron su atención. Observó como unos círculos concéntricos de polvo venían hacía el hoyo. Era como el oleaje del océano, pero en este caso, eran oleadas de polvo rojo. O sea, que el viento venía de todas las direcciones hacia aquel preciso lugar. Lo segundo, la vista impresionante de la ciudad abandonada que tenía desde ahí. No había reparado en un detalle. Pese a la oscuridad el ambiente parecía tener una extraña fosforescencia. Una luz difusa que provenía del techo y las paredes de la gruta de tonalidad azulina Aunque en realidad, más que cueva o gruta, semejaba un cañón subterráneo.  La ciudad silenciosa se recortaba con claridad en el horizonte. El galeón en su puerto de nácar y las torres que se hundían en la cúpula. 
Quedó nuevamente casi sin resuello.
Esa falla que él estaba recorriendo corría en paralelo al gran cañón del “Valle Marineris”. Habían comenzado la excavación en el fondo del cañón para ahorrarse algunos kilómetros de perforación. Los instrumentos indicaban que para llegar al núcleo de Marte tenían que recorrer unos sesenta kilómetros. Ahora le parecía que la cáscara era más gruesa de lo que pensaban. Dos fallas de semejante tamaño en paralelo indicaban una corteza de más de ochenta kilómetros. Pero… ¿Adónde conectaba el hoyo? ¿Y el agua? Además, ¿Que cosa era esa placa que había volado para llegar hasta ahí?
Mientras seguía marchando se daba cuenta que se había alejado más de lo que presumía.  Una rara inquietud comenzó a perturbarlo. Ya le había pasado cuándo estuvo agachado en el borde del hoyo. Era como si alguien se le hubiera aproximado por la espalda.
Se había dado vuelta sobresaltado. Nada.
No era nada novedoso esa aprensión. Recordó cuándo iba de excursión al bosque. Por las noches, algunas veces, cuándo se detenía a observar algo, creía ver una sombra a su costado y al darse vuelta ya no estaba. Seguramente eran bromas que le jugaba su imaginación.
Sólo se escuchaba el siseo del polvo arrastrado por el viento. El sonido de sus propios pasos. Su respiración. Estaba abismalmente sólo. Se detuvo y encendió de nuevo el audífono. No pudo escuchar nada fuera de lo normal. Comenzó la caminata de nuevo.
Donovan pensó que era un sacrilegio profanar aquellos santuarios. Había dejado de grabar. Un silencio profundo, que él no se animaba a quebrar, reinaba en aquel lugar. Pronunciar cualquier palabra era romper aquella experiencia mística. Mientras llegaba al URI, tuvo otra vez la impresión de no estar solo. Como si miles de ojos lo observaran desde las sombras entre aquellas moles.
—Te estás volviendo paranoico… ¡Ciudades ajedrezadas! —pensó con sorna.
Cuándo ya estaba llegando al “URI” se percató del par de sombras al costado de la torre negra de la derecha. Aquellas figuras espectrales se movieron hasta quedar frente a él. Sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¡Hola Donovan! ¿Cómo estás?
—Bien… bien… pero…
El segundo hombre habló:
—Estábamos preocupados, pensamos que estabas perdido.
Donovan tenía cientos de preguntas que hacer pero por algún extraño designio no las hizo. De alguna manera parecía saber todas las  respuestas.
—Entonces ¿Estás bien? ¿Podemos volver al “Nido”?
—Pero, ¿Ustedes quienes son? ¿De dónde vienen?
—Donovan, es preferible que vayamos a la superficie y expliquemos todo ante Josh y Martínez; no es demasiado complicado de entender.
—Para mi lo es —dijo Donovan— si se esfuerzan un poco, tal vez logre razonar…
Los trajes de supervivencia que tenían los sujetos eran iguales al suyo. Una combinación de gris y púrpura. A través de la visera de la escafandra veía unos rostros risueños y afables. Sus voces sonaban convincentes. La única diferencia en el equipamiento eran unos tubos color estaño que pendían de sus espaldas
—Donovan, nosotros estábamos aquí antes de que ustedes llegaran —dijo el tipo de bigote— estamos tan confundidos, como de seguro lo estarán ustedes. Todo esto es muy extraño.
—¿Pero como llegaron aquí? ¿La Corporación Domópolis los había mandado antes?
—No es así exactamente —ahora habló el otro tipo— pero sería mejor que subamos y todos juntos hablemos de esto, una sola vez. Es una historia un poco larga.
Donovan observó los nombres en el pecho de los uniformes de los desconocidos:
John Black y Nathaniel York.
Él comprendió todo enseguida. Para que servían  los tubos que ellos ahora tenían en las manos. Él sabía que contenían. Miró en dirección de las columnas negras y pudo ver el vehículo de ellos. Parecía un insecto de jade traslúcido.
Él percibía  porqué querían ir al “Nido”. Debía impedírselos o todos morirían.
—Está bien, voy a recoger el “URI”. Ustedes me siguen.
Giró sobre sus talones y caminó hacía el vehículo. Pudo advertir la letal  presencia de ellos a su espalda. Casi podía sentir la carga mortal de abejas dentro de los tubos. El traje de supervivencia tenía unos pequeños reactores para subir o bajar desde los desniveles de los terrenos. No tenían demasiada potencia, pero por la diferencia de gravedad, alcanzaba para trepar algunas decenas de metros. Los encendió y saltó en dirección al trépano que estaba en la ladera de la gruta. Escuchó, o creyó escuchar, unos gritos en un idioma desconocido. Aceleró los reactores. Cuándo estuvo cerca de la entrada de la nave, los apagó. Con la inercia llegó hasta la entrada de la bodega. Ahora si, escuchó dos estampidos, y el zumbido de los insectos cerca de su cabeza. Un par de estalactitas se quebraron. Buscó el cierre de emergencia, mientras gritaba:
—“Mad”, listos para partir. Máxima velocidad en reversa.
“Mad” no contestó. La nave no se movió.
Donovan pasó a la sala de mandos y cerró la contrapuerta. En ese preciso instante los intrusos violaban el portalón de entrada. Entraron a la bodega.
—¡Estuvieron aquí! ¡Desconectaron a “Mad”!  No tengo tiempo para  reconfigurar.
Los desconocidos estaban forcejeando con la contrapuerta. Sólo le quedaba una salida. Abrió la puerta lateral de escape y trepó por los puentes de babor. Con supremo esfuerzo llegó a la popa del “Gusano”. Estaba extenuado, pero no podía tomarse ningún respiro. Entró en la cápsula de emergencia, accionó el sistema secundario y seleccionó: “operación manual”.
Después se sentó y se ajustó los cinturones. Se preparó para brutal aceleración del lanzamiento.
Sintió que la fuerza centrífuga lo destrozaba en mil pedazos. Una burbuja de plasma lo disparó hacía la superficie. La cápsula emergió de la excavación y fue a dar contra un pequeño cráter. Estaba aún algo atontado cuándo unos reflectores iluminaron la cima. Martínez y Josh llegaban en la nave de reconocimiento.
            El llamado “Valle Marineris” tenía una profundidad de unos seis kilómetros y se extendía unos cuántos miles más de largo. Sin embargo, con premura el aparato de rescate se posó cerca de la cápsula.
—Donovan! ¿Qué pasó? ¿Por qué cortaste la comunicación?
—¡No hay tiempo! Vamos a “Nido”, y les explico…
—¡Tendrá que ser una buena explicación! —dijo Josh ceñudo— violaste todos los procedimientos de seguridad, cortaste la comunicación y abandonaste material valioso. ¿Cómo vamos a recuperar a “Gusano”?
—¡Josh, ya te voy a explicar! ¡Pero no tenemos tiempo que perder! ¡Ellos vienen!
Josh y Martínez se miraron un instante. Estaban desconcertados. Jamás habían visto a Donovan descontrolado, siempre había sido un tipo taciturno y muy profesional.
—¿Ellos? ¿Quiénes?
—¿Podemos ir a “Nido”? Allí les explico, mientras preparamos la partida.
—¿Partir? ¿De que mierda estás hablando? —Josh ya no pudo ocultar su fastidio.
—Si nos quedamos vamos a morir todos.
Josh volvió a mirar a Martínez y este movió la cabeza afirmativamente, mientras le guiñaba un ojo.
—Vamos, Donovan —habló Martínez— cuando nos tranquilicemos, vendrán las explicaciones.
Volaron hasta la pista sobre un costado de la base. Se dirigieron por una de las escotillas hasta la cocina-comedor. Un enorme ventanal dominaba un paisaje agreste y desolado. El cielo lucía una tonalidad amarillenta anaranjada. Sobre la izquierda comenzaba el borde del cañón, el precipicio. Desde ahí hacía la derecha una planicie inhóspita, rojiza y polvorienta. A lo lejos se veían unas dunas altísimas. Todo en Marte tenía proporciones fantásticas. Dunas de seiscientos metros de alto. Volcanes muertos de veinticinco mil metros.
—Un poco de café te vendrá bien —ofreció Martínez.
—Donovan ¿de que estás huyendo? —dijo serio Josh.
—Ellos… los marcianos. Están ahí esperándonos.
Un silencio incómodo se hizo entre los tres. Otra vez fue Josh el que habló:
—¿Me estás diciendo que abandonaste el trépano, con toda su carga, y usaste la cápsula de emergencia por que te perseguían los marcianos? —un leve dejo de ira en el tono de la voz de Josh
—Ya se que están pensando, pero tienen que creerme. Si no nos vamos, ellos vendrán por nosotros…
—¿Tengo cara de idiota, Donovan? —estalló Josh.
—Espera Josh. Deja que cuente lo que vio —intervino Martínez.
Josh se lo quedó mirando con la boca abierta.
—Debe haber tenido algún buen motivo para hacer lo que hizo…
—Miedo, pánico ¡Ese es el puto motivo!
—No entienden —balbuceo Donovan— ustedes no entienden. No leyeron el libro, sino entenderían. Todo está ahí, todo…
Donovan bostezó y continúo con lo que estaba diciendo:
—Las ciudades ajedrezadas, los vehículos como insectos de jade. Las armas que lanzan proyectiles como si fueran abejas furiosas. Y ellos, que juegan con tu mente. Tú ves lo que ellos quieren que veas, olfateas lo que ellos te hacen olfatear; tu tacto toca lo que ellos quieren que tú toques. Tú realidad es la que ellos crearon. No son parecidos a nosotros. No tienen simpáticos rostros amistosos. Sus pieles son pardas y tienen ojos rasgados color dorado. Ellos tienen magia, crean la ilusión.  Te harán… creer… que… que estás loco —Donovan volvió a bostezar— los demás pensarán… que tú… estás… estás…
—¿Loco? ¿Y tú que pensarías?
—Si estuviera en tu lugar —esta vez el bostezo fue más largo— lo mismo que tú… probablemente…
—Tienes una forma de convencerme —dijo Josh con una falsa calma— veamos lo que grabaste después que se cortó la comunicación.
—No… no puede… no puede ser… porque…
La taza cayó de sus manos volcando el contenido sobre la mesa.
—Sedante —dijo Martínez— ¿Y ahora?
—Lo tenemos que confinar, hasta que llegué el carguero y se lo lleven de vuelta a Domópolis.
—¿Y allí?
—Lo reeducarán, lo sanarán, tendrá un trabajo en la Corporación; de oficina. O lo darán de baja, lo jubilarán por insano y le darán media paga. ¡No lo sé! Y no me incumbe tampoco. Lo único que me importa es recuperar el “Gusano”. Ese trépano cuesta millones. Además se necesitan varios viajes para traer todas sus piezas. Sin hablar del tiempo para  ensamblarlo y ponerlo a trabajar.
Martínez se llevó a Donovan a un cubículo, mientras Josh miraba por el ventanal pensativo.
El viento soplaba formando pequeños remolinos rojos. A lo lejos bajaba el polvo que semejaba una espesa bruma. Se derrumbaba por los costados del cañón, formando una catarata como si fuera de algodón. Cientos de rocas reverberaban ante los reflejos del cielo pálido. Si se pudiera describir aquel planeta con una palabra sería: agonía. Todo lo que veía no tenía vida o estaba próximo a perderla.
Era fácil perder la razón en un lugar como aquel. Él había visto tipos más duros que Donovan quedar sin rastros de cordura. La soledad, el trabajo, la lejanía del hogar, la falta de afectos. Eso, muchas razones más, podían ser demasiado para un hombre. Inclusive él había tenido sus momentos de debilidad. Jamás sabría, a ciencia cierta, que tan cerca había estado de cruzar la línea. O si podría llegar a suceder algún día.
La voz de Martínez lo sacó de sus pensamientos:
—Vamos Josh. Tenemos trabajo que hacer.
(*) Fragmento de “La tercera expedición” de “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury
    Mención de honor en el Concurso de Ficción Especulativa "Andrómeda", España,  2009
                                                                                                             




domingo, 10 de enero de 2016

La leyenda del vagabundo de Viena
Año 1909
Los dos hombres caminaban a orillas del Rin, en una indefinida zona dónde convivían los cafés con los kneipe, los mendigos y artesanos con los navegantes y los pillos, los paseantes con las meretrices. Viena, por aquellas épocas, era una ciudad cosmopolita en dónde arribaban los checos, los polacos, serbios, gitanos y todos los que de alguna u otra manera trataban de huir de la depresión económica que se esparcía por Europa como un voraz incendio. Aquellos dos hombres estaban bien trajeados y conversaban animadamente, mientras bajaban por la Tabor strasse hasta la intersección con la Prater strasse. Tomaron asiento en una mesa al aire libre en un bar justo frente al Ferdinand Überbrückt, sobre el canal Donau. Cruzando el Puente Ferdinand, caminando unas pocas cuadras, se encontraba el Reichpalast Holfburg y la Kathedrale von Heiligstsphane, lugar elegido por algunos pintores callejeros como modelos para sus cuadros. Tanto la Catedral como el Palacio Imperial  solían ser los temas preferidos de los artistas. También una sinagoga que estaba sobre la Sänger strasse. Una vez concluidas sus copias iban hasta los muelles, dónde pululaban los turistas, y se acomodaban sobre la Donau strasse en apretadas hileras para hacerse de un puñado de billetes.
—¿Estamos listos para el viaje? ¿Falta algún detalle? —el hombre tenía un rostro anguloso y usaba unos anteojos de marco redondo. El otro, unos veinte años mayor, tenía un aspecto señorial con sus encanecidos cabellos y su bien cuidada barba. También usaba anteojos con marco de metal.
—Carl, nuestro viaje a Estados Unidos me entusiasma —hablaba con gran jovialidad—, pero antes de partir quisiera que conozca cierto joven que conocí hace algunos meses, un pintor callejero. Ya debe estar arribando a la Donau strasse.
—¿Es el autor de algunos de esos cuadros extravagantes que tiene en su estudio?
—Si, los he comprado con la exclusiva finalidad de poder conversar con él —movía sus manos en forma expresiva—, en sus cuadros ya se nota parte de  una personalidad dual. Por ejemplo,  los temas son sencillos, casi infantiles, ingenuos. La técnica es muy pobre. Pero la intensidad de las pinceladas y el uso de los colores denotan un temperamento enérgico y avasallante.
—Sigmund, nadie lo obliga a colgarlos en consultorio —interrumpió Carl con una sonrisa.
—Él muchacho es muy joven, debe de andar por los veinte años —prosiguió Sigmund—, tiene una personalidad indescifrable. Por un lado gusta de agradar a los demás, necesita de la aprobación ajena. Es amable y seductor, pero, por otra parte…
            —Me tiene intrigado —dijo Carl—, más con la personalidad del muchacho que con su talento plástico.
—Hubo un par de sucesos que me revelaron su otra personalidad patológica, incluso peligrosa  —Sigmund hizo una breve pausa—. El muchacho tiene un socio, una persona con mucho talento para la venta, en esencia no es artista pero vende las obras de él y comparten los beneficios. Pero ese día discutieron por diferencias de dinero.
—¿Qué ocurrió? —urgió Carl
—El muchacho agradable se transformó. Daba golpes a la pared, movía los brazos airado y dando mandobles. Sus ojos parecían salirse de sus orbitas. Por momentos se abrazaba y hasta parecía entrar en estado de epilepsia. Más que gritar  escupía las palabras.
—¿Lo agredió al socio? —inquirió Carl.
—No, en un instante reparó en mi presencia —contestó Sigmund—. Se calmó y siguió conversando como si no hubiera sucedido nada.
—¿Piensa que fue una negación?
—No, mi buen Carl, no era su instinto de autodefensa —Sigmund miró a Carl a los ojos—. Es algo más retorcido, más profundo. Es como si el sujeto actuara su enojo, o lo que es peor, pudiera dominar su ira a voluntad para lograr cierto efecto sobre  el auditorio ¿Entiende?
—Creo entender —suspiró Carl—, así sea un sujeto agradable como temible, su objetivo es manipular a los demás. En este caso a su socio. ¿Otro caso de histeria?
—El cuadro familiar es problemático.
—¡Mi querido Sigmund! ¿Piensa tratarlo?
—Es sólo deformación profesional, curiosidad —retrucó Sigmund.
—Que no se le transforme en obsesión, sino voy a tener que tratarlo yo a usted —dijo Carl entre las risas de ambos.
—Bien, el muchacho es oriundo de Branau am inn, un pueblito en la frontera austro-bávara —prosiguió Sigmund—. Su padre, Alois,  era un buen empleado de las Aduanas Reales, pero tenía pocas luces, era alcohólico, golpeador y resentía la vocación artística del hijo. Decía que los pintores eran todos vagos y afeminados. Por el contrario Klara, la madre, era un ser dulce. La única que lo apoyaba, pero poco podía hacer ante su marido veinte años mayor a ella.
—Comprendo —asintió Carl.
—Una vez muerto Alois y pese a que Klara esta muy enferma, decide partir hacía Linz —Sigmund siguió con voz ronca—. Allí se produce otro quiebre en su personalidad. Sufre una nueva humillación porque no puede entrar a la Universidad, pues no tiene certificado de secundaria. Pero traba relación con un profesor, Leopold Pöscht,  que luego se transformaría en ese padre que siempre quiso tener. 
—¿Cree que hubo algún tipo de pulsión sexual?
—Él aún no lo asumió en forma conciente, pero algo de eso hay —respondió Sigmund—. Como sea, Leopold le muestra un mundo que él sólo intuía. Lo llevaba a la Opera, escuchaban la música de Wagner, le hablaba de la mitología germánica, de las Walkirias, de los Nibelungos, del oro del Rin. Reinterpreta de manera libre los escritos de Niezchte. En definitiva lo transforma en un pangermánico recalcitrante con un odio profundo hacía los serbios, los checos, los gitanos y, en especial, hacía los judíos y todo aquel que no tenga sangre aria. 
            —¿El descubrió que usted era judío? —preguntó Carl.
            —Si, Carl —tosió para aclararse la garganta—. Sin ningún tipo de rabieta lo llamó a su socio y dejó que terminara mi atención. Permaneció frío y distante. Lo llamativo es que yo sospecho que desde un comienzo el sabía que yo era judío, pero como era un buen cliente y pagaba por sus cuadros más de lo que valían, me toleraba. Incluso soportaba estoicamente mis interrogatorios.
            —Tal vez dijo algo que lo importunó —dijo Carl—. Haga memoria, Sigmund.
            —No lo recuerdo. Aparentemente él tampoco, porque en días posteriores siguió tratándome como antes del incidente —respondió Sigmund algo desconcertado— ¡Ah!, pero allá está llegando.
Desde el otro lado del Canal Donau, sobre la calle del mismo nombre un muchachito flaco y bajo estaba acomodando sus atriles y lienzos. Tenía un sobretodo largo, negro y algo deforme. Sus cabellos lacios estaban un poco largos y bastante grasientos, debajo de un sombrero que había perdido su forma original en algún momento de su larga existencia. Su era piel muy pálida. El rostro no salía del común, pero enmarcaban lo más llamativo de aquel hombre; un par de ojos penetrantes, como ascuas en el medio de la noche más negra. Su mirada, aunque pasiva, podía molestar de tan enérgica.
—¡Buen día, Adolf!
—¡Buen día doctor Freud! Buen día señor…
—Es un colega, el doctor Jung —los presentó Sigmund—. Carl el es Adolf, el joven pintor de quién le hable.
—¿Usted es austriaco doctor? —indagó Adolf.
—No, soy suizo —respondió Carl.
—¡Ah! muy bien —respondió Adolf por cortesía—. Doctor Freud, doctor Jung. ¿En que les puedo ser útil?
—Llámeme Carl, joven. Estaba viendo alguno de sus cuadros, me gustaría tener uno. Parece que usted fuera egresado de la Universidad de Arte.
—No. en realidad esa es una gran frustración. No me admitieron —el joven parecía sinceramente apenado—. Creo que influyo el hecho de no tener un certificado de estudios.
—Tengo algunos conocidos en la Universidad —dijo Sigmund—, no le prometo nada, pero tal vez  le puedan ayudar.
—¡Bien! ¡Bien! —dijo Adolf entusiasmado como un niño— Veamos que le interesa Carl.
—¿Tiene algún cuadro de la sinagoga de Sänger strasse?... se la quiero regalar a un amigo —respondió Carl.
El rostro de Adolf se contrajo. Los ojos se le blanquearon.
—¡Yo no pinto sinagogas! ¡Puede pedirme lo que quiera, pero nunca sinagogas!
El cuerpo se le había puesto tenso. El cuello tiraba su cabeza hacia atrás.
El socio de Adolf se acercó presuroso.
—¡Disculpen, señores! Mi amigo esta muy cansado. Anoche estuvo toda la noche pintando, casi no durmió. Además llegamos tarde al comedor comunitario y no comimos gran cosa. Sus nervios están destrozados. Disculpen.
Sigmund tomó un puñado de billetes y se los dio al joven. Luego tomó del brazo a Carl y se retiraron presurosos.
—Mi buen amigo, ¡fue muy imprudente!-dijo Freud.
—Sigmund, si tenía que haber una reacción, tenía que ser lo más rápido posible —respondió Jung—. Debía saber a quien estaba analizando. ¡Pero mi Dios! jamás pensé.
—Mi querido Carl, tal vez el imprudente fui yo. Tendría que haberle advertido  más sobre este sujeto antes de presentárselo —el gesto de Sigmund era de abatimiento—.Yo opino lo siguiente: su pulsión de muerte es superior a cualquier otra que yo haya conocido.
—Usted sabe que no comparto plenamente esta teoría…
—Si, ciertamente —respondió Sigmund—, pero este sujeto interpreta esta teoría de otra manera. No siente que la vida sea difícil. No desea morir para no tener que tomar más decisiones. No lo atemoriza  tener que lidiar entre las necesidades de su cuerpo, sus deseos y los condicionamientos sociales. El quiere eliminar todo lo que le causa malestar, los objetos y los sujetos que le impiden llegar al placer.
Freud quedó pensativo unos instantes. Luego agregó:
—Hace seis años que vive en las calles, pero no se asimila como un vagabundo más. Se sabe diferente. Es como una crisálida en estado larvado, acumulando resentimientos y desprecios, escuchando la voz de los otros desplazados. Es más convive con ellos, pero su fin no es la supervivencia, la permanencia. Tiene otros objetivos que no alcanzo a entender del todo.
—¿Qué es lo que lo molesta de este hombrecito, Sigmund?
—¡Ojala lo supiera! —retrucó—, pero ese hombrecito, según dice usted, presiento que puede llegar a cumplir con sus deseos. Eso no va a ser nada bueno para mucha gente.  
Cuenta la leyenda que aquel pintor callejero, por los inextricables caprichos del Destino, no logró descollar en el arte. Pero encontró su vocación, primero en el ejercito, más tarde en la política y por último en las estrategias de la muerte.
Sigmund murió lejos de Viena. Carl, en cambio, siguió de alguna manera ligado a Adolf.

Adolf, a diferencia de aquel otro vagabundo que se perdía en los horizontes plateados del cine, aún vagabundea entre los restos de ciudades arrasadas, de los campos de muerte abandonados y de cierto sórdido refugio parecido a un sepulcro. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

Misiva a San Petersburgo


 Praga,  27 de mayo de 1914

“Mi muy querido amigo:
      Hace ya tres largos años que has estado en nuestra casa y no se te deja de extrañar.  A estas horas estoy sólo en mi cuarto, pensando si tal vez mi padre querrá jugar una partida de Karten, a lo cual ya nos hemos acostumbrado. Me pregunto si el tiempo será inclemente en esas lejanas tierras y si ya has hecho alguna amistad. Por lo que me dices, pese a que tus negocios han prosperado, te sientes un extraño en tierra de extraños. Tal vez, querido amigo, fuera preferible que resignaras algo de tu ambición para tener aquellas cosas realmente importantes de la vida: afectos genuinos y cercanos.
Por mi parte, te tengo reservada una sorpresa que espero te resulte grata, estoy por comprometerme con una joven de familia acomodada, que se afincó en nuestro barrio al poco tiempo de tú partida. ¿No sería, tal vez, esta ocasión propicia a arrojar por la borda todos tus intereses materiales, y tener tu grata presencia en nuestra ceremonia de compromiso?
El único cambio evidente será que dejarás de tener un amigo para tener un amigo inmensamente feliz, y una amiga fiel, que para un hombre soltero como tú es una gran bendición. No debes sentir ningún tipo de obligación ante esta invitación, se que seguirás lo que te dicte tu buen criterio y los dictados de tu corazón generoso. Aprovecho para enviarte un cordial saludo de mi futura prometida y mis mejores deseos para todo lo concerniente a tu persona: Georg   Bendemann”
El hombre dobló el papel en cuatro antes de introducirlo en el sobre. Luego miró a través del ventanal la ventisca que azotaba la ciudad. A esas horas, casi de madrugada, toda la ciudad lucía blanca desolación, ni siquiera  pasaba un carruaje ni el antiguo tranvía El parque tenía sus árboles desnudos y el lago cubierto de una delgada capa de escarcha. Incluso el Callejón del Oro,  con los fulgores de la nieve y la luz de luna, parecía de plata. La oficina estaba iluminada por un tenue candil mientras el hombre inventaba excusas para postergar el regreso a casa. Al día siguiente sería sábado, para el hombre los fines de semana eran eternos.
Tal vez mañana se abrigaría bien y saldría a caminar por la orilla del río. O quizá encendiera los leños y aprovechara el descanso para leer y escribir. ¿Escribir? Si, probablemente una esquela corta y sobria sin destinatario determinado.
Se irguió y apagó las últimas luces de su prisión cotidiana. En realidad no podía escapar de si mismo. Cuando estaba allá, deseaba estar acá; y cuándo estaba allí, quería estar en otro lugar. Incluso las personas no le eran imprescindibles, aunque a veces tomaba conciencia de su soledad y añoraba tomar un buen cogñac con algún amigo verdadero.
—“No se puede espulgar la libertad del individuo, no hay hendiduras en el cerebro para seguir viviendo” —pensó taciturno.
La borrasca giraba a su alrededor al igual que aquellos pensamientos. Al doblar la esquina casi se tropieza con un guardia, que le dice:
—¿Por qué piensa esas cosas, señor? Si sigue con esos pensamientos deberemos cobrarle el impuesto a las ideas impropias.
Siguió su camino sin contestar e intentando no pensar. Los mudos edificios tenían la consistencia de la niebla y las sombras Una anciana, en el dintel de una casa abandonada, se iluminaba con una luz de acetileno, sobre ese fuego daba  vueltas algo que parecían unas salchichas. Le sonrió mostrando unos pocos dientes renegridos y sus malvados ojos de diablesa.
—Buenas noches señora ¿usted conoce a alguien llamado Franz Kafka?
—¡Jesús! Yo soy Kafková Frantiska. Mi padre era carnicero equino, se llamaba Frantisek Kafka.
—Pero, usted no me ha respondido ¿sabe usted de alguien llamado Franz Kafka?
—Señor Bendemann, estas horas son propicias a las historias de homúnculos, íncubos y brujas —siseó la vieja—. Por las mañanas Praga resplandece con sus cien cúpulas de oro. A la noche salimos nosotros, los espectros, y la ciudad es nuestra por unas pocas horas.
—Sigue sin responder, señora —dijo el hombre contrariado.
—Cuando alguien pregunta algo debe tener paciencia para escuchar la respuesta —la vieja volvió a mostrar su pútrida sonrisa—. La persona por la que usted pregunta tal vez no exista. Quizá sea sólo un personaje en una trama que ni él llega a comprender.
—Pero, si existe ¿dónde lo puedo hallar?
—Señor Bendemann ¿se le ocurrió pensar que usted, yo y la misteriosa noche de Praga podamos ser la alucinación de la mente afiebrada del tal Kafka? 
                                                                                                             


martes, 8 de diciembre de 2015

Navegando sueños

Escuchaba aquella canción:
“Hacé de cuenta que estuve navegando/es casi lo mismo, sólo cambia el paisaje: / abajo el mar que nunca se ve, arriba el cielo - el cielo raso-/y tu foto en la pared.”
Tirado sobre el colchón,  mi cuerpo desnudo e impregnado en sudor. El calor era insoportable. Incluso el destartalado ventilador arrojaba un vaho tórrido.  Tenía la extraña sensación de estar flotando. No en el aire, sino en un enorme océano sin horizontes.
Sentía el suave bamboleo. Hasta el aire tenía aroma a sal. No quería romper la ilusión, por eso apretaba los párpados.
¿Qué podía haber debajo de la cama? Un par de zapatos. Eventualmente, otro par femenino. Alguna otra prenda íntima. Un cenicero cargado de colillas. Una copa de champagne volcada. Una revista de actualidad, algunos periódicos, un par de libros y abundante literatura erótica, por aquí y por allá. Una caja con restos de pizza. Y por supuesto un cocodrilo. ¿Por qué no podía haber un mar? Siempre me atrajo el océano.
Como si fuera posible recordar en una ensoñación, me remonté a una de mis primeras vacaciones en Mar de Ajo. Tenía un baldecito color amarillo de latón, una palita y su correspondiente rastrillo haciendo juego. Juntaba dentro del balde algunas almejas que desenterraba de la arena. O sino, ya aburrido de hacer castillos, tapaba las aguas vivas con la arenisca.
En lugar de short tenía puesto una especie de bombacha con pechera que odiaba. Los chicos más grandes se reían de esa ridícula vestimenta. Y mi madre insistía con unas sandalias plásticas que lastimaban mis pies transpirados. ¿Los padres no se dan cuenta cuándo los hijos no desean hacer el ridículo? ¿No entienden que no son muñecos de porcelana a los que  sólo se les debe cambiar la ropita?
Así y todo era feliz. Yo. Pero el gato no.
Teníamos un gato atigrado de ojos somnolientos. Se parecía a Robert Mitchum ¿Cómo se llamaba? Paco o Pepe. Pongámosle Pepe.
Bien, resulta que el pobre Pepe se había topado con un salvaje. O sea: yo. Mi diversión predilecta (aún no entiendo como no terminé con un ojo  menos), era tomarlo por la cola y, luego de revolearlo un par de veces, lo arrojaba por encima del techo a dos aguas de nuestra casita de fin de semana.
Debe haber sido un gato muy manso. O muy viejo. O bastante boludo. El asunto es que yo siempre lo atrapaba y ¡Zas! ¡El gato volador!
¿Por qué me estaba acordando de esto? ¡Ah! ¡Si! El aroma a mar. El bamboleo de mi colchón navegante. El ardor en mi piel y mis arterias. Igual que aquella vez que me insolé. No sólo me tuvieron que poner cremas en mi piel llagada, si no que por una semana me metían debajo de una sombrilla con un sombrerito de paja. Envuelto en unas túnicas aún más ridículas que aquellas bombachas que odiaba. Ni al mar. Ni a jugar con mis amiguitos. ¿Amiguitos? ¡Flor de turros! Pasaban y me hacían burla. Me invitaban. Decían:
—¡El agua está bárbara! ¡Vení gil!
—¿No querés jugar,  bobo?
—¡No podés jugar! ¡No podés jugar!
De todas maneras, como ya había dicho, era bastante feroz. Y muy vengativo.
A uno de ellos, el que más se había reído de mí, lo enterré vivo. Con su consentimiento por supuesto. Después de todo era un juego. El asunto es que me había olvidado de desenterrarlo. Creo que los padres lo encontraron con su carita tan quemada como había estado yo  cuándo se burlaba. Igualmente no me salve de un par de cintazos de mi viejo harto de mis travesuras recurrentes. Debo decir, en su descargo, que yo ya era un criminal en potencia hecho y derecho.
El correctivo del cinto no surtía efecto. Al contrario,  era como que me incitaba a ser más y más audaz. Una vez casi la había matado a mi madre. Escondido detrás de una puerta me le aparecí por detrás y dije: ¡Buh!
Mi mamá era cardiaca. Se puso blanca y estuvo al borde del desmayo unos cuantos minutos.
Mi padre no dijo nada. Simplemente se sacó el cinturón  y me señaló el cuarto del fondo. Creo que si olvidé aquello es por algún proceso de autodefensa de la psiquis.
—“¿Dónde habíamos empezado? ¡Claro! En mi habitación calurosa y el mugroso colchón flotante.”
Me puse de pie sobre el jergón, pese al balanceo. Tenía puesto mi impermeable de gabardina oscura, mis zapatos de gamuza azul, un pantalón de lanilla y un sombrero que parecía heredado de Frank Sinatra. No estaba errado. Todo en derredor era agua. Un océano inconmensurable. Además lloviznaba;  pero no sobre mi. Llovía todo alrededor. Sobre aquel extraño piélago.
—“¿Dónde estaba la mesita de luz? ¿Dónde las pastillas?”
Durante un buen rato estuve surfeando aquellas aguas espumosas.
El surf. Ese fue otro verano. Ya era un adolescente de hormonas rebeldes. Tan sediciosas como las de Veronika. Así con “k”. Era una rubia pecosa de ascendencia gringa, con ojos de un azul translúcido. No fue un amor de verano más; fue mi primer amor.
Ella adoraba el surf. Yo le enseñé el lugar dónde se formaban las mejores olas. Las más altas y excitantes. Los mejores vientos.  Pero una fue demasiado peligrosa. Nos golpeó de lleno. Desperté tirado en la playa. A ella el mar jamás  la devolvió.   Sólo quedaron  restos de recuerdos, y  en mí,  este sentimiento de culpa.
—“¿Por qué ella y no yo?”
Me dejé caer en el agua que me rodeaba. Me hundía lentamente. No podía respirar. Cada vez que abría la boca entraba el  agua y ya no podía aguantar la respiración.   Trataba de patalear;  pero un peso sobre mis hombros me impedía subir. Me estaba muriendo. Después de todo no merecía otra cosa.
Una mano me tomó de los pelos mientras los ramalazos de agua azotaban mi rostro. Tomé una bocanada de aire. El tipo que me tiraba de la cabellera voceó:

—¡Hijo de puta! ¿Cuántas veces te dije que no tomés más de esas porquerías?

domingo, 22 de noviembre de 2015

Pleamar


   Era una mañana tormentosa, como la de aquel día en que la gaviota decidió suicidarse. Claro que después mi padre le quitó magia al asunto. Me contó la verdadera razón porqué el ave se había precipitado contra la escollera.
—Las gaviotas adultas van perdiendo la visión de tanto zambullirse en el agua de mar. Entonces,  cuando van en vuelo y divisan un tenue reflejo, creen que es un pez y se tiran en picada contra el brillo de las rocas —me enseñó con su lógica implacable.
O sea,  que mi gaviota había muerto absurdamente por un accidente producido por su decadencia; cuando yo había imaginado una historia con un amor contrariado y misterioso. Como si mi gaviota fuera otra Alfonsina y este vasto mar su escondite definitivo.
Salir a caminar en días tempestuosos de temporada baja me fascinaba. Las playas lucen desiertas. Se escucha el tronar de las olas en el rompiente. Se percibe el viento azotando matas y gallardetes abandonados en lejanos veranos. Los paradores solitarios, con sus sillas, mesas y sombrillas amontonadas, las terrazas con sus silencios excesivos. Se podía recorrer el pedregal para leer los mensajes de otros tiempos grabados en sus rocas:
“Carlos y Clarita 23 de febrero de 1949”
—“¿Qué habrá sido del amor de Carlos y Clarita?”
Tal vez se hubieran casado desafiando el maleficio de los amores de verano.
Quizá alguno de sus nietos topara con aquel perpetuo recado de amor mientras correteaba inocente un estío cualquiera.
No sería sencillo imaginar por aquella época que en algún momento se puede perder el bronceado, la belleza y la juventud. La vida y el amor parecen eternos. Por lo menos hasta el fin de las vacaciones.
Entré al mesón. El piso y el mobiliario tenían una espesa capa de polvo y olvido. En las esquinas del techo había telarañas, sentía que hacía décadas que estaba cerrado. Me detuve a mirar por el ventanal el mar embravecido. Las olas se alzaban en una pared compacta de color verde oscuro y al caer la espuma llegaba casi hasta la entrada de la posta. Yo no le temía. Jamás le había temido.
Ni siquiera aquella tarde.
Aún en los momentos más difíciles, como cuando quedé atrapado por una corriente de la bajamar, tuve el convencimiento que nada malo podía pasar. Que de algún lugar del abismo un ejército de tritones y sirenas vendrían en mi auxilio. Que me mostrarían un camino de caracolas y coral. Que el faro, más allá del puerto, me alumbraría la senda de regreso.
Salí al porche con su piso de madera inundado. La lluvia arreciaba, la playa invitaba a una caminata.
—“Caminar por la playa bajo la lluvia es  un rito íntimo y sagrado; casi como acariciar un apacible vientre desnudo…”
Descendí por los peldaños que se perdían en la arena y la resaca. Caminé hacía las olas. El horizonte era de un gris borroso, en la lejanía los nubarrones resplandecían de tanto en tanto por el fulgor de los relámpagos.
No había aprensión ni incertidumbre en mí.
Tenía la misma paz que experimentaba al bucear. Sé que en el azul profundo del mar se siente algo parecido a la protección del útero materno; silencio y armonía.
Una ola  me atravesó.
No temía.  Ya jamás temí.
Conocía la ruta. Las nereidas, tiempo atrás, me habían guiado entre las penumbras a un sendero iluminado por erizos y medusas iridiscentes que se perdía detrás de un manto de algas. Lejos de pescadores y gaviotas.
Es un buen sitio para reposar.
Hasta que de nuevo suba incontenible la marea de nostalgias.