domingo, 17 de septiembre de 2023

Informe sobre locura irreversible

 

El planeta Tierra se había convertido en una absurda paradoja. Vastas extensiones desérticas lindaban con monstruosas ciudades, dónde el hombre se esforzaba por recrear todo lo que había perdido del medio ambiente. Como en un edificio inteligente, una mega computadora controlaba no solo todos los servicios esenciales, sino también: la temperatura, la presión atmosférica, la humedad, la velocidad y la dirección de los vientos, las lluvias, el oleaje y las mareas; y todo aquello que por desaprensión o imprevisión ellos mismos habían acabado.

Los bestiales conglomerados edilicios yacían bajo enormes campanas protectoras. Fuera de ellas ya no existían ni la flora ni la fauna, tal como se la hubo conocido. Ni fenómenos climáticos. Los mares y los ríos (o lo que de ellos quedaba) estaban enfermos de muerte.

Por lo tanto, no podían engendrar vida. Ya no había bosques. Ni tundras. Ni valles. Sólo una planicie arenosa, interrumpida por alguna que otra duna. La regaba de vez en cuándo una lluvia ácida y espesa. Un clima caluroso o extremadamente frío. Y bajo un cielo entre violáceo y color cobalto una atmósfera turbia y venenosa. Ningún vestigio de vida.

Los cambios sociales, políticos y económicos también habían sido abruptos.

El fin de las ideologías había sido el comienzo de todo.

Extrañamente los bloques antagónicos comenzaron a desaparecer. Todos los países del orbe adoptaron la economía de mercado. Todos trataban de vender más. De privatizar más. De eliminar los gastos superfluos, como la mano de obra sobrante. De bajar los costos, los sueldos, los beneficios sociales. De automatizar los procesos de producción.

Las inteligencias artificiales reemplazaron el trabajo de miles y miles de personas. Siguieron el proceso iniciado con la robotización.  

Luego devino un salto en los índices de desocupación.

Todos trataban de vender al mismo tiempo, pero escaseaban los compradores. Los métodos para comercializar se hicieron más y más salvajes. Espionaje industrial. Maniobras espurias en las bolsas de comercio mundiales. Estafas digitales.

Aquellas megaciudades que llevaban la delantera en tecnología y economía se agruparon en grandes bloques. Eran los bloques centrales.

Los otros, los periféricos, se veían obligados a tomar préstamos para financiarse. Pero como siempre iban a la saga, ni siquiera podían pagar los intereses. Los grandes bloques económicos los obligaron a prendar sus riquezas naturales, a hipotecar sus territorios nacionales. Así comenzaron a desaparecer las nacionalidades; cuándo los bloques deudores fueron anexados por los poderosos.

En esos tiempos sucumbió la política, tal como se conocía. Primaron los intereses económicos. Lentamente los tecnócratas fueron tomando el poder.

Sólo ellos podían manejar los avances tecnológicos.

Entonces sucedió todo prácticamente al mismo tiempo.

La escasez de trabajo devino en violentos reclamos, hambruna y pestes. Una de estas cobró millones de vidas, antes que los científicos encontraran la razón de tamaña mortandad.

Estalló la insurrección generalizada.

La ecología jamás había sido una prioridad para la sociedad de consumo.

Ahora, mientras las enfermedades y el hambre diezmaban a la raza humana, mientras los más terribles enfrentamientos armados quitaban el poco de cordura que quedaba; el planeta Tierra envío las primeras señales del desastre que se avecinaba.

Las aguas del Mar del Norte entraron en ebullición. Un gigantesco embudo lanzando fuego y magma surgió a kilómetros del Ártico. Una gigantesca ola cubierta de peces muertos y algas arrasó las ciudades costeras. Que jamás volverían a levantarse.

Cantidades inmensas de vapor se elevaron al cielo. Los lechos de los ríos y los mares vomitaron muerte a raudales.

Los sobrevivientes se agruparon con reminiscencias tribales. Por décadas lucharon por recuperar su pasado esplendor. Reconstruyeron sus ciudades. Las aislaron del hostil medio ambiente con escudos de poder.

Levantaron sus pirámides, que recreaban el sistema económico caníbal que casi termina con ellos.

La biogenética, la agronomía, la veterinaria y todas las disciplinas científicas lograron crear un paraíso artificial. Casi como de realidad virtual.

Todo estaba allí como había sido.

Las lagunas, cascadas y arroyos. Los montes, las quebradas y las colinas. Los animales, aún los más exóticos, nacían por clonación. Los vegetales de mayor tamaño y sin enfermedades ni plagas. Un sueño que lamentablemente no alcanzaba para todos. Las leyes inmutables de la economía decían que para que algunos gozaran de aquellos privilegios, otros muchos tenían que joderse.

En los sórdidos arrabales. En las entrañas de aquella megaciudad, dónde todas las noches caían por sus sucias cañerías los excrementos y deshechos de los más afortunados; hordas de desarrapados luchaban por vivir un día más. No podían imaginar más futuro que las próximas horas que le tocaban sobrevivir.

Algunos rescataban de los canales, dónde flotaban las inmundicias, aquellas cosas que podían malvender. Otros arriesgaban lo poco que le quedaba de vida reciclando materiales radioactivos. Los más malvivían delinquiendo.

Los afortunados no manejaban dinero.

Dentro de sus cerebros tenían unas pequeñísimas plaquetas de silicio, plasma y células cerebrales modificadas. Se los llamaba biochips, estos estaban de alguna manera conectados a la mega computadora que manejaba absolutamente todo dentro de la Corporación. La llamábamos cariñosamente MEGAN. Ella monitoreaba todas nuestras necesidades y nos creaba unas cuantas más.

Dentro del biochip se encontraba toda la información del sujeto: código de trabajador, aportes sociales, aportes médicos, aportes corporativos (diezmo), y cualquier otro concepto deducible.

La historia clínica, antecedentes familiares, mapa genético, currículum vitae, trabajos realizados y, por último, los créditos salariales.

Los que podían acumular créditos en sus biochips, luego los utilizaban para sus necesidades básicas y de las otras. Por ejemplo, la adquisición de algún modelo de biochip más avanzado, con más y mejores aptitudes (apt). Estas aptitudes aumentaban los conocimientos, pudiendo acceder al banco de memoria de MEGAN. Otros desarrollaban los medios cognitivos o los sentidos de manera inaudita. Muchas de aquellas personas coleccionaban aptitudes para ir modificando por completo su mente. Eran los opulentos, a los cuáles no les faltaba nada en absoluto, y por extraño que pareciera, esta placidez y falta de desafíos los llevaba a la abulia sexual, a la insensibilidad emotiva, a dejar valorar las cosas más sencillas. Necesitaban cada vez implantes, más avanzados, que los hiciera oír sonidos lejanos, vibrar al contacto de las más fina de las lloviznas, encontrar la más recónditas de las texturas en su paladar.

Bastián tenía esos problemas. Exactamente inversos. Jamás podía acumular créditos, más bien era experto en solicitar adelantos, en estar sobregirado de débitos.

En esos casos, a diferencia de los más acomodados, los que no podían ordenar sus economías corrían serios riesgos de caerse del sistema.

Literalmente.

Los biochips registraban todos los ingresos y egresos. Cuando se convertía en deudor crónico, el banco de datos financieros de MEGAN iba decodificando cierta información que llevaba a la desconexión. Estar desconectado significaba lisa y llanamente pasar a forma parte de las hordas que patrullaban los subsuelos de aquel lugar. Lejos de sus pirámides relumbrantes, de sus comodidades artificiales.

Cerca de la muerte en vida, del dolor y la pestilencia.

En el caso de Bastián había recibido una amonestación. Una última oportunidad de redención. Debía efectuar ciertas tareas extras para la Corporación sin cobrar un solo crédito de más.

Tenía un miedo irracional a una especie de mito urbano. El de los desconectados. No sólo los que tenían problemas económicos podían desaparecer. En algunos casos aquellos que se oponían a ciertas normas de la Corporación también habían desaparecido.

Se decía que los trasladaron… pero los rumores hablaban que caer en desgracia con alguien importante era la muerte en vida.

Inclusive los ascensos, llegar a formar parte del exclusivo círculo de Los Mayores,  podían impulsar más de una caída. Siempre alguien comentaba que había conocido a un vecino que un buen día desapareció sin dejar señales en su camino.

Pero Bastián estaba seguro que eran estúpidas mentiras.

Como esos viejos cuentos infantiles o como los miedos atávicos infundidos por ciertas religiones. Cuánto más lo analizaba, más se convencía.

La mente racional de Bastián, de psicoterapeuta se lo confirmaba.

Pero aun así tenía un cierto resquemor.

Uno de los motivos que le hacían dudar era la falta absoluta de ancianos en la sociedad. Se decía que la Corporación los tomaba bajo su cuidado. Pero era extrañísimo que uno nunca se cruzara con uno en ningún lado. Sea lo que fuere, el temor estaba.

Él no quería ser desconectado.

Terminaba de escuchar los últimos acordes del himno de la Corporación, y rompiendo filas, se dirigía a cumplir con la penalidad que le habían impuesto.

Pese a los avances en el campo de la psicología y la cirugía que habían subsanado muchísimas disfunciones cerebrales, algunos organismos rechazaban los biochips.

En otros casos directamente, sin saberse los motivos, no surtían ningún efecto. Los sujetos seguían con sus conductas enfermizas, tenían sus propias ideas anárquicas, sus propios pensamientos independientes, sin que MEGAN pudiera influirlos.

Eran los casos de locura irreversible.

A Bastián le tocaba investigar porqué aquel tipo no respondía al tratamiento.

El sujeto en cuestión tenía severos rasgos paranoicos, con delirios persecutorios y algunos arranques místicos. Todo un caso clínico.

El lector de MEGAN estaba corroborando mi identidad, leyendo las características personales a través del análisis de los impulsos cerebrales en el biochip.

—Buenos días, doctor Bastián—todavía la voz de MEGAN sonaba metálica e impersonal dentro de su cerebro—, su paciente le espera en el tercer subsuelo, Sector Amarillo, consultorio 328, gracias.

El consultorio era una amplia sala ovoide dónde predominaban los colores amarillos. El lugar de trabajo tenía un cómodo sillón cerca de un escritorio, con una pantalla holográfica y los controles al alcance de la mano. Enfrente en otro sillón, apenas reclinado, estaba el tipo sujeto con unas suaves ligaduras que se parecían el obsoleto neoprene. En realidad, era un material híbrido; una mezcla de mineral, plasma, polímeros y otros elementos secretos que tenía una notable versatilidad y resistencia. Sus usos eran ilimitados y se lo conocía como plasmodium. Este material cambiaba su forma, densidad, color y transparencia, según se necesitara.

—MEGAN, ¿puedes liberar al paciente? ¡Ah!, y desconecta los biochips, aísla la sala.

-—Doctor, ¿el suyo también lo desconecto? —preguntó MEGAN.

—Momentáneamente.

—Doctor… ¿Cuánto tiempo?

—Digamos, una hora MEGAN —ordenó.

—Doctor Bastián ¡Muchas gracias! —el hombre lo miraba con gesto de gratitud sincera. Dio unos pocos pasos inseguros y luego se me quedo mirando con gesto intrigado.

—¿Cómo durmió anoche Octavius?

—No muy bien doctor ¡Ellos vinieron de nuevo!, quieren saber… doctor… no me dejan dormir… yo…

—Un segundo, amigo, un instante—trató de calmarlo—, ¿tomó la medicación? ¿Quién lo está vigilando?

—¡No!, doctor, no lo llame… él está con ellos.

El tipo estaba empeorando. Su paranoia lo llevaba a ver un enemigo en cada persona que estaba a su lado. Tenía que cambiar de tema, tenía que ganar su confianza.

—Doctor ¡Ellos saben!, del proyecto, pero ignoran los procesos claves. Entonces por las noches vienen y me torturan, me interrogan… ellos… ellos…

—¡Octavius! ¡Estoy tratando de ayudarlo! —debía de utilizar el principio de autoridad— ¡Yo le permito desplazarse libremente! Estoy tratando de entender su problema. ¡Nadie aquí es su enemigo! Todos nos esforzamos por ayudarlo.

El hombre parecía apesadumbrado. No respondió a mis dichos, pero tampoco se alteró más.

—Escúcheme Octavius, he logrado que MEGAN aísle este lugar, que nos desconecte. Estamos en un clima de intimidad. Usted está protegido por el código ética de mi profesión, todo lo que diga quedará entre estas cuatro paredes, ¡Se lo prometo!

Pese a las garantías que le ofreció, sabía que ante un desborde del sujeto MEGAN podía actuar por su cuenta. Pese a estar desconectados ella sabía todo lo que ocurría en todos lados, no solo en esa sala.

El tipo tenía un severo cuadro de paranoia y delirio persecutorio.

En estos tiempos era un síndrome prácticamente inexistente. Entre los medicamentos, los implantes y las clonaciones no había patología, por muy grave que fuera que no se pudiera corregir.

—¿Por qué no nos relajamos? ¿Por qué no conversamos un rato? —le propuso con voz calma.

—¿Usted, quiere escucharme doctor?

—Su autocontrol está mejorando, Octavius sino no lo hubiera liberado—seguía persuadiéndolo—, ¿de qué quiere hablar?, lo escucho.

—Recuerdo… ¿doctor que a usted le gusta el arte, la historia? ¡Como a mí!

—Ciertamente.

—Pues bien, doctor, voy a hablarle de mis obsesiones, y ello tal vez nos lleve cerca de nuestros gustos—Octavius hablaba como ante una cátedra.

—Adelante…

—La luz, doctor… la luz es mi obsesión—dejó la frase misteriosa flotando en el aire unos segundos, antes de añadir—, las investigaciones científicas sobre la luz se acercan a un terreno en que las metáforas poéticas se entrechocan con las descripciones matemáticas, produciendo una imagen del Universo, de la materia, de la energía y, especialmente, de la luz, que desafía la imaginación. Cobra más fuerza, entonces, una visión holística, integrada y general de lo que debería ser un conocimiento que pretenda dar cuenta de esa materia inmaterial, de esa onda formada por partículas, de ese objeto que no tiene ni masa ni peso, que desafía todo conocimiento, y que sin embargo es la metáfora misma de la vida: la luz—retuvo solo un instante su alocución—, ¿ha escuchado, doctor, frases como: “se iluminó su rostro”? O: “la luz se hizo en su mente”, “por fin vio la luz” —se quedó mirando.

Sin mucho entusiasmo, por qué no entendía mucho de su discurso, respondí:

—Muchas, por cierto.

—Bien, luego tenemos estudios completos de óptica que trataron de arrojar algún conocimiento sobre el asunto. Pero con serias discrepancias. Y en algunos casos de tono místico.

En el Antiguo Egipto, la luz era emanación de Divinidad; cuándo el ojo estaba cerrado, el mundo sucumbía en oscuridad. Los hombres habían surgido de las lágrimas de ese ojo que iluminaba.

Los babilonios, no solo intentaban descifrar los cielos, sino que aseveraban una lucha entre las tinieblas y la luz, era su concepción religiosa.

Sin abandonar por entero su carácter divino, la luz se convierte para los griegos en objeto de estudio, en el ojo griego la visión es activa. Del ojo parten los rayos luminosos que permiten ver los objetos. Según Platón: el fuego del ojo hace que este emita una suave luz. Esta se fusiona con la luz diurna y conforman un cuerpo homogéneo que sirve de puente entre los objetos externos y el alma. Ver es una actividad humana esencial que va desde el ojo al mundo. Esta teoría guarda concordancia con un mundo centro del Universo, en el que el Sol gira a su derredor. El propio Platón y Empédocles, entre otros, iniciaron una célebre discrepancia con Aristóteles. Él aseguraba que la luz no se propagaba. Que nada pasaba entre el ojo y la luz. Esta era un estado o cualidad del medio, y así como el agua podía congelarse de golpe; la transformación de lo “potencialmente transparente” en lo “transparente” en el acto, que es la luz; puede ocurrir simultáneamente por doquier.

—¿Dónde nos llevará todo esto? —Pensaba Bastián.

—Pese a lo difícil de entender su posición, si un mundo a oscuras “se ilumina”, de pronto, la propagación no es una necesidad lógica. La luz puede ser un cambio universal de estado—siguió el hombre con su exposición—. El matemático Euclides, iniciador de la concepción mecánica de la visión en su “Óptica”, insiste en lo esencial del rayo visual en el proceso.

El árabe Al Hazen elaboró una teoría en la que relacionó el lenguaje matemático de Euclides, con los rayos físicos y exteriores del ojo. Incluso describió claramente la cámara oscura

Kegler, en el siglo XVII, pese a dar una explicación geométrica integral de la cámara oscura, no pudo resolver un pequeño problema: ¿Cómo es posible que la imagen de la retina este cabeza abajo cuándo vemos el mundo arriba? Hoy este problema lo soluciona la psicología de la visión ¿No es cierto, doctor?

—Efectivamente—era mejor que dejara discurrir los temas que abordaba, a ver si los llevaba a algún lado. Por lo menos su mente desquiciada era sumamente pedagógica para Bastián.

—La mecánica cuántica nos ofrece una respuesta diferente de esa espiritual que buscaban los egipcios, al sostener que la luz vinculaba a los hombres con el Dios Ra. Desde Homero a lo largo de tres milenios los artistas occidentales no han dejado nunca de preocuparse por la luz y por los problemas que plantea la percepción. Desde los románticos alemanes del siglo XVIII hasta las experiencias en la escultura de la luz de Louis Khan en el siglo XX, pasando por los poemas místicos de Blake o la poesía de Whitman, o de Rimbaud, el arte no ha cesado de presentar visiones nuevas de la luz. Y es sabido que los artistas y los locos suelen ser la voz de Dios.

Lo observó un instante y luego de resoplar continuó:

—Doctor, no lo quiero aburrir.

—Usted no me aburre, se lo aseguro.

—Bien, doctor, el tema se va a complicar un poco. Volvamos al tema de la luz. Durante estas discusiones se hablaba de la velocidad de la vista. El interés de esos autores antiguos sobre la percepción continúo durante dos mil años. Aún John Pecham, el óptico medieval más difundido, escribió sobre ellos y no sobre la velocidad de la luz, en su importante “Perspectiva Communis”. La incertidumbre sobre el futuro que plantea la mecánica cuántica (que llevó a una famosa discusión entre los dos más grandes físicos del siglo XX, Albert Einstein y Niels Bohr), está en el carácter de utopía racional que encarnaron las teorías materialistas. Por ejemplo, los descubrimientos de Faraday, radicalizados en las ecuaciones de Maxwell, permitieron pensar a los científicos que la explicación final del Universo se estaba por alcanzar. Error una vez más: fue el estudio de la naturaleza de la luz lo que introdujo nuevas variables. Nuevos problemas. Como si realmente fuera un don divino, más que un objetivo de estudio científico. ¿Curioso, no? ¿Y si en vez de divergir la teoría divina y la física cuántica convergieran? ¿Qué es esa energía mental que anima la vida? ¿Si la luz externa realmente proviniera de Dios? Y eso, que la teología llama “alma”, ¿Fuera nuestra luz interna? ¡Podríamos tal vez usando ese fuego interno viajar por el espacio y el tiempo!

Aunque provenía de una mente alterada, el tipo planteaba una teoría intrigante. Bastián lo azuzó:

—Interesante, se pone interesante.

—Esto nos lleva a mi segunda obsesión: el tiempo. ¿Habrá usted observado doctor la similitud intrínseca entre mis dos obsesiones? El tiempo es tan intangible como la luz, y más que un arbitrio humano, es una entidad divina. Disculpe si sueno místico, pero ¿No será Dios el que le brindó al hombre la posibilidad de medir el tiempo, para que, ante la evidencia de su vida perenne, corroborara su grandeza?

Ahora su conducta se agravaba. Era una alteración similar al Complejo de Dios. Pontificaba basándose en datos científicos, con una extraña mezcla religiosa.

—Doctor,  llevé años de estudio sobre el tema—su mirada, la de un poseso, le atravesaba y se perdía en la pared a sus espaldas—, no quiero abrumarlo con datos de física cuántica, solo le quiero decir que al investigar más, como en el caso de la luz, los casos se volvían más y más insolubles. Como en un jardín cuyos senderos se van bifurcando o en un malévolo laberinto de espejos. Pero luego de mucho batallar conseguí que la Corporación se interesara en el tema de los viajes temporales. La forma de encarar el proyecto fue por el método empírico, prueba y error; vuelta a comenzar y con un poco ortodoxa mezcla de disciplinas.

Utilizaba conocimientos que mis colegas tradicionalistas hubieran llamado improcedentes. Mis estudios de culturas milenarias, como los monjes Zen. Los hindúes con la meditación trascendental, unían la ciencia con una mística religiosa, y yo, a los efectos, usaba un plan similar. Estas civilizaciones por medio de una técnica corporal y espiritual lograban espaciar el ritmo cardíaco, la respiración, e inclusive la actividad cerebral. Permanecían en suspensión animada durante mucho tiempo. Podían levitar y mover objetos a distancia. Algunas civilizaciones hablaban de un tercer ojo, que percibía imágenes mentales. Lo que se conocía por fenómenos parapsicológicos. Estas visiones podían ser del pasado, del futuro, cercanas o lejanas en miles de kilómetros.

Otro fenómeno paranormal eran los viajes estelares. Usted debe haber soñado, y en un momento de su vigilia, sentir que se caía de algún lado.

Asintió sin mucho entusiasmo.

—Pues bien, se afirmaba que ese sueño recurrente, era en realidad un acomodamiento del alma en su envoltorio carnal; y si uno desarrollaba la habilidad necesaria en el momento de la caída podía comenzar a viajar por el infinito Cosmos, dejando el cuerpo en descanso.

Otros de los fenómenos que estudié fueron las célebres abstracciones mentales, aún del propio Einstein. Luego de sus ensimismamientos volvía quién sabe de dónde con la solución de sus maravillosas ecuaciones, indemostrables muchas de ellas en el terreno de la práctica. Thomas Alva Edison dormía sus siestas en medio de atroces problemas, y luego, al despertar traía las soluciones.

Usted se preguntará que tienen que ver estas investigaciones históricas con mis obsesiones sobre los viajes temporales.

La luz y el tiempo.

—Si—dijo escuetamente.

—Veamos: la masa elevada al cuadrado se transforma en energía y esta energía permite a su vez el viaje temporal. La masa en energía mental, llamada teológicamente alma o espíritu. Liberado de su lastre corporal puede viajar en el espacio y en el tiempo. ¡Por eso fracasaban los vehículos para viajar en el tiempo! Nada es más veloz en el universo que la propia luz. Nada se puede acelerar más que ella misma. Solo el alma, o la energía mental pueden superar esa velocidad.

La Corporación tiene en el Gran Desierto del Oeste un laboratorio desactivado. Está en línea recta, unos 20 km., con la zona de recreación de los Lagos Occidentales, detrás de unas grandes dunas. En el exterior de la campana de la megaciudad. En ese laboratorio existe una máquina cuyo objetivo era la traslación molecular (tele portación de materia). De ese proyecto inacabado, nosotros modificamos el sentido del artilugio. Lo convertimos en un acelerador de energía. MEGAN nos brindó una ayuda limitada, pues era un proyecto ultra secreto. Logramos con pleno éxito separar el alma, la energía mental o lo que fuera, y realizar los viajes temporales.

Trató de evitar mostrar su desaprobación. Le fue imposible:

—Escuche Octavius, se puede refutar una por una sus afirmaciones pseudo científicas. Tanto las abstracciones como cualquier otro fenómeno de la mente pueden ser explicados por mi disciplina—dijo Bastián con energía—. En la actualidad todas las funciones del consciente y el inconsciente tienen explicación lógica, racional y científica.

—Doctor Bastián ¡Usted me decepciona! —el tono de la voz era helado—si decidí confiar en usted es porqué pensé que diferente de los demás.

En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral,  Friederich Nietzsche crítica en forma frontal la pretensión de la verdad científica. Redefine allí a la verdad como “la mentira socialmente aceptada”. O puede negar que en la antigüedad, como durante la Inquisición, cientos de seres humanos, por el mero hecho de adelantarse a su tiempo, fueran torturados, quemados vivos, acusados de íncubos o entes demoníacos. O como en mi caso acusados de dementes… y silenciados en psiquiátricos.

Tardó en darse cuenta de su error. Llevarle la contraria. Pero ya era tarde.

—¿Tanto le cuesta asumir la idea que está ante un hombre que viajó en el tiempo? Los que me encerraron dicen que estoy saturado de trabajo, que entré en crisis. Pero con esa excusa me alejaron del proyecto. ¿Doctor los indicadores de actividad cerebral le indica que está en presencia de un demente?

—Nadie dice que usted…

—Doctor yo sé por qué estoy en esta situación, fíjese en lo que le dije, por favor.

Una rápida lectura a los indicadores de actividad cerebral demostró una normalidad absoluta.

—Estoy en esta situación porqué me negué a que mi proyecto sirviera para un lucro meramente comercial. ¡Imagine usted esta maravilla! ¡Vendiéndose al mejor postor! Como si fuera un viejo parque temático, una cola de gente pagando su entrada para ver al Michelangelo en el momento preciso en que terminaba la Capilla Sixtina, o a Napoleón explicando a su plana mayor la estrategia la noche previa a la batalla de Waterloo. Esto no tendría nada de reprochable si se hiciera para obtener más conocimientos. Pero sería repulsivo venderlo como una mera diversión. Comprende doctor.

—Si, lo entiendo—y compartía su posición, si el tipo no estuviera desequilibrado.

—Pues bien, doctor, la solución que encontraron es tan antigua como la intolerancia en la Humanidad. Todos los trabajos, el diseño tecnológico y científico están en MEGAN, pero para reproducir el experimento necesitan una parte sustancial, que está, literalmente en mi cabeza.

Ellos me recluyeron en este psiquiátrico, y cumplen dos objetivos. Evitan un tipo molesto en el proyecto, y a la vez tratan de sonsacarme mis secretos. De noche vienen y me torturan. ¡No son pesadillas doctor! Tampoco alucinaciones. Ellos quieren el secreto del proceso de los viajes temporales. Hasta ahora fracasaron debido al dominio que tengo sobre mi mente y mi cuerpo. Ellos me pueden aprisionar, torturar y agotarme. Pero durante esos momentos lo esencial no está aquí. Ellos lidian con la materia inservible, mientras mi alma vaga libremente.

Echó un nuevo vistazo a los indicadores análogos de la mega computadora. La respiración era normal, el corazón latía dentro de los parámetros, la actividad cerebral era la de una persona lúcida. Ante tamaños disparates algunas de las variables tendrían que tener una lectura extraña ¡Y no era así! Tenía para empezar: paranoia severa, delirio persecutorio, mitomanía y Complejo del Mesías

—Tal vez doctor ¡Usted no cree lo que le digo! Es lógico, si yo estuviera en su lugar, con la información que maneja sobre mi persona, tampoco creería. Pero una pequeña demostración lo puede convencer.

El tipo se lo quedó mirando con el mismo interés que un entomólogo le podría dispensar a un nuevo espécimen.

—Usted dirá ¿qué debo hacer? —¡total que podría perder!

—Nada, usted absolutamente nada, excepto observarme doctor. Y las pantallas de la mega computadora. ¿Está listo doctor?

Asintió en silencio.

El hombre se dirigió a su asiento y comenzó una serie de ejercicios respiratorios. Aspiraba y exhalaba en forma ruidosa y veloz. Lentamente comenzó a decrecer el ritmo. Y algo fuera de lo común comenzó a suceder. A medida que su respiración atenuaba, su rostro empalidecía. Los labios se tornaban grisáceos y su cutis una máscara de sal. Al fin quedó rígido en su sitio. El color marmóreo de su piel le daba imagen de estatua.

Miró los indicadores. Nada en lo absoluto. Su corazón detenido, los pulmones, la irrigación sanguínea, ni siquiera actividad cerebral. ¡El hombre se le había ido en sus narices!

Quedó en un gran estado de confusión. Si hubiera estado conectado a MEGAN podría haberlo reanimado en segundos con ataque masivo de suero, adrenalina y electrochoque. Pero era muy tarde.

Entonces sucedió:

Una imperceptible onda recorrió uniformemente la pantalla. El corazón se agitó suavemente.

Luego los pulmones se movieron. El cerebro envió una débil señal. Pasó un puñado de minutos y se repitió. Luego una vez más. Y otra. Y otra.

El hombre vivía con sus signos vitales a un ritmo lentísimo. El indicador de temperatura corpórea comenzó a subir. Los colores volvían a su rostro, ya respiraba normalmente, tenía un gesto entre burlón y orgulloso al abrir los ojos.

—Bien doctor, ¿Qué opina de lo que acaba de ver?

No lo sabía. Por un lado, como científico negaba lo que había visto. Por otro lado, lo había visto, ¿o no?

—Dígame Octavius, ¿cómo se llamaba el proyecto en el que usted trabajaba?

Proyecto Pandora, para la Fundación CronosMega-Corporación Sur,  director: profesor Octavius.

Utilizando el sistema de ingreso análogo, busque la información en MEGAN. Él sabía que lo que hacía era una auténtica locura. Pero si pudiera demostrarle que tal proyecto no existía. Siempre y cuándo MEGAN lo dejara.

INGRESE CLAVE DE SEGURIDAD

—Octavius, la clave.

—La varían todos los días—dijo Octavius—, dejé una puerta de servicio…usé clave secundaria y luego DTBS.  la clave es Paula,  el nombre de mi hija.

Escribí la clave y leí:

FUNDACIÓN CRONOS (MEGA-CORPORACIÓN SUR)

Proyecto Pandora (Prof. Octavius)

Calendario experimento: día 358

ABORTADO

La pantalla quedó parpadeando:

PROYECTO ABORTADO. Y luego:

IDENTIFICARSE.

Era totalmente innecesario. MEGAN, había tomado el control de la situación nuevamente. Había reconectado y quitado el aislamiento al consultorio.

Dos fornidos enfermeros, probablemente seres artificiales, entraron en la habitación.

Los seguía un hombre alto de cabellos platinados. Aparentaba, según mi presunción, unos cincuenta años, pero tendría algo más de setenta. Era uno de Los Mayores. Sus glaciales ojos azules lo taladraron. Estaba en problemas.

—Doctor Bastián, un placer saludarlo. ¿Podemos ayudarlo en algo? —el tono amable de su voz escondía una sorda amenaza. La tensión era palpable.

—¡No!, en realidad me estoy arreglando solo.

—Entonces. Doctor, ¿por qué solicito el informe de un proyecto abortado por el sistema analógico y no por el biochip?

En realidad, no podía explicar nada. El hombre continúo:

—¡Pero doctor!, este hombre es un peligro para usted y para él mismo, ¡Y usted lo ha liberado!¡Usted conoce las reglas de seguridad!

Los enfermeros se acercaron a Octavius. La mirada de él reflejaba un dolor intenso y profundo. Se quedó quieto.

—Doctor, no ha contestado mi pregunta—giró la cabeza en dirección de Octavius—¡Buen intento!, pero es hora de descansar Octavius.

—Pero escuche... —trató de intervenir en vano.

—Doctor Bastián, usted también parece agotado, tal vez el exceso de trabajo… esas horas comunitarias, las presiones, lo llevan a cometer errores inauditos en un profesional como usted. ¡Libera un sicótico peligroso! Y tan luego influido por el pide informes innecesarios a MEGAN.

Nuevamente miró al paciente.

—Perdón señor, puedo decirle algo al doctor—Octavius habló con un tono servil, la mirada baja.

—Puede

—Doctor Bastián, le agradezco que me haya atendido. Pienso que es mejor de esta manera. Creo que no nos volveremos a ver. Creo que el tema sigue en punto muerto… mi recuperación, digo.

Con astucia lo sacaba del medio. Y decía en clave que seguiría resistiendo.

—Profesor Octavius, en algo acierta, el doctor Bastián no lo va seguir atendiendo. Pero en algo se equivoca. Nosotros avanzamos en algo. Descubrimos su clave oculta, ¿Cómo era?, Paula…

Octavius palideció ostensiblemente, mientras los dos carceleros se lo llevaban.

—En cuánto a usted, MEGAN

—¿Señor…?

—La Corporación condona las horas adeudadas por el doctorBastián. Y se cancela el ingreso del mismo al edificio… ¿Correcto?

—Correcto.

El hombre le dedicó una mueca que trataba de pasar por una sonrisa amigable:

—Doctor, disculpe mi atrevimiento, pero siga mi consejo. Usted está cansado, saturado ¿porque no toma su núcleo-móvil y recorre algún lugar de las Tierras Agrestes, por ejemplo Las Montañas Orientales?

—¿Y porque no los Lagos Orientales? —no bien terminó de esbozar la pregunta m

se dio cuenta del peligroso error.

Su rostro se endureció antes de responder:

—Muchas personas por exceso de responsabilidades cruzan la línea, doctor Bastián. En su caso concreto fue un gusto tenerlo como colaborador, ¡No nos gustaría tenerlo como interno!

La amenaza era bien explícita.

—Buenos días, puede retirarse.

Una vez en la explanada aspiró todo el aire que pudo. El corazón aún lo tenía acelerado.

Subió al núcleo-móvil, el biochip volcaría la información de las coordenadas de mi destino y MEGAN analizaría el estado del tráfico y otras variables y me llevaría sin esfuerzo. Lo más probable es que ya el hombre de los ojos azules supiera que iba en dirección a Los Lagos Occidentales. Era un día en que no paraba de cometer errores.

El color ambarino de los cuadrantes del vehículo le indicaba que el modelo estaba por colapsar. Tendría que comprar uno nuevo.

A los pocos minutos de viaje un espectacular vergel se alzaba frente a su vista. Coníferas, alerces y arrayanes por doquier. Cuesta abajo las límpidas aguas del Lago Mayor. El conjunto de los verdes, las montañas y el lago eran una imagen de naturaleza virgen. Excepto por dos cosas.

Al alzar la mirada se divisaba la gigantesca cúpula foto cromática, que cumplía las funciones que otrora hacía el ozono. La otra en el horizonte se veía flotar un sol artificial que derramaba sus rayos sobre la campiña.

Agité la hojarasca con mis pies espantando a un cervatillo. Que huyó entre los pinos. Caminé hacia ellos, detrás de ese macizo vegetal comenzaba el desierto.

Era el límite entre la vida y la muerte que marcaba la cúpula.

En la desértica sabana, tras las dunas, se hallaba el mega-laboratorio. En su interior las respuestas, tal vez, a las dudas que Octavius había sembrado en su mente.

Después de todo, ¿Quién definía si una persona era cuerda o alienada?

Se sentó sobre el césped mirando en dirección al bosque y el lago.

Debía pensar. Elaborar un plan de acción.

Sólo que estaba muy cansado.

Tal vez no hallaría sus respuestas aquel día. Tal vez fuera más productivo pensar en ello tras una siesta reparadora.

Tal vez debía solucionar otra duda existencial más acuciante en ese momento.

Por ejemplo: si disponía de crédito para comprarse un nuevo núcleo-móvil

 

1 comentario:

megan dijo...

Cada vez se pone mejor, me encanta.