Ahora estaba desplomada
en un sucio furgón que la llevaba hacia el Oeste, más allá de los suburbios.
Desde hacía años, tal vez demasiados, para ella la felicidad era un carro lleno
de cartones y un trago de vino barato. Y música cuartetera estridente y alegre.
—Cata ¿viste la guacha
nueva? ¡Lindo carocito! ¿No? —le decía Pocho.
—Pocho, ¡Andá a cagar!
Rescatate chabón, estoy cansada.
—Ta bien ¡Como estamos
hoy!
También hacia demasiados
años que Catalina se había transformado en Cata. Los rigores de su vida, la
habían endurecido. Sabía que, para luchar por un pedazo de cartón, en un mundo
de machos, tenía que convertirse en un igual. Lo había conseguido, ¡Vaya si lo
había conseguido! Esa lucha le había dejado algunas cicatrices en el cuerpo y
unas cuantas más en su alma. Claro que más de un tipo se había llevado una
sorpresa con ella y algún puntazo de recuerdo. Para ella los muchachos eran
compañeros, y las chicas… otra cosa.
Cata mataba el tiempo del
viaje leyendo diarios viejos. Le gustaban las páginas de chismes, el horóscopo
y la quiniela. Después miraba los titulares:
“Mueren 30 personas en
atentado en Irak”
“Los palestinos llaman a
conversaciones por la paz”
“Empezó la venta de las
entradas para Racing versus Independiente”.
Pese a que creía que era
emancipada, Cata era prisionera de sus rutinas. El tren salía y llegaba siempre
a la misma hora. Aunque casi nunca cumplía el horario, tenía que esperar,
porque había un solo “Tren blanco”. El tren de ellos: los cartoneros.
Se podía pensar que el
destino de Cata, tenía algo de genético. Sin padre, su madre vagaba por las
calles en busca de unas monedas, para sus tragos. Ella no trabajaba, solo
pedía. Por otra parte, no todos sus hermanos eran como ella. Algunos, sobre
todo los varones tenían una estúpida vida normal. Con sus estúpidas esposas
normales, y pequeños estúpidos niños normales, que criar. Estúpidas casas
normales, con sus estúpidos jardines normales, que regar. Y cuándo terminaran
sus estúpidas vidas normales, los archivarían bajo una estúpida lápida normal,
en un estúpido cementerio normal.
—Catita ¿No querés una
tuca?
—No Pocho, hoy no quiero
nada—respondió fastidiada—ni birra, ni vino y tampoco fumar nada ¿Entendés? ¿No
te había mandado a cagar ya?
—¡Está bien yegua! Andá
vos a cagar, no sé qué bicho te picó.
Pocho se fue con el grupo
que venía riendo y hablando a los gritos. Un poco de marihuana y cerveza,
hacían la vida más llevadera.
Siguió leyendo, mordiendo
la rabia:
“Bajó la tasa de
desempleo otro 0.5 por ciento” “Creció el Producto Bruto Interno, por tercer
trimestre consecutivo”
Después de hacer la cola
para vender sus rejuntes, con los pocos pesos; tenía que comprar algo para
echar en el estómago. Un poco de fiambre, pan y vino en cajita. Después dormir
un poco, y si tenía algo de suerte, esperar el sábado a la noche para ir a
bailar con alguna de sus amigas. Y tener sexo. No pensar por una noche en el
jodido lunes y en la vida que seguía.
Antes de dormirse de
cansancio, leyó algo así como:
“Nuevo récord en la
cosecha de soja”
“El Ministerio de
Economía evaluó el comportamiento de los últimos parámetros, pronosticando un récord
para la cosecha de soja, en el segundo trimestre del año. Esto aportara un
punto más al cálculo del crecimiento del Producto Bruto Interno, y una cifra
cercana a treinta millones de dólares extra, para las reservas del Banco
Central.”
2 comentarios:
Muy lindo cuento Ricardo ♥️
Tus historias merecen ser contadas. Escribe con valentía y comparte tu voz con el mundo
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