domingo, 21 de febrero de 2016

Los visitantes de Marte



“…su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul,
con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y
         antiguos barcos para andar por la arena…”   (Jorge Luís Borges)


“La nave vino del espacio. Vino de las estrellas, y las velocidades negras, y los movimientos brillantes, y los silenciosos abismos del espacio. Era una nave nueva, con fuego en las entrañas y hombres en las celdas de metal, y se movía en un silencio limpio, vehemente y cálido. Llevaba diecisiete hombres, incluyendo un capitán. En la pista de Ohio la muchedumbre había gritado agitando las manos a la luz del sol, y el cohete había florecido en ardientes capullos de color y había escapado alejándose en el espacio ¡en el tercer viaje a Marte!
Ahora estaba desacelerando con una eficiencia metálica en las atmósferas superiores de Marte. Era todavía hermoso y fuerte. Había avanzado como un pálido leviatán marino por las aguas de medianoche del espacio; había dejado atrás la luna antigua y se había precipitado al interior de una nada que seguía a otra nada. Los hombres de la tripulación se habían golpeado, enfermado y curado, alternadamente. Uno había muerto, pero los dieciséis sobrevivientes, con los ojos claros y las caras apretadas contra las ventanas de gruesos vidrios, observaban ahora cómo Marte oscilaba subiendo debajo de ellos.
—¡Marte! —exclamó el navegante Lustig.
—¡El viejo y simpático Marte! —dijo Samuel Hinkston, arqueólogo.
—Bien —dijo el capitán John Black.
El cohete se posó en un prado verde. Afuera, en el prado, había un ciervo de hierro. Más allá, se alzaba una alta casa victoriana, silenciosa a la luz del sol, toda cubierta de volutas y molduras rococó, con ventanas de vidrios coloreados: azules y rosas y verdes y amarillos. En el porche crecían unos geranios, y una vieja hamaca colgada del techo  se balanceaba, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, hacia delante, mecida por la brisa. La casa estaba coronada por una cúpula, con ventanas de vidrios rectangulares y un techo de caperuza. Por la ventana se podía ver una pieza de música titulada “Hermoso Ohio”, en un atril.
Alrededor del cohete y en las cuatro direcciones se extendía el pueblo, verde y tranquilo bajo el cielo primaveral de Marte. Había casas blancas y de ladrillos rojos, y álamos altos que se movían en el viento, y arces y castaños, todos altos. En el campanario de la iglesia dormían unas campanas doradas.
Los hombres del cohete miraron fuera y vieron todo esto. Luego se miraron unos a otros y miraron otra vez fuera, pálidos, tomándose de los codos, como si no pudieran respirar.” (*)
Donovan dejó un instante la lectura. El trépano hacía su trabajo, hundiéndose en el polvo ferroso de Marte. Su andar lento semejaba el de una larva gigantesca. En realidad aquella oruga se había transformado en el hogar de Donovan en los últimos seis años. Excepto el tiempo que pasaba en “Nido”, la base permanente en la superficie, toda su vida transcurría dentro del “Gusano”. Disponía de dormitorio, baño, laboratorio, sala de control y cocina, dónde procesaba los alimentos sintéticos. En el puesto de control, sobre una de las esquinas, había dispuesto su lugar personal. Tenía unos muebles de estilo, del año 1970, y una biblioteca de fines de los cincuenta. Él podía leer libros virtuales, de hecho tenía millones de títulos a su disposición, pero aún prefería las ediciones en papel. Se podía palpar sus tapas, fueran de cuero repujado o de simple rústica. Se podía acariciar las páginas y olerlo. El aroma de un libro era algo especial. Se comenzaba a disfrutar la lectura desde antes de abrirlo. Como se puede imaginar la inminente lluvia de estío de sólo sentir el aroma del agua y la tierra húmeda en la brisa que baja del prado. Era algo real y palpable, no sólo una simple sucesión de hologramas que se podían representar en el inconsciente.
La computadora central era algo así como su asistente personal. Podía escuchar música, leer, jugar, o como en este caso, trabajar. El panel holográfico parpadeaba con una luz ambarina. En un ángulo se veía un mapa virtual de la perforación. Pudo advertir algo que le extrañó. De inmediato detuvo la marcha.
—Comunicación, “Mad —ordenó al asistente virtual (MultiAsistenteDigital)—¡Hola! ¿Qué tal la gente del “Nido”?
—¡Hola, Donovan! Aquí estamos bien, ¿algún problema?
—Bueno, tengo algunas lecturas de los sensores de “Gusano” algo inusuales —comenzó de detallar Donovan.
—Donovan, Josh está al llegar. Salió a hacer la recorrida de rutina y está un poco atrasado.
—Bien, Martínez, de todas maneras te anticipo. Los primeros diez kilómetros me insumieron dos horas, pero hace más de una hora que estoy luchando con una placa enorme. Avancé unos dos kilómetros. El análisis preliminar revela una roca del tipo ígnea. Hay rastros de fedelpastos, micas y cuarzo. Pero, en su composición encuentro gran cantidad de metales. Algo así como un cuarenta y cinco por ciento. Tiene la dureza de los granitos, pero algunas características del basalto.
—¿Rocas volcánicas?
—Exacto, pero aún hay otra cosa más…
—¿Qué?
—Te vas a reír, pero parecería como si alguien hubiera podido derretir el mineral y los metales, los hubiera mezclado y…
—¿Quieres decir que las proporciones son uniformes?
—Totalmente. No parecen placas tectónicas ni pizarras. Son como bloques de un muro.
—Un instante Donovan —Martínez miró a sus espaldas—, llega Josh.                                   
—¡Hola! Espera que hecho un vistazo —Josh leyó el informe preliminar.
—Bien, Donovan —la imagen se borroneó un instante— Donovan ¿estás ahí?... Donovan…
—Si, acá estoy —reapareció el rostro preocupado de Donovan— más cosas extrañas: hay interferencia. Quería contarle a Martínez, según el lector de eco, estoy próximo a una gran falla.
—¿Una cueva?
—Si… si multiplicamos cualquier cueva de las que conocemos por setenta.
Josh lanzó un silbido, mientras Martínez sacudía la cabeza.
—Josh, solicito permiso para utilizar una carga de penetración, el “Topo”  me puede ahorrar mucho tiempo.
—Donovan, el experto eres tú. Si no corres peligro tú  ni el vehículo…
—Según mis cálculos, por la densidad y el volumen, la estructura del “Gusano” puede resistir y allanarme el camino.
—Adelante, y suerte.
El “Gusano” tenía alrededor de su fuselaje dos espirales sinfín que ablandaban el terreno,  removían la tierra y las rocas, y las lanzaban para atrás. En la proa, mientras se hundía, el ventanal delantero lo tapaba una caperuza de cerámica. De su nariz surgía una barrena enorme. Cuándo se encontraba piedra pizarra, caliza o de cualquier otro tipo, se lo utilizaba. A veces funcionaba como un gigantesco martillo neumático. Donovan no estaba dispuesto a soportar las sacudidas que se producían. Le daban náuseas. Una carga de penetración (el “Topo”) haría el trabajo pesado. Él después se encargaría de inspeccionar los minerales y el basamento. Sus conocimientos sobre biología, además, lo habilitaban a clasificar e investigar la flora y la fauna. En este caso era irrelevante.
Donovan comenzó todas las tareas de rutina para lanzar la carga de penetración. Debía seguir una serie de procedimientos para prevenir accidentes. Cerró y aseguró todas las escotillas. Apagó los sistemas que no fueran indispensables. Hizo dos simulacros. El primero de lanzamiento del “Topo”.Mad” no predijo ninguna falla. El segundo de evacuación y lanzamiento de la cápsula de emergencia. Era un cubículo casi transparente, que en caso de emergencia, lo podía llevar a la superficie envuelto en una burbuja de plasma. Todo estaba en orden.
—Bien, “Nido”, el “Topo” está en posición, listo para lanzamiento.
—Proceda “Gusano” —ordenó Josh. Una involuntaria humorada.
Donovan puso el trépano en reversa y se alejo del lugar  en dónde descargaría el explosivo. Cuándo estuvo a la distancia que creyó prudente, lo lanzó.
Primero se escuchó un siseo como un enjambre de avispas furiosas. Después un violento temblor sin estampido de advertencia. Un rumor sordo como la caída de una catarata. Por último, un resplandor pálido y una columna de humo blanco. Una lluvia de rocas impactó el vehículo.
—¿Cómo salió?
—Bien, voy a comenzar el descenso de nuevo.
—Cuidado con las formaciones de hielo. Es poco probable, pero pueden haber corrientes de agua en los bolsones subyacentes ¿me escuchas? —alcanzó a decir Josh.
Donovan miró sorprendido la pantalla, la comunicación se había cortado. Era la primera vez que le ocurría. Pronto creyó comprender lo que pasaba.
La superficie de Marte tiene arcilla ferruginosa similar a la nontronita. Los óxidos de hierro le daban ese tono herrumbroso, tan característico en la hematita. Bajo la superficie había encontrado un depósito de su hermana melliza: la magnetita. La carga magnética estaba interfiriendo en las comunicaciones. Lo extraño era, que en todos los estudios preliminares, el porcentaje de este mineral era escaso, casi nulo. Tanto la camacita, la nontronita  y la magnetita requieren de agua y calor para su formación. En la superficie, excepto las zonas cercanas a los polos, el agua no abundaba. Es por ello que el mineral más común de encontrar era la hematita gris. Además la presencia de azufre revelaba actividad volcánica devastadora. Esto había transformado un planeta de características similares a la Tierra, cálido y alcalino, propicio a la vida; en otro frío, ácido y árido. Inhóspito. Donovan intuyó que estaría cerca de algún reservorio de agua.
            —El viejo Ray escribía muy bien —pensó Donovan—. La forma poética en que describe las praderas, los canales, los navíos, las ciudades. Pero estaba totalmente equivocado. Pensar que en esta pelota polvorienta pueda haber vida inteligente. Este maldito planeta mata todo lo que quiere nacer. Es un cementerio flotando en el medio de la nada. ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué buscamos? ¿Hay algo que valga la pena en este lugar?
Sin agua y calor no sólo era imposible encontrar ciertos minerales y metales. La flora no se desarrollaba y esta, entre otras cosas, servía para el primer escalón en la cadena nutricional y en el ciclo elemental de la renovación del oxígeno y otros gases.
Marte era un planeta muerto.
El trépano comenzó su monótono viaje. En la cabina se sentía una ligera vibración. Antes de lo pensado llegó a la boca de entrada de la gruta.
—Donovan —bromeó con su incomunicación a cuestas— ¿Listo para irrupción? ¡Listo señor! ¡Proceda!
Donovan quedó sin habla. Jamás había visto nada igual. Ni en Marte, ni en la Tierra, ni en decenas de asteroides que había trepanado. Los focos del “Gusano” iluminaron una cavidad enorme. El techo estaba por encima del trépano unos diez pisos. Tanto la anchura como la profundidad eran incalculables desde aquel lugar. Tenía que salir.
La composición de la atmósfera marciana, tenía grandes cantidades de dióxido de carbono, y pequeñas de nitrógeno, argón y algo de vapor de agua. Aquello era un oasis. Los instrumentos indicaban la presencia de casi un sesenta por ciento de oxígeno. Cualquier alpinista encontraría aquello aceptable. Levantó la tapa protectora del ventanal de proa y pudo ver las estalactitas y estalagmitas de diversos colores. Rosado, turquesa, esmeralda y bordó. Los haces de luz de los focos se descomponían en un arco iris, tal si fuera un prisma. Daban ganas de recorrerlo a pie y sin protección. Pero, por precaución, fue hasta la bodega y preparó un traje de supervivencia y un “URI” (Unidad de Reconocimiento Individual). El “URI” no era un vehículo propiamente dicho. Era una especie de armadura que se desplazaba sobre una serie de esferas en las suelas de las botas. Tanto las piernas, el tronco y los brazos quedaban dentro del armatoste. Aumentaba la velocidad de desplazamiento y la fuerza de carga en caso de ser necesario. Teniendo en consideración que la fuerza de gravedad era casi un tercio del de la Tierra, tenía que desplazarse con cierta prudencia hasta adaptarse al nuevo ambiente.
Encendió los faros delanteros y bajó por la rampa a velocidad media. El suelo era una mezcla de polvo congelado y hielo propiamente dicho.
—Oficial Explorador Donovan grabando incursión en caverna. ¿Listo, “Mad”? —Un sonido suave le avisó que todo estaba en orden.  “Mad” era parco y eficiente.
—Las primeras formaciones indican presencia de mica, cuarzo y algún tipo de cristal de baja calidad. El terreno es rico en magnetita y tenemos algunas variedades de rocas sedimentarias. Otras porosas, parecen de origen volcánico, pero también tenemos producto de detritos. Las estalactitas…. ¡Mierda!
Donovan quedó alelado frente al espectáculo que se brindaba a sus ojos. La caverna dónde estaba era sólo la entrada. La gruta, en su ancho, no podía ser abarcada. Los rayos de luz no alcanzaban el final del recorrido. En cuánto al largo ocurría algo similar, pero calculaba que sería aún mayor esa distancia. De hecho, la lectura de los instrumentos revelaba un largo de dos mil kilómetros y un ancho de una decena. A sus pies el terreno descendía algunos metros. Más allá encontró aquello que lo dejó sin habla y casi sin respirar.
Se veían unas torres y edificios altos. Esto se deducía, pues la parte superior de las mismas, se perdían en el techo de la cueva. Penetraban la roca. Descendió muy despacio por una especie de rampa rugosa y avanzó por lo que parecía una avenida embaldosada. Era algo así como un damero gigantesco. Los edificios le daban el aspecto que tendría la nave de una catedral abandonada. El techo de la galería semejaba una negra cúpula brillosa. Los focos del traje de supervivencia mostraban las edificaciones jugando con el blanco y el negro. El aliento acelerado le empañaba la escafandra.
—Las ciudades ajedrezadas —Pensó Donovan.
El material era similar a la cerámica o el mármol. No tenía ganas de ponerse a investigar. Incluso, para analizar la composición, debía romper algunos de esos santuarios. Trataba de abarcar todos los prodigios a la vez, más la vista no le alcanzaba. Tampoco los sentidos. Estaba embriagado por su descubrimiento. Por una vez es en su vida monótona no tenía que clasificar rocas ni pasar inútiles informes. Quedó admirado mirando en todas las direcciones posibles. Por allí unas escaleras circulares, que se perdían en cuartos umbríos. Por allá unas fuentes secas. Más acá unos pasadizos que comunicaban con puentes truncos. Durante algunos minutos siguió desplazándose en el “URI”. Pero decidió que era mejor hacerlo a pie.
Estaba caminando a orillas de lo que parecía la ribera de un mar seco, en los lindes de aquella ciudad, cuándo lo vio. Era una especie de navío a vela. Un galeón polvoriento y fantasmagórico anclado en una dársena de nácar. Los muelles también eran refulgentes. Subió por la planchada. Todo tenía el aspecto del marfil y el ébano, esos mismos claroscuros. Luego de caminar por la cubierta y examinar el raro velamen;  se perdió por las sentinas vacías y llegó al camarote del comandante. El reflejo de la luz hizo brillar unos objetos sobre lo que, sin dudas, habría sido el tablero de mapas. Eran unos cuerpos romboidales y otros esféricos. De colores pastel, parecían hechos de un material parecidos a las perlas. Tomó una de esas cosas perladas y la puso frente al rayo de luz. Una miríada de pequeñas centellas iluminó el techo de la estancia tal como si fuera una bola espejada. Con el objeto alzado sobre su cabeza, recordó la tarde en que su abuelo lo llevó al Museo Naval. Su imaginación infantil había quedado conmocionada. Todo era nuevo y fascinante. Los nombres de aquellos instrumentos: compás, catalejo o sextante. El mapamundi, otros nombres aún más enigmáticos: “Mare Nostrum” o “Mare Tirrenum”. Pero todo aquello quedó en un segundo plano cuándo la descubrió. Entre las vitrinas, que tenían réplicas de navíos, restos de naufragios, brújulas, pergaminos, armas antiguas, banderas y uniformes; estaba ella. Brillaba sobre un pedestal de bronce, cristal y roble. La botella contenía el portento que lo había aturdido. Una goleta, con velamen y todo lo demás en su interior. A sus cortos años no comprendía como había llegado ahí dentro. Que misterioso sortilegio había obrado el portento.
Algunas semanas más tarde el abuelo lo llevó a conocer su propia colección privada. Cuándo vio otra botella igual, le había rogado al abuelo que le contara el secreto. Él no pudo resistir los reclamos del nieto. El pequeño Donovan recibió una de sus primeras lecciones de vida. El abuelo, pacientemente, tomó una fragata que estaba casi terminada. Acomodó sobre la cubierta algunas piezas que faltaban. Con unas pinzas especiales terminó los detalles. Puso las piezas de artillería, armo diminutas jarcias, colocó soguitas enrolladas y plegó las velas artesanalmente. Todos los mástiles estaban puestos en línea. Ató un hilo fino al palo mayor,  con infinita paciencia, introdujo el navío en la botella, por su boca. Con una especie de larga espátula lo acomodó. Por último tiró del hilo.  Todos los palos se elevaron y desplegaron sus velas y gallardetes. El cordel se cortó sin dejar rastros. Después el abuelo tapó con un corcho el pico de la botella y se lo obsequió al nieto. Este estaba confundido entre dos sentimientos. Por un lado, la alegría de descubrir el truco, más el regalo del abuelo. Por otra parte, la frustración que se sufre a esa edad al descubrir que la magia no existe. La  ilusión quebrada era una impostura inexcusable.
            Siguió sus instintos y encontró el camino de retorno a la cubierta. Entonces se paró en la proa.  Miró el vasto mar de polvo rojizo azulado y lloró.
Después de algún tiempo, del cuál había perdido la noción, optó por revisar las lecturas de su aparato. La temperatura era de diez grados bajo cero. En la superficie, a esa hora, era de setenta y cinco grados bajo cero. El oxígeno era mucho más abundante que en cualquier otra parte del planeta.  Los leves vientos. Un momento… ¿¡vientos!?
Miró en la dirección que indicaba la flecha. Hacia el centro del mar de polvo. Calculó la distancia al suelo y saltó. Cayó suavemente sobre un colchón de cenizas bermellón. Una nube de polvillo lo rodeó. Comenzó a caminar en la dirección  dónde se iba disipando. Hacia la succión de la corriente de aire.
¿Qué habría pasado con los marcianos? ¿Habrían muerto por una epidemia desconocida? ¿O una guerra los había desvastado? ¿Huirían en busca de un planeta menos hostil?
Mientras caminaba, Donovan no pudo dejar de apesadumbrarse pensando en el motivo por el cual esa civilización ya no existía. Su pena era algo así como cuándo un tipo de cierta edad se entera de que un conocido de su misma edad había muerto recientemente. Un temor ancestral a ser el próximo en la lista.
Ahora los marcianos ya no estaban. ¿Cuándo le tocaría a la raza humana?
Donovan se detuvo justo a tiempo. A sus pies asomaba un hueco, con forma de embudo, de buen tamaño. La corriente de aire entraba ahí. Se arrodilló y de un compartimiento del traje de supervivencia extrajo una esfera. Apretó un botón y el balón se volvió incandescente. La arrojó por el hueco. La bola de fuego cayó, cayó, y siguió cayendo; hasta que ya no fue visible.
La escafandra tenía un sistema que captaba los mínimos sonidos del ambiente. Donovan lo activó y lo dirigió al hoyo. De inmediato sintió el rumor del agua corriendo en un arroyo oculto a su visual. El sensor de composición química había detectado una gran cantidad de amoníaco, hidrógeno y oxígeno. Arrojó una segunda esfera lumínica.
Esta vez escucho el rebote contra una masa líquida. Después de unos cuántos segundos. Era una gran profundidad. Mejor volvía con el “URI.” Tomó una esfera diferente a las anteriores. No bien se encendió, comenzó a emitir un suave zumbido. La arrojó al suelo cerca del agujero. La boya le indicaría el lugar, en medio de la inmensidad, si calmaban los vientos.
Mientras volvía dos cosas llamaron su atención. Observó como unos círculos concéntricos de polvo venían hacía el hoyo. Era como el oleaje del océano, pero en este caso, eran oleadas de polvo rojo. O sea, que el viento venía de todas las direcciones hacia aquel preciso lugar. Lo segundo, la vista impresionante de la ciudad abandonada que tenía desde ahí. No había reparado en un detalle. Pese a la oscuridad el ambiente parecía tener una extraña fosforescencia. Una luz difusa que provenía del techo y las paredes de la gruta de tonalidad azulina Aunque en realidad, más que cueva o gruta, semejaba un cañón subterráneo.  La ciudad silenciosa se recortaba con claridad en el horizonte. El galeón en su puerto de nácar y las torres que se hundían en la cúpula. 
Quedó nuevamente casi sin resuello.
Esa falla que él estaba recorriendo corría en paralelo al gran cañón del “Valle Marineris”. Habían comenzado la excavación en el fondo del cañón para ahorrarse algunos kilómetros de perforación. Los instrumentos indicaban que para llegar al núcleo de Marte tenían que recorrer unos sesenta kilómetros. Ahora le parecía que la cáscara era más gruesa de lo que pensaban. Dos fallas de semejante tamaño en paralelo indicaban una corteza de más de ochenta kilómetros. Pero… ¿Adónde conectaba el hoyo? ¿Y el agua? Además, ¿Que cosa era esa placa que había volado para llegar hasta ahí?
Mientras seguía marchando se daba cuenta que se había alejado más de lo que presumía.  Una rara inquietud comenzó a perturbarlo. Ya le había pasado cuándo estuvo agachado en el borde del hoyo. Era como si alguien se le hubiera aproximado por la espalda.
Se había dado vuelta sobresaltado. Nada.
No era nada novedoso esa aprensión. Recordó cuándo iba de excursión al bosque. Por las noches, algunas veces, cuándo se detenía a observar algo, creía ver una sombra a su costado y al darse vuelta ya no estaba. Seguramente eran bromas que le jugaba su imaginación.
Sólo se escuchaba el siseo del polvo arrastrado por el viento. El sonido de sus propios pasos. Su respiración. Estaba abismalmente sólo. Se detuvo y encendió de nuevo el audífono. No pudo escuchar nada fuera de lo normal. Comenzó la caminata de nuevo.
Donovan pensó que era un sacrilegio profanar aquellos santuarios. Había dejado de grabar. Un silencio profundo, que él no se animaba a quebrar, reinaba en aquel lugar. Pronunciar cualquier palabra era romper aquella experiencia mística. Mientras llegaba al URI, tuvo otra vez la impresión de no estar solo. Como si miles de ojos lo observaran desde las sombras entre aquellas moles.
—Te estás volviendo paranoico… ¡Ciudades ajedrezadas! —pensó con sorna.
Cuándo ya estaba llegando al “URI” se percató del par de sombras al costado de la torre negra de la derecha. Aquellas figuras espectrales se movieron hasta quedar frente a él. Sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¡Hola Donovan! ¿Cómo estás?
—Bien… bien… pero…
El segundo hombre habló:
—Estábamos preocupados, pensamos que estabas perdido.
Donovan tenía cientos de preguntas que hacer pero por algún extraño designio no las hizo. De alguna manera parecía saber todas las  respuestas.
—Entonces ¿Estás bien? ¿Podemos volver al “Nido”?
—Pero, ¿Ustedes quienes son? ¿De dónde vienen?
—Donovan, es preferible que vayamos a la superficie y expliquemos todo ante Josh y Martínez; no es demasiado complicado de entender.
—Para mi lo es —dijo Donovan— si se esfuerzan un poco, tal vez logre razonar…
Los trajes de supervivencia que tenían los sujetos eran iguales al suyo. Una combinación de gris y púrpura. A través de la visera de la escafandra veía unos rostros risueños y afables. Sus voces sonaban convincentes. La única diferencia en el equipamiento eran unos tubos color estaño que pendían de sus espaldas
—Donovan, nosotros estábamos aquí antes de que ustedes llegaran —dijo el tipo de bigote— estamos tan confundidos, como de seguro lo estarán ustedes. Todo esto es muy extraño.
—¿Pero como llegaron aquí? ¿La Corporación Domópolis los había mandado antes?
—No es así exactamente —ahora habló el otro tipo— pero sería mejor que subamos y todos juntos hablemos de esto, una sola vez. Es una historia un poco larga.
Donovan observó los nombres en el pecho de los uniformes de los desconocidos:
John Black y Nathaniel York.
Él comprendió todo enseguida. Para que servían  los tubos que ellos ahora tenían en las manos. Él sabía que contenían. Miró en dirección de las columnas negras y pudo ver el vehículo de ellos. Parecía un insecto de jade traslúcido.
Él percibía  porqué querían ir al “Nido”. Debía impedírselos o todos morirían.
—Está bien, voy a recoger el “URI”. Ustedes me siguen.
Giró sobre sus talones y caminó hacía el vehículo. Pudo advertir la letal  presencia de ellos a su espalda. Casi podía sentir la carga mortal de abejas dentro de los tubos. El traje de supervivencia tenía unos pequeños reactores para subir o bajar desde los desniveles de los terrenos. No tenían demasiada potencia, pero por la diferencia de gravedad, alcanzaba para trepar algunas decenas de metros. Los encendió y saltó en dirección al trépano que estaba en la ladera de la gruta. Escuchó, o creyó escuchar, unos gritos en un idioma desconocido. Aceleró los reactores. Cuándo estuvo cerca de la entrada de la nave, los apagó. Con la inercia llegó hasta la entrada de la bodega. Ahora si, escuchó dos estampidos, y el zumbido de los insectos cerca de su cabeza. Un par de estalactitas se quebraron. Buscó el cierre de emergencia, mientras gritaba:
—“Mad”, listos para partir. Máxima velocidad en reversa.
“Mad” no contestó. La nave no se movió.
Donovan pasó a la sala de mandos y cerró la contrapuerta. En ese preciso instante los intrusos violaban el portalón de entrada. Entraron a la bodega.
—¡Estuvieron aquí! ¡Desconectaron a “Mad”!  No tengo tiempo para  reconfigurar.
Los desconocidos estaban forcejeando con la contrapuerta. Sólo le quedaba una salida. Abrió la puerta lateral de escape y trepó por los puentes de babor. Con supremo esfuerzo llegó a la popa del “Gusano”. Estaba extenuado, pero no podía tomarse ningún respiro. Entró en la cápsula de emergencia, accionó el sistema secundario y seleccionó: “operación manual”.
Después se sentó y se ajustó los cinturones. Se preparó para brutal aceleración del lanzamiento.
Sintió que la fuerza centrífuga lo destrozaba en mil pedazos. Una burbuja de plasma lo disparó hacía la superficie. La cápsula emergió de la excavación y fue a dar contra un pequeño cráter. Estaba aún algo atontado cuándo unos reflectores iluminaron la cima. Martínez y Josh llegaban en la nave de reconocimiento.
            El llamado “Valle Marineris” tenía una profundidad de unos seis kilómetros y se extendía unos cuántos miles más de largo. Sin embargo, con premura el aparato de rescate se posó cerca de la cápsula.
—Donovan! ¿Qué pasó? ¿Por qué cortaste la comunicación?
—¡No hay tiempo! Vamos a “Nido”, y les explico…
—¡Tendrá que ser una buena explicación! —dijo Josh ceñudo— violaste todos los procedimientos de seguridad, cortaste la comunicación y abandonaste material valioso. ¿Cómo vamos a recuperar a “Gusano”?
—¡Josh, ya te voy a explicar! ¡Pero no tenemos tiempo que perder! ¡Ellos vienen!
Josh y Martínez se miraron un instante. Estaban desconcertados. Jamás habían visto a Donovan descontrolado, siempre había sido un tipo taciturno y muy profesional.
—¿Ellos? ¿Quiénes?
—¿Podemos ir a “Nido”? Allí les explico, mientras preparamos la partida.
—¿Partir? ¿De que mierda estás hablando? —Josh ya no pudo ocultar su fastidio.
—Si nos quedamos vamos a morir todos.
Josh volvió a mirar a Martínez y este movió la cabeza afirmativamente, mientras le guiñaba un ojo.
—Vamos, Donovan —habló Martínez— cuando nos tranquilicemos, vendrán las explicaciones.
Volaron hasta la pista sobre un costado de la base. Se dirigieron por una de las escotillas hasta la cocina-comedor. Un enorme ventanal dominaba un paisaje agreste y desolado. El cielo lucía una tonalidad amarillenta anaranjada. Sobre la izquierda comenzaba el borde del cañón, el precipicio. Desde ahí hacía la derecha una planicie inhóspita, rojiza y polvorienta. A lo lejos se veían unas dunas altísimas. Todo en Marte tenía proporciones fantásticas. Dunas de seiscientos metros de alto. Volcanes muertos de veinticinco mil metros.
—Un poco de café te vendrá bien —ofreció Martínez.
—Donovan ¿de que estás huyendo? —dijo serio Josh.
—Ellos… los marcianos. Están ahí esperándonos.
Un silencio incómodo se hizo entre los tres. Otra vez fue Josh el que habló:
—¿Me estás diciendo que abandonaste el trépano, con toda su carga, y usaste la cápsula de emergencia por que te perseguían los marcianos? —un leve dejo de ira en el tono de la voz de Josh
—Ya se que están pensando, pero tienen que creerme. Si no nos vamos, ellos vendrán por nosotros…
—¿Tengo cara de idiota, Donovan? —estalló Josh.
—Espera Josh. Deja que cuente lo que vio —intervino Martínez.
Josh se lo quedó mirando con la boca abierta.
—Debe haber tenido algún buen motivo para hacer lo que hizo…
—Miedo, pánico ¡Ese es el puto motivo!
—No entienden —balbuceo Donovan— ustedes no entienden. No leyeron el libro, sino entenderían. Todo está ahí, todo…
Donovan bostezó y continúo con lo que estaba diciendo:
—Las ciudades ajedrezadas, los vehículos como insectos de jade. Las armas que lanzan proyectiles como si fueran abejas furiosas. Y ellos, que juegan con tu mente. Tú ves lo que ellos quieren que veas, olfateas lo que ellos te hacen olfatear; tu tacto toca lo que ellos quieren que tú toques. Tú realidad es la que ellos crearon. No son parecidos a nosotros. No tienen simpáticos rostros amistosos. Sus pieles son pardas y tienen ojos rasgados color dorado. Ellos tienen magia, crean la ilusión.  Te harán… creer… que… que estás loco —Donovan volvió a bostezar— los demás pensarán… que tú… estás… estás…
—¿Loco? ¿Y tú que pensarías?
—Si estuviera en tu lugar —esta vez el bostezo fue más largo— lo mismo que tú… probablemente…
—Tienes una forma de convencerme —dijo Josh con una falsa calma— veamos lo que grabaste después que se cortó la comunicación.
—No… no puede… no puede ser… porque…
La taza cayó de sus manos volcando el contenido sobre la mesa.
—Sedante —dijo Martínez— ¿Y ahora?
—Lo tenemos que confinar, hasta que llegué el carguero y se lo lleven de vuelta a Domópolis.
—¿Y allí?
—Lo reeducarán, lo sanarán, tendrá un trabajo en la Corporación; de oficina. O lo darán de baja, lo jubilarán por insano y le darán media paga. ¡No lo sé! Y no me incumbe tampoco. Lo único que me importa es recuperar el “Gusano”. Ese trépano cuesta millones. Además se necesitan varios viajes para traer todas sus piezas. Sin hablar del tiempo para  ensamblarlo y ponerlo a trabajar.
Martínez se llevó a Donovan a un cubículo, mientras Josh miraba por el ventanal pensativo.
El viento soplaba formando pequeños remolinos rojos. A lo lejos bajaba el polvo que semejaba una espesa bruma. Se derrumbaba por los costados del cañón, formando una catarata como si fuera de algodón. Cientos de rocas reverberaban ante los reflejos del cielo pálido. Si se pudiera describir aquel planeta con una palabra sería: agonía. Todo lo que veía no tenía vida o estaba próximo a perderla.
Era fácil perder la razón en un lugar como aquel. Él había visto tipos más duros que Donovan quedar sin rastros de cordura. La soledad, el trabajo, la lejanía del hogar, la falta de afectos. Eso, muchas razones más, podían ser demasiado para un hombre. Inclusive él había tenido sus momentos de debilidad. Jamás sabría, a ciencia cierta, que tan cerca había estado de cruzar la línea. O si podría llegar a suceder algún día.
La voz de Martínez lo sacó de sus pensamientos:
—Vamos Josh. Tenemos trabajo que hacer.
(*) Fragmento de “La tercera expedición” de “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury
    Mención de honor en el Concurso de Ficción Especulativa "Andrómeda", España,  2009