“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida,
¡ay, Dios!”. Si, era Rubén Blades, definitivamente.
Aunque nosotros preferíamos a Jim Morrison, definitivamente.
Corría el año 1978
y con Gaby habíamos forjado una amistad de hierro en la Escuela Nacional de
Comercio N° 32 de Villa Luro. Ambos, aparte de nuestros gustos musicales,
teníamos muchas coincidencias. Entre ellas que éramos los nuevos. No por elección propia, sino por mala conducta.
Arrinconados por una larga serie de amonestaciones fuimos a parar al último
colegio que nos había aceptado.
La vida te da sorpresas. Aquel encuentro
fortuito habría de marcarnos para siempre.
Además de Morrison
compartíamos la pasión futbolera. Gabriel era fanático de Nueva Chicago de Mataderos
(rival histórico de Vélez Sarsfield, nuestro barrio de Villa Luro) y yo del
Racing Club de Avellaneda. Pero por esa época todos estábamos fanatizados por
la Selección Nacional dirigida por César Luis Menotti. Éramos los anfitriones
del Mundial de Fútbol: “25 millones de
argentinos jugaremos el Mundial”.
El Fortín era el nombre con
que se conocía al estadio José Amalfitani de Vélez. Era una de las canchas que
el EAM78 había designado para remodelar ajustándose a las normas exigidas por
la FIFA. Y en esa semana se jugaba un amistoso preparatorio contra la Selección
de Paraguay ¡con entrada libre y gratuita!
El partido fue de
los más aburridos que recuerdo. La situación más emocionante fue un remate de
un paraguayo que el manotazo del arquero La Volpe no evitó que pegara en el
travesaño. Pero ahí surgió el germen de la idea de un negocio que haríamos con Gaby.
Nosotros éramos lo
que se podría llamar emprendedores.
Nuestro primer negocio fue una compra-venta de revistas
de historietas. Reunimos algunas publicaciones viejas que encontramos por ahí,
más algunas que ya habíamos leído. Otras más las pedimos regaladas o
inspeccionamos los desvanes de nuestros familiares. Una vez que juntamos una
masa crítica, frente a mi casa pusimos unos cajones de manzanas cubiertos con
un mantel y armamos nuestro kiosco de revistas.
Nuestro negocio prosperó. En algunos casos canjeábamos algún libro, de
los más difíciles de hallar, por cinco o seis de Casco de Acero o Batman.
O comprábamos por monedas una colección y la vendíamos por unidad a buen
precio.
El problema es que
a nuestros padres no les gustaban las notas bajas. Además, tampoco podíamos ir
a jugar al fútbol, ni salir con alguna amiga a tomar un helado.
Pero, como los
días de semana no nos servían para comerciar, tal vez los fines de semana
pudiéramos hacer alguna cosa lucrativa. Así surgió lo de los bailes. Nuestro
segundo negocio.
Yo tenía un
grabador enorme con sistema Dolby. Gaby
consiguió un mezclador de sonido (había pertenecido a su hermano). Luego
compramos una bandeja giradiscos de segunda, un par de bafles de ocasión y una
colección de vinilos. Completamos nuestros equipos de sonido con un boofer
hurtado del auto de mi tío y algunos altavoces pedidos a préstamo. Por fin
conseguimos un lote de cassettes de
música disco casi regalado. Así comenzamos a tener fama como disc jockeys entre nuestras amistades,
para cumpleaños de quince o reuniones informales. El asunto comenzó a ir mejor.
Las notas subieron, jugábamos al fútbol seguido y las chicas que venían a los
bailes nunca se negaban a tomar un helado con los pinchadiscos.
El negocio que se nos ocurrió en cancha de Vélez poco antes del Mundial consistía
en lo siguiente: con las ganancias de los bailes compraríamos banderas
argentinas para vender durante los partidos. Nosotros nos apostaríamos en Gaona
y General Paz. Punto estratégico. Cubriríamos a los neutrales que fueran a ver
los partidos de Austria, España y Suecia o los que fueran de pasada para la
cancha de River.
Desde el primer
partido de Argentina, sufrimos. Empezamos perdiendo, para luego darlo vuelta
frente Hungría con goles de Luque y Bertoni.
En el segundo
partido con Francia arrancamos arriba con gol de Pasarella de penal. Pero
empató Platini faltando algo así como media hora para el final. Pero Luque nos
dio el triunfo al minuto 73.
Nuestro negocio corría riesgo si quedábamos
eliminados en primera ronda.
En el tercer
partido directamente le vimos el rostro a la muerte. Derrota con Italia con gol
de Roberto Bettega a los 67 minutos.
Era una tragedia,
la derrota nos envió a jugar a Rosario.
Era el final del
sueño.
¡Pero no! ¡Los
banderines volaron de nuestras manos! ¡Parecía que habíamos ganado!
Doblamos la
apuesta. Compramos de todo para el próximo partido. Gorros, banderas, vinchas…
cualquier cosa que fuera celeste y blanca. Nuestro kiosquito se transformó en
un stand.
Y la cosa empezó
bien. Rosario siempre estuvo cerca: apareció el Matador Mario Alberto Kempes. Dos a cero a Polonia con un penal
atajado por el Pato Fillol.
No podía durar.
El empate en cero
con Brasil nos dejó al borde.
Jamás se sabría
cuánto había de patriotismo o interés comercial en nuestros gritos de gol o depresiones.
Pero las ventas seguían bien.
El milagro
ocurrió.
Brasil ganó a Polonia
3 a 1. Argentina debía ganar por cuatro goles. ¡Ganamos a Perú 6 a O! ¡Locura!
Nuestro negocio a
salvo.
Pero, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios!
El 25 de junio de
1978, a las tres de la tarde contra Holanda.
Estábamos
acomodando lo poco que nos quedaba de nuestra mercadería en un par de cajas.
Los bolsillos llenos de billetes que no nos preocupábamos tan siquiera en
contar. Queríamos llegar a la casa de mi tío que tenía televisión color y vivía
cerca.
Por la esquina
asomó la trompa de un Falcón verde militar a paso de hombre.
— ¡Hola! ¿Todo bien?
El tipo de bigotes
tenía el pelo largo hacía atrás. Usaba lentes Rayban oscuros, saco jaspeado y pullover de cuello alto.
— ¡Si, todo bien!
Él y otro bajaron
el automóvil.
— A ver, ¿Qué tenemos
acá?
El tipo estaba
revisando las cajas.
— ¡Ah, patriotas
los chicos! ¡Cuántas banderitas!
El tipo de los Rayban se acercó.
— ¿Qué edad tenés?
— Quince años —respondí.
— ¿Van al colegio
ustedes? —insistió.
— Si, al número 32
—dijo Gaby.
Se quedó pensando.
— ¿Documentos?
— No, vivimos acá
cerca —la voz me tembló un poco.
— ¿Sus padres
saben dónde están?
Negué.
— Bueno, nos van a
tener que acompañar.
Esbozamos una
tímida protesta, pero ya se había guardado las cajas en el baúl.
— A ver, ¡vacíen
los bolsillos!
Los billetes
fueron a parar a sus manos.
— ¡Caramba,
caramba! ¡Miren lo que tenemos aquí! —se rió el desgraciado.
En la comisaría
nos hicieron lavar un patrullero, mientras escuchaban el partido.
Gritaron el gol de
Kempes. Maldijeron el de Nanninga. Se asustaron con el tiro en el palo Resenbrik.
De última nos dejaron escuchar el otro gol del Matador y el de Bertoni.
Nunca pudimos festejar.
Nos largaron a las cuatro de la madrugada.
Los padres de Gaby
lo tuvieron castigado una semana.
Mi mamá se hizo
cargo del castigo. Con una manguera me bañó en pleno invierno. Así nunca más me mandaría una macana.
Para Gabriel y
para mí se habían acabado nuestros tiempos de empresarios.
— ¿Y ahora? ¿Qué
hacemos?
— Nada —respondí
desanimado.
— O sea ¿no vamos a
vender nada?
— No, nada más —estaba
amargado—, nos quedamos sin capital.
A Gaby se le
iluminaron los ojos. Era una mirada que yo ya conocía. No auguraba nada bueno.
— Si, pero para
los carnavales falta mucho tiempo —insistió.
— ¿Y?
— Podemos juntar
algo de guita —otra vez su mirada de halcón al acecho—, se dé un lugar dónde
venden espuma en aerosol a buen precio.
— ¿Para?
— Okey, las murgas
están prohibidas —sonrió—, pero nos quedan los bailes en la sociedad de
fomento, las reuniones familiares, ¿verdad?
Me lo quedé
mirando. Gabriel no iba a cambiar más. Ningún castigo sería suficiente para
doblegar su ánimo. No era mi caso. Yo todavía me recordaba temblando en el
patio de casa mientras mamá se descargaba del miedo horrible que había pasado.
El terror de que hubiera desaparecido para no verme nunca más. Eran cosas que
se decían en voz baja.
No, Gabriel y yo
éramos muy diferentes.
— Gaby —suspiré—,
¿y a qué precio los podés conseguir?
1 comentario:
Vaya sorpresas, tiempos algidos y críticos, viajé al pasado cn el relato, gracias totales.
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