jueves, 13 de septiembre de 2007

Consejo de amigo

Consejo de Amigo

El café ya estaba casi tibio cuándo llegó. Se lo veía un tanto abatido, con un inusual aspecto dubitativo.
Apuré el resto del contenido del pocillo.
—Hola Roberto ¿Cómo estás?
—Bien, bien —repetía sin convicción. Su aspecto indicaba lo contrario
—¿Que querés tomar? ¿Un cafecito?
—Lo que quieras, para mi da lo mismo.
—¿Lo que quiera? ¡Está bien!—agité la mano derecha— ¡Mozo! Dos White Horse
—Pero yo…
—Dijiste lo que yo quiera ¡Mozo que sean dobles! —me reí de su desconcierto—, traiga hielo. Eso para vos, yo lo tomo así nomás. A ver ¿qué pasa? ¿Es el trabajo?
—¿El negocio? No. Eso marcha y te diría demasiado bien.
—¡Que no te oiga nadie! ¡Alguien al que la va bien en este país de mierda!—trataba de levantarle el ánimo con una humorada tras otra— ¿Entonces?
—Es Laura…
Tragué saliva con un trago de whisky.
            —¿Qué pasa con Laura?
            —Eso me gustaría saber a mí.
            —¿Querés un cigarrillo?
            Tomó uno y  dijo:
            —¿No está prohibido?
-
            —¡Estamos en la vereda, boludo! —le encendí el cigarrillo, dio un par de pitadas nerviosas.
            —Bueno ¿qué onda con Laura?
            —Cero onda, todo mal, estamos en plena crisis. Te quería consultar…
            —¡Justo a mi! ¿Al solterón le venís a consultar problemas de pareja?
            —Carlos, sos mi mejor amigo. Además con la experiencia que tenés en asunto de mujeres, algún consejo me podés dar…
            —Ya te lo había dado antes de casarte; te dije: “no lo hagas” —me reí—. Ahora ya es tarde.
            —¡No seas boludo! Dale —me urgió—, escuchame a ver que pensás.
            —Dale vos ¡desembuchá!
            —Se fue de casa —suspiró apesadumbrado—, hace unos días. Me pidió algo de tiempo para pensar lo nuestro, que nos tomemos los dos un descanso a ver que pasa.
            —¿Vos que pensás?
            —Yo no pienso —carraspeó antes de agregar—, la amo.
            —¿Y ella?
            —Dice que está confundida.
La diplomacia jamás fue mi fuerte, entonces le dije:
            —Roberto, yo creo que estás en el horno, cuándo una mina dice que está confundida… ¡ya fue!
            —¡Por favor! No digas eso —suplicó.
            —¿Qué querés que te diga? Te digo lo que siento ¿Dónde está ahora?
            —En casa de los tíos, en Los Polvorines.
            —Pero ¿cómo llegaron a esto? —pregunté casi en un susurro— ¡Se los veía muy bien!
            —La culpa es mía.
            —¡La culpa siempre es repartida! ¡Dejá de hablar boludeces! —me encrespé.
            —Si pero yo siempre dándole prioridad al negocio, a mis asuntos de dinero.
            —Sin guita  no hay amor —dije pragmático—. Bueno, lo que importa ¿vos como estás?
            —Mal, hecho mierda —sollozó—. La amo con locura ¡como el primer día!
            —Probaste la táctica de las flores, los mensajes, alguna caja de bombones…
            —¡Todo! Pero no quiere saber nada.
            —¿Te dio algún plazo? —insistí.
            —No, pero dice que me extraña, que sólo está un poco confundida, que espere un poco más.
Decidí que era hora de atacar hasta el hueso:
            —¿Vos sabés lo que la tiene confundida? ¡Otro macho!
            —¡Carlos! ¡No podés! —se enojó.
            —¡Puedo y debo! Porque sos mi amigo y no podés ser tan boludo —hice una breve pausa— ¿No te das cuenta que te está metiendo los cuernos? ¿Después de ocho años de matrimonio le entra el desconcierto?
            —Creo que no fue buena idea hablar con vos —dijo apesadumbrado— ¿Sabés algo? Tal vez tengas razón, pero la amo tanto, la necesito tanto… que tal vez le pueda perdonar algún desliz, creer todas sus mentiras… si…
            —¡No podés! ¡Ahora el que se niega a escuchar soy yo! ¿Tan pocas bolas tenés? ¿Cómo te vas a rebajar tanto?
            —La amo, no importa lo que pase siempre la voy a amar.
            —¿Sabés? Casi te envidio —dije en tono sarcástico— ¡Tanta abnegación en nombre del amor! ¿Qué te pensás que es la única mujer sobre la tierra?
            —Para mi si —me miró ofendido—. Yo quería que me aconsejaras como hacer para recuperarla. Fui sincero con vos. Te dije mi verdad, lo que siento ¡mirá con lo que me salís!
            —Pero yo no te puedo mentir —traté de dulcificar el tono de la voz—, sos mi amigo hace años y mis instintos me dicen que Laura no está confundida. Sabe lo que quiere. A vos te va cortando de a poco, para lastimarte lo menos posible. O para que vos no pierdas la cabeza.
            —¿Vos crees eso? ¿En serio?
            —¿Y tu opinión? —me miró con recelo—. Con la mano en el corazón ¿Qué pensás que le pasa a Laura? ¿Crees que va a volver a vos?
Roberto hizo silencio. Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas. Estaba agitado.
            —Parece que sabés la respuesta, pero no querés enfrentar la realidad.
            —Vos ¿qué sabés del amor? —masculló con rabia— ¿Alguna vez quisiste alguna de las mujeres que tuviste?
            —Tendrías que nacer de nuevo para pensar como yo —respondí acentuando las sílabas—. En este mundo la nobleza y la fidelidad, incluso el amor como lo entendés vos, no cotizan demasiado alto. Tenés que ser más realista. La relación entre hombre y mujer siempre es una transacción de algún tipo, sucede lo que conviene, y nada más.
            —¡Sos un cínico!
            —Otra enseñanza más —dije imperturbable—, una buena dosis de cinismo te puede hacer más llevadera la vida. Controlá un poco tus emociones ¡Pelandrún! A ver ¿Yo soy tu mejor amigo? Si soy tan diferente de vos ¿Qué es lo que te atrae de mí? ¿Por qué buscas mis consejos? Sabés como siento y como pienso ¿entonces?
-
—Tal vez, porque en el fondo te admiro —hablaba con voz temblorosa—, siempre quise ser como vos, un ganador.
            —Si querés ser como yo sólo tenés que intentarlo —lo alenté—, el único precio que tenès que pagar es sentirte un poco vacío de vez en cuándo. No es bueno atarse a nadie, mucho menos enamorarse como vos. El amor te hace perder objetividad, sobre todo con respecto a tu propia persona. Amas tanto al otro que te olvidás de tus necesidades y deseos.
            —Carlos ¿vos sabés que es el amor?
            —Te doy la acepción del diccionario: “emoción que embarga el…”
            —¡No seas boludo!
            —¡Ah! ¿Yo soy el boludo? ¿A esta edad venís a preguntar que es el amor? ¿Justo a mí? Vos sabés la cantidad de mujeres que tuve, que tengo. Creo que no ame a ninguna. Pasión, puede ser. Cariño, tal vez. Pero amar hasta la pelotudez  como vos… nunca. Si querés saber lo que es el amor mira al espejo.
            —¿Sabes que pasa, Carlos? En este momento pienso que si amar es sentirse miserable, estoy muy enamorado.
            —¡Ajá! Como si fueras un adolescente, con grandes picos de euforia, con pozos depresivos espantosos. Sigo insistiendo, creo que en el fondo te envidio. Y no es mi naturaleza cínica la que te habla.
Nos quedamos mirando en silencio unos instantes. Pedí otra vuelta de whisky.
            —¿Sirvió de algo?
            —Creo que para descargarme un poco —dijo con un hilo de voz—, no me siento para nada aliviado, pero menos angustiado.
            —¿Qué vas a hacer?
-
            —Todavía no lo sé. Creo que seguir insistiendo hasta que vuelva… o hasta que me diga que no quiere saber más nada.
            —¿Y si pasa eso último? —pregunté aunque sabía la respuesta.
            —No estoy preparado para aceptar eso, es algo totalmente impredecible. No se lo que voy a hacer.
            —Por cualquier cosa ya sabés, me llamás y nos encontramos.
Me dijo: “si”. Pero ambos teníamos la convicción que no habría próxima vez. Parecía que algo se había roto también en nuestra relación, al menos ese era mi íntimo convencimiento.
Se fue arrastrando a su humanidad que parecía una sombra, detrás lo seguía su alma.
Tomé lo que quedaba de whisky y encendí otro cigarrillo. Después de pedir la adición me levanté y caminé sin prisa hasta el estacionamiento. El llavero del automóvil jugueteaba entre mis dedos mientras daba algunas pitadas al cigarrillo. Pensaba en las paradojas de la vida. En lo que nos une y nos separa. En como puede cambiar la óptica de los eventos según uno los sepa interpretar.
Roberto estaba tan obnubilado con sus cuitas de amor que dejar de ver un amigo era un problema menor. Para mí, de manera disímil, era otro cambio al que tendría que acostumbrarme. Amoldarme a la idea de que Roberto pasaría a ser un recuerdo más. Como alguno de mis lejanos amores arrumbado en el desván de la memoria.
Llegué hasta la cochera. Abrí la puerta del automóvil. Bajé la ventanilla. Después de una última pitada arrojé la colilla. Puse la llave en el contacto y embragué.  
Ahí me detuve. Me quedé con la vista perdida en un pinar al otro lado de la avenida.
            Cavilando.
Pensando.
Ella preguntó:
            —¿Y que te dijo?
            —Lo de siempre: que te ama.

                                                                                          

5 comentarios:

Gustavo Tisocco dijo...

siempre leer tus relatos, tus cuentos me atrapan Ricardo pues siempre queda una reflexión al final de todo.
Un abrazo Gus.

RICARDO JUAN BENITEZ dijo...

Qué alegría, Gus. Como vez la página aún no está terminada; pero siempre será un placer recibirte. Bautizastes con comentario. Bienvenido.

Un cariñoso abrazo.

Andrea

mi despertar dijo...

interesante tu blog, te dejo el mio

Anónimo dijo...

Querido Ricardo
Gracias por tu visita y por tus comentarios.
Estupendo tu blog y muy cautivantes tus cuentos. Un gran placer contar con tu presencia en mi blog.
Un gran brazo, Eli

Elisa Dejistani

Anónimo dijo...

Un talentoso hombre!, la vida te llevará a ese Nobel, seguro que sí, jamás he dejado de suponerlo!

FELICITACIONES