jueves, 31 de agosto de 2023

Extraños en la plaza

 

La cosa no funcionaba. Hacia bastante que había dejado de funcionar. Pero Paula tuvo la idea, que tal vez si dábamos unos de esos paseos como antes, algo se podría recomponer. Era extremadamente difícil en un par de horas se pudieran solucionar desencuentros de años. Pero, ¿Qué se perdía con intentarlo?

Estábamos sentados uno frente al otro. Nerviosos. No como cuándo éramos novios, era otro tipo de excitación. Podría llamarse desconcierto. Haber convivido tantos años y no conocernos.

—Señor ¿Qué le traigo? —el mozo me habló con aire formal.

—Dos cafés con leche ¿Querés un pebete?

—Si—casi musito.

—Y un sándwich pebete de jamón cocido y queso, gracias.

Estuvimos caminando un buen rato por la avenida principal. Mirando escaparates y eligiendo dónde ir a tomar algo. Elegimos una pizzería con aire moderno. Profusamente iluminada y con una arquitectura fría e impersonal. Cuando éramos novios, hubiéramos huido de las avenidas, y seguro, que el lugar sería más cálido y penumbroso.

—Está lindo este lugar.

—Si, es tranquilo.

—¿Estás cómoda?

—Si, vos sabés que yo me arreglo—sonó dubitativa.

—No, si no te gusta, vamos a otro lado.

Llegó el mozo con el pedido y lo depósito sobre la mesa.

—¡No seas tonto! Estoy bien. No nos vamos a ir ahora… lo que pasa…

—¿Qué?

—No le encuentro mucho sentido a esto.

Otra vez comencé a comparar. Las comparaciones son odiosas. Pero, en otros tiempos, el alba nos encontraba charlando en algún cafetín de mala muerte. ¿De qué? ¡Quién se acuerda! Seguro que de bueyes perdidos. Pero que importaba, el placer estaba en estirar la charla. En estar con el otro, disfrutar de su compañía. Ahora, en cambio, se le notaba la tensión en el rostro. Estaba esperando terminar el emparedado y su café con leche para huir. No hacía ningún esfuerzo para llevar la conversación.

—¿Qué te parece si salimos a caminar un rato?

—Si, está lindo para caminar.

—Lejos de la avenida…

—Si, mejor, tanta gente me molesta.

Si, siempre le habían molestado las aglomeraciones. Los encierros y las alturas. Más algunas otras manías, que yo sistemáticamente pasaba por alto en nombre del amor. Es notable, como ciertas manías que resultan hasta risibles, luego de una larga convivencia llegan a ser molestas. Uno no vive pendiente de eso, pero cuándo aparecen piensa: ¡otra vez!

—¿Y? ¿Le estás encontrando el sentido?

Me miró con ese aire que ponía cuándo está a la defensiva.

—Mirá, no empieces de nuevo con esas bobadas…

—¿Te referís a abrazarte, besarte?

—Creo que ya estamos grandes…

—Para esas cosas…

—Si.

—Tranquila, solo quería charlar, disfrutar—la miré un instante, todavía estaba tensa—yo sé que la cosa ya no va. Solo me pregunto si alguna vez anduvo.

El silencio se volvió espeso.

La peor respuesta.

Sin quererlo entramos en el parque. A esa hora estaba vacío y silencioso. Dio la casualidad que estuviéramos cerca de los juegos infantiles. Un tobogán, cuatro subibajas, un carrusel, una calesita y varias hamacas.

—La arena se me va a meter en los zapatos.

—Mujer, ¡antes caminabas descalza por el pasto! —le dije calmadamente—los sacudís un poco después, y listo.

Se acercó a una hamaca y se sentó. La luz de la luna daba en su cabellera, aún larga, aún rubia, con algún toque de ceniza.

—¿Me quisiste alguna vez? —apremié la respuesta.

Otra vez el silencio. Más doloroso que cualquier respuesta. Dudaba. Estaba confundida.

—Parece que esto…

—No tiene arreglo—terminé la frase.—Todavía nos entendemos, por qué no buscamos la manera.

—No hay manera. Vos querés algo que yo no puedo darte—se notaba que estaba apesadumbrada—querés volver el tiempo atrás, ser lo que fuimos… no se puede.

El desamor es como una casa vieja. Cuando comienza la reparación, si estás en el tejado, seguro que se revienta una cañería. Y si revisas la línea eléctrica, los problemas surgen en el tendido de gas.

—Mirá las estrellas —levanté la vista hacia la luna—y la luna ¡Que hermosa!

Miró un instante el cielo. Después me miró, diría casi con lástima.

—Se nota que sos un bohemio—me acentuó cada una de las sílabas—cuándo lo que importa es el dinero, te ponés a mirar las estrellas. Ya no tengo veinte años para andar mirando las estrellas.

—Cuándo te conocí, tampoco tenías veinte años.

Pero yo creí que eras más… más…

—¿Ganador? ¿Comerciante? ¿Adinerado?

—Si. Pero no te interesa nada el dinero.

Lentamente estaba derivando en lo de siempre. En un rato estaríamos discutiendo.

—Tal vez hubieras necesitado un hombre más arrollador y práctico a tu lado—la miré intencionado—como tu ex, que de paso te molía a palos…

—¡No tenés necesidad de ser grosero!

Si… perdón.

Quedamos en silencio, exhaustos y desalentados. Definitivamente, Paula no había tenido una buena idea.

—¡Qué lástima! Está tan limpio el cielo, tan linda la noche—hablé por decir algo.

—Vamos a casas—e paró—, y te cebo unos mates.

Me senté en un subibaja. En otras épocas, ella estaría en la hamaca y me pediría que la columpiara. Y estaríamos horas riendo y mirando las estrellas.

¿Qué nos había pasado?

—Dale, vamos—me volvió a hablar, desde la salida de los juegos—está cayendo rocío. Te vas a resfriar.

Era cierto. Sobre los columpios y los otros juegos se podía ver una fina capa de agua. Y había refrescado. Al menos tenía frío. En el cuerpo y en mi alma.

—Dale… vamos.

Ya estaba más lejos. Como siempre, últimamente. Lejos.

Me refregué los hombros y miré de nuevo las estrellas. La luna inmensa y gélida.

Me paré y comencé a seguir a la desconocida que me estaba llamando.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"El desamor es como una casa vieja." ¡Qué buena analogía!

Anónimo dijo...

El amor nunca es como lo recordamos, la memoria y la nostalgia son trampas de la mente pues selectivamente recuerda lo bueno. El amor no se forza ni se deja, el amor es vivir en sintonía con el alma y el cuerpo.

Matias dijo...

Excelente! Como me ha hecho reflexionar