lunes, 12 de octubre de 2015

Humaredas



«Dios no juega a los dados».(Albert Einstein)


Un probable destino es tan irracional como el supuesto azar. Entonces la pretendida existencia de uno, no debería negar la presencia del otro. De hecho, si el tiempo fluye desde algún pasado hacia el hipotético presente y desde ese presente al incierto futuro, nada parecería indicar que desde ese futuro se haya tejido un plan inmutable hasta llegar a él. Pero, ¿si incluso pudiéramos saber con certeza cómo van a caer los dados? ¿Cuál sería la diferencia? Azar y destino parecerían ser dos vías paralelas y alternativas que echan a suerte nuestras vidas.
Siempre descreí de las casualidades, por lo tanto debe haber sido una serie de prodigiosas causalidades las que me depositaron en el cuarto de aquel hostel sobre Atlantic Avenueen esa parte de Brooklyn conocida como Bed-Stuy (Bedford-Stuyvesant); un juego de palabras y pronunciaciones que se podría traducir como: «permanecer en cama».
Hacía el año 1936 el metro neoyorquino construyó la extensión de la línea de la Calle Fulton: la línea A. Conectaba, atravesando desde el norte de Manhattan hasta el oriente de Brooklyn, el Harlem con Bedford, por ese motivo muchos afro americanos decidieron mudarse a Bed-Stuy, que estaba menos superpoblado. Un acontecimiento cultural que quedaría perpetuado años más tarde en un jazz estándar de Billy Strayhorn llamado Take the A train  (‘Toma el tren A’), que a la postre resultó ser un clásico de apertura a los shows de  Duke Ellington y Ella Fitzgerald.
Por lo tanto Bed-Stuy tenía, para mi gusto, un agregado socio antropológico cultural más interesante que el componente meramente turístico. Nunca me atrajo demasiado buscar la estatua de Alicia en el país de las maravillas en el Central Parkni allegarme hasta la entrada del Dakota Building o, por caso, conocer el Frank Sinatra Park en Oboken.
Mis mañanas comenzaban bien entradas las 10am, por lo tanto otra de mis misteriosas causalidades habían logrado que estuviera antes de las 7am en la esquina de Atlantic Avcon Clinton Street,para ser testigo de una de esas escenas donde la realidad transcribe a la ficción. Un hombre de mediana estatura, algo enjuto, calzado con zapatillas de tenis, ataviado con jeans, una sudadera azul con capucha y una gorra de los Mets, estaba acomodando en un trípode una cámara fotográfica, que a la distancia, me pareció una vieja Leicade 35 milímetros, apuntando a la ochava este del cruce de la avenida con la calle ClintonPor instinto miré mi reloj de pulsera, faltaba poco más de cinco minutos para las siete de la mañana en punto. Contuve la respiración y quedé expectante como un cazador que acecha a través de tupidos centenos. Paradójicamente, mi supuesta presa, también adoptó la pose típica del predador. La tensión que se reflejaba en los músculos del cuello, la intensa pasividad corporal y la mirada concentrada en su objetivo. A las siete antes de meridiano exactas escuché el inconfundible sonido metálico del disparador de la cámara. El tipo sonrío satisfecho, guardó la cámara en un estuche de cuero, cargó el trípode al hombro y marchó rumbo a Court Street.
—«¿Será él?».
Decidí que no tenía nada más interesante que hacer aquel día y lo seguí.
El sujeto dobló por la calle Court hacía la derecha, como si fuera al complejo del metro CourtBorough Hallpero a unas pocas cuadras se detuvo frente a un negocio cerrado. Era un drugstoreespecializado en tabacos. Con parsimonia abrió los cerrojos y entró cargando sus aparatos. Al rato acomodó en la vereda una máquina expendedora de golosinas, de esas que traen premios, y con una larga vara bajó el toldo de la entrada.
Sin pensarlo demasiado me dirigí a paso vivo hacía aquel negocio. Al entrar sonó la típica campanita colgada sobre el dintel. El hombre estaba detrás del mostrador acomodando algunas mercaderías.
—Good morning —saludó.
—Good day —respondí.
Me miró algo extrañado, para luego seguir con sus tareas.
El almacén, aunque incomparable, era tal y como lo había imaginado. Estaba abarrotado hasta el techo de todo tipo de menudencias, licores, bocadillos, refrescos y cigarros. Además disponía de algunas mesas para tomar un desayuno, una comida ligera o un trago. Las neveras atiborradas de latas de cerveza, sándwiches envasados al vacío, legumbres congeladas y sorbetes. En el extremo del mostrador había un exhibidor de puros, pipas y tabaco para las mismas. En el centro del escaparate estaba el tesoro que yo intuía que no debía faltar: unos delicados puritos holandeses. 
—I help you?
En mi inglés, poco menos que decente, le dije que sí; que deseaba un emparedado de jamón y queso, un café negro sin azúcar y una dona glaseada.
Poco a poco iban llegando los primeros clientes de la mañana. Algún viejo, en apariencia jubilado; con su pijama, las pantuflas y el periódico debajo del brazo. Un par de taxistas bulliciosos que, luego de trabajar toda la noche, iban a desayunar antes de acostarse. Una mujer luchando con su bolso, el atado de cigarrillos y un niño que había decidido tomar por asalto el exhibidor de golosinas. Tuve la inefable sensación que en cualquier momento entraría un tipo alto, de ojos saltones y aspecto de intelectual para reclamar por sus cigarritos holandeses.
El hombre se acercó con mi pedido. Acomodó con prolijidad la taza con café, el sándwich y la dona. Luego me ofreció un periódico y si deseaba algo más. A decir verdad, sí lo deseaba:
—Disculpe ¿usted es Auggie?
Me dedicó una mirada intensa mientras sopesaba la respuesta.
—No, yo no me llamo Auggie.
Pasó un trapo sobre la mesa y se retiró para atender otros clientes.
Estuve escudriñando el periódico tratando de desentrañar las informaciones que, debido al rudimentario uso del idioma, me llegaban fragmentadas. No dejaba de ser un ejercicio interesante.
Cuando consideré que ya me había aburrido lo suficiente le solicité la cuenta, la cual trajo presuroso.
—¿De dónde es usted? —interrogó secamente.
—De Argentina —respondí con su misma sequedad.
—¿Qué hace tan lejos del hogar?
—Verá, soy escritor —dije forzando mi capacidad lingüística al límite—. Me gusta viajar, conocer otras culturas, encontrar nuevos ambientes y escuchar historias.
El hombre se sentó a mi mesa pues el almacén estaba en un momento de relativa calma.
—¿Le gusta escuchar historias? —dijo con un brillo pícaro en la mirada—. Aquí lo que sobran son historias.
—¿Por ejemplo? —respondí con aire conspirativo.
—¿Por ejemplo? —quedó pensativo—. Historias de rateros huidizos, de carteras perdidas, ancianas ciegas o de cenas navideñas entre solitarios. Usted elige.
En principio pensé que se estaba burlando, que era algún tipo de espíritu bromista.
—Aunque usted no lo crea, en esta misma mesa, lo ayudé a un famoso escritor que sufría un bloqueo a concluir una historia que no deseaba escribir. ¿Le interesa?
Pese al brillo malévolo de sus ojos, yo sabía que aquel tipo no se burlaba ni estaba fantaseando.
—¿O prefiere ver mis álbumes de fotos?
Decidí aceptar el convite.
Volví a la hora del cierre. Mi anfitrión me esperaba con los álbumes prolijamente apilados sobre una mesa y un par de  Budweiser heladas al lado.
Las fotos eran tal como las había imaginado. Retazos de vida aprisionados en blanco y negro. Los rostros, con diferentes expresiones y estados de ánimo, repitiéndose a la misma hora durante meses y años. Un meticuloso estudio antropológico de la rutina abrumadora de la gran ciudad.
Estaba analizando los retratos del tercer álbum cuando reparé en una fotografía que era a color, algo desvaída y ajada y que no guardaba relación con el resto de la obra. Estaba pegada al final de la carpeta.
—¿Y ésta? —pregunté.
—Bueno, los vecinos saben que soy fotógrafo aficionado —susurró con tono cansado—. Además tengo un pequeño laboratorio de revelado. Son pocas las personas que siguen usando el método artesanal de revelado, ahora todo es digital. Entonces suelen traer viejos negativos para restaurar…
La fotografía en cuestión era un cuadro familiar de extraña composición en un jardín pletórico. Parecía un matrimonio con sus dos hijas. Las niñas miraban a cámara sonrientes. Daba la sensación de que estuvieran por hacer alguna payasada que la toma dejó trunca. La madre, por el contrario, parecía mirar a sus hijas. Pero no se veía felicidad en su rostro, solo una mirada ausente y pensativa. Pero la pose más rara era la del padre. No miraba ni a las hijas ni a la esposa. Tampoco sonreía. Su mirada angustiada se perdía hacía un costado, como si viera alguna cosa amenazante por detrás de la cámara fotográfica. Su pose daba la sensación de tender a la invisibilidad, casi como si fuera un fantasma. 
—Me la trajo una vecina que vivía cerca de aquí —agregó sin que yo hiciera más preguntas—. Esa foto tiene una historia que comienza en su país.
—¿En Argentina? ¿Cómo? —pregunté incrédulo.
Parece que había estado esperando aquel momento. Dio un largo sorbo al porrón y comenzó la historia.
—La familia de la foto vivía en Argentina. Ella, Rebecca, era arquitecta y él, David, ingeniero. Tenían un estudio compartido y abundante trabajo. Pero a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en su país la situación social y política era insostenible.
—La guerra sucia, el terrorismo de estado —balbuceé.
—Exacto —asintió con la cabeza—, ellos eran judíos y un probable blanco de los paramilitares de derecha. Decidieron emigrar a Israel ayudados por algunos familiares. Comenzaron una nueva vida y no les iba nada mal. Las niñas se adaptaron a las nuevas amistades. Tampoco sufrieron con el cambio de los planes de estudio, ya que hablaban inglés y hebreo con fluidez. Ellos consiguieron trabajo en una constructora internacional que desarrollaba nuevos barrios en Palestina. Todo parecía bajo control.
—¿Parecía?
—Una noche una pareja de amigos los invitó a cenar a un restaurante árabe en Tel Aviv —prosiguió como si no me hubiera escuchado—. En un momento de la velada Rebecca debe acudir a los sanitarios. Cuando está regresando escucha un griterío y una voz que se alza sobre las demás: «Alá es grande». Su último recuerdo es una terrible explosión, pedazos de mampostería que caen sobre ella y una ola de calor que la abrasa. Despertó algunos días más tarde en una sala del Assuta Hospital de Tel Aviv.  David no pudo sobrevivir al ataque terrorista.
—¿Qué pasó con Rebecca?
—Ahora vive en París —entornó los ojos antes de agregar—, se volvió a casar con un concertista francés. La vida resiste, aun con la cercanía de la muerte.
—¿Y las hijas? —pregunté.
—Hanna vive en un kibbutz cerca de Haifa, está casada y tiene dos niñas —hizo una breve pausa—. Sara era mi vecina. La que me trajo la foto para restaurar.
—Era su vecina —dije pensativo—, ¿se mudó?
—No —su mirada pícara se apagó antes de agregar—, trabajaba en la Torre Dos del World Trade Center.

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